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Imagen del hombre Rodolfo García Gutiérrez, escritor, periodista y profesor oriundo de Huixquilucan, nunca fue una figura notoria en las letras mexiquenses, a pesar de haber consolidado, a mediados del siglo pasado, un par de editoriales en nuestra entidad, así como haber fundado la Asociación de Artistas y Escritores del Estado de México y la Unión de Escritores Mexiquenses, A.C. Vaya, ni siquiera por haber sido amigo inseparable de Josué Mirlo. Lo anterior viene a cuento pues una de sus novelas debería figurar en el canon literario no sólo de los autores del Estado de México, sino de todo el
noviembre 5, 2017

Imagen del hombre

Rodolfo García Gutiérrez, escritor, periodista y profesor oriundo de Huixquilucan, nunca fue una figura notoria en las letras mexiquenses, a pesar de haber consolidado, a mediados del siglo pasado, un par de editoriales en nuestra entidad, así como haber fundado la Asociación de Artistas y Escritores del Estado de México y la Unión de Escritores Mexiquenses, A.C. Vaya, ni siquiera por haber sido amigo inseparable de Josué Mirlo.

Lo anterior viene a cuento pues una de sus novelas debería figurar en el canon literario no sólo de los autores del Estado de México, sino de todo el país, al menos por una obra verdaderamente valiosa: “Imagen del hombre”. Esta novela y su publicación, en 1954, no estuvieron exentos de rasgos de leyenda urbana: apenas tuvo un tiro de cincuenta ejemplares, los cuales desaparecieron de volada entre los amigos y conocidos del autor. No fue sino hasta 2002 que el entonces Instituto Mexiquense de Cultura decidió reeditarlo.

La breve novela nos presenta a “Claudio Ferrer, el personaje central, único, del texto”, quien, “desde su tono personal, específico, particular, individual, permite la metáfora de la singular universalidad del hombre como creatura. Una voz subrayada, desde la racionalidad, sufre y se desespera por su condición humana. Imposible hacer a un lado la fuerza del existencialismo en sus múltiples presencias literarias. La tragedia del ser; la dimensión de nuestra estancia poblada de interrogaciones no despejadas”, dice Benjamín Araujo. Un texto construido a partir de evocaciones, de la memoria posible –e imposible–, de la confrontación con la muerte propia y con la razón de existir, que se emparenta con lo mejor de las letras mexicanas: no está muy lejos del “Pedro Páramo” rulfiano ni de “Al filo del agua”, de Yáñez. Una magistral obra.

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