Ottawa, Canadá: Muy mal augurio que, a dos semanas de las votaciones, en el War Room de Alfredo del Mazo predominen las discusiones para endilgar los muchos errores cometidos a quien se deje y arrebatarse la autoría de los pocos aciertos. Andan como perros y gatos repartiendo culpas. El ambiente que rodea al candidato del PRI no es el más sano: los nervios los están matando. En algunos hay cierto dejo de resignación; en otros, de indiferencia, y en muchos, de preocupación. El ánimo se les está quebrando.
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El pronóstico en las elites es que Delfina va a ganar, con una ventaja de entre siete y diez puntos. El comentario general entre los hombres del dinero y del poder político es que la prospectiva indica que la candidata de Morena tiene el apoyo popular suficiente para derrotar al PRI y quitarle la gubernatura del Estado de México.
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Si el PRI pierde –como parece que sucederá–, entre las muchas razones para argumentar la derrota está la división interna (negada siempre, pero tangible y fácilmente demostrable). El eruvielismo nunca terminó de embonar con el delmacismo ni con el peñismo. A Eruviel siempre lo ningunearon, lo despreciaron. Peñistas como Luis Miranda, Gerardo Ruiz Esparza, Ricardo Aguilar, Enrique Jacob y hasta el propio Ernesto Nemer se negaron a reconocer su autoridad política.
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El momento crítico de la elección será cuando se cuenten los votos casilla por casilla y se llenen las actas. Ese será el punto climático de la elección, y el momento de mayor riesgo para la manipulación del resultado. En la medida en que haya vigilancia y transparencia, las posibilidades de fraude se diluyen. Tan sencillo que es ahora transmitir en vivo con un celular: la ley no lo prohíbe.
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Hasta hoy el desempeño del Consejo General del IEEM ha sido decepcionante. Su pasividad es desesperante, y el papelazo que hizo en el caso Pastor le generó gran descrédito. Las presiones sobre los consejeros son enormes, es obvio que el grupo en el poder hará todo a su alcance para mantenerse. Se han vuelto casi del dominio público las constantes llamadas telefónicas y las reuniones privadas –por no decir clandestinas– con el secretario general de Gobierno. Este es el momento para ver con toda claridad cuál es la estatura de cada uno de los consejeros, que –se supone– representan los intereses ciudadanos.
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Los obispos del Estado de México han tomado la decisión de dejar que la feligresía vote en libertad y por quien crea que más le convenga. Su único compromiso será el de llamar a la gente a que vote. Nada bien ha caído esa decisión en Los Pinos.


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