El cuento de la criada
Hace un par de meses la adaptación televisa de la novela homónima de Margaret Atwood “El cuento de la criada” recibió múltiples premios (incluido el Emmy, el más notorio de los galardones estadounidenses) y fue celebrada ampliamente por la crítica. A esta autora canadiense ya le he reseñado en otras ocasiones, pues su trabajo me parece excepcional; por todo ello, pensé “¿por qué no, en lugar de tener que esperar años de ver las diferentes temporadas de la serie, leo el libro?”; así lo hice y, debo reconocer, fue una excelente decisión.
Obviamente, no quiero referir mucha información para no “espoilerear” tanto a los que siguen la serie como a aquellos que no han leído el libro; baste saber que nos encontramos en una distopía en donde, a semejanza de algunas culturas de Medio Oriente, las mujeres pierden su identidad y pasan a ser propiedad del género masculino. Ya no tienen voz ni voto, así que deben supeditarse y obedecer lo que les manden, so pena de ser enviadas a ciertos lugares contaminados, donde sin duda morirán, o de plano ser colgadas hasta la muerte.
El gran escritor E. L. Doctorow afirmó que “esta novela visionaria, en la que Dios y el gobierno se funden y Estados Unidos se convierte en una teocracia puritana, puede leerse como un volumen gemelo de ‘1984’, de Orwell; de hecho, como su reverso”. Y el “Publishers Weekly” dice que “merece un lugar de honor en el reducido estante reservado a las obras de literatura anticipatoria que han conseguido formar parte del folclore moderno. Un lugar cercano, y en ningún caso inferior, al de ‘Un mundo feliz’ y ‘1984’.”
No dudo que la adaptación como serie sea buena, muy buena; pero sí estoy cierto de que la novela de Atwood es incomparable; y, como acotación, ojalá esta autora reciba el Nobel algún día. No porque lo necesite, sino porque la Academia sueca merecería tenerla entre sus galardonados.


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