El sueño eterno
Hablar de la novela negra es hablar de Raymond Chandler y, con él, de Philip Marlowe, el prototipo del investigador privado rudo, que no tiene miedo de soltar dos o tres puñetazos –o de recibirlos–, de hablar duro y sin tapujos con las mujeres; de no ser, finalmente, el perfecto “gentleman”, como la figura emblemática de Arthur Conan Doyle siempre se nos presentó. Y el relato que lo inició todo fue “El sueño eterno”, publicado en 1939, y ubicado por la Crime Writers’ Association como la segunda mejor novela negra de todos los tiempos.
Nos hallamos en California, cuando ya el primer cuarto del siglo XX va quedando atrás. Sternwood, un general retirado, cercano ya a la muerte pero forrado de dinero, es chantajeado por un individuo a quien una de sus hijas, Carmen –una joven con poco equilibrio mental–, ha frecuentado en algún casino. El exmilitar contrata los servicios de Marlowe, para que busque una solución pacífica, sin necesidad de desembolsar nada a cambio. Obviamente, conforme el detective privado comienza su investigación, la trama se va complicando, con la aparición del cadáver del chofer de la familia, la implicación de un negocio de literatura pornográfica, la desaparición del marido de Vivian, la otra hija de Sternwood (la cual también es un portento de belleza, como Carmen, pero que resulta, de nueva cuenta, otro quebradero de cabeza para su padre).
Una de las favoritas entre las novelas del género noir; lo único que resta es leer “La hija del tiempo”, de Josephine Tey, la cual obtuvo el primer lugar en la lista de la CWA, para saber cómo puede ser aún mejor que “El sueño eterno”.


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