Crash
Novela aterradora, brutal y explícita (la “más célebre –dice Ignacio Vidal-Folch–, en la que profetiza una sensualidad mutante, perversa, fetichista, ligada a los automóviles, cuya culminación gozosa será el accidente de tráfico, y en la que el orgasmo adviene con el siniestro total”), “Crash” es el mejor ejemplo de lo que su autor, James Graham Ballard, denominaba ciencia ficción del “espacio interior”: en una época en que este género buscaba temas en el espacio exterior, allende las fronteras terrestres, Ballard creía que nuestra psique, nuestro “territorio psicológico”, era tierra fértil para cultivar narraciones futuristas que no se perdieran cientos de años-luz lejos de nosotros, sino que fueran un futuro más que próximo.
En “Crash”, el narrador –Ballard mismo– comienza a involucrarse en un mundo turbador, donde la fascinación por la tecnología –cimentada en el automóvil, epítome del poder y la velocidad– provoca un irrefrenable deseo sexual, que conlleva una “macabra fusión” entre hombre y máquina llevada al extremo de los accidentes automovilísticos: miembros expuestos, mutilados, entre carrocería y piezas de plástico y metal.
Posiblemente la obra más conocida de este “soñador de catástrofes” (considerado por Jacinto Antón “el último de los surrealistas y maestro de la ciencia ficción más literaria”), “Crash” no es una novela para cualquiera: su lenguaje crudo, rayano en lo sicalíptico, puede revolver el estómago en más de una ocasión (su autor la concebía como “la primera novela pornográfica basada en la tecnología”). No obstante, el fascinante y violento mundo que describe parece más y más cercano a la pesadilla que llamamos contemporaneidad.


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