Quizá el secretario particular del presidente ha sido –de todo el grupo Estado de México en Los Pinos– el que ha ejercido el poder con más inteligencia y eficacia. Desde las sombras, siempre atrás de los reflectores, Erwin Lino ha pasado gran parte de los cinco años en Palacio Nacional ayudando a los suyos y a los ajenos, construyendo base, sembrando para el futuro, para el retorno. Hay muy pocos en la clase política priista que no le deban un favor o no hayan recibido una atención. Es el filtro de lo que llega a las manos del presidente y allí, en la antesala, ha encontrado su mejor espacio para hacer política. No hay que perderlo de vista.
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En un par de semanas –y algunos días– Enrique Peña estará con sus amigos más cercanos celebrando sus 51 años como le gusta: echando trago en Ixtapan de la Sal. Le han organizado una comida privada con bohemia de fin de semana (no se ha decidido si en Los Amates o en Gran Reserva). Peña encuentra allí lo que tal vez no haya en ningún otro lado: confort, calor humano y protección emocional. Pero no estará Del Mazo; el presidente no quiere que se les vea juntos en tanto no esté el fallo definitivo en tribunales, sobre los resultados de la elección que le dan el triunfo.
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Hasta antes de las elecciones, los adversarios políticos –del PRI y de otros partidos– de la alcaldesa de Atlacomulco casi celebraban lo que suponían una segura caída, con la inevitable derrota frente a Morena. Para su mala fortuna, se quedaron con las ganas, pues Ana Chimal no sólo supo contener lo que parecía un tsunami: le alcanzó para entregar buenas cuentas al candidato Del Mazo y al presidente Peña en su tierra. Quizá quien quedó mal parado fue el diputado Fidel Almanza, que dedicó más tiempo a atacar a la presidenta que a operar en favor del candidato a gobernador. No hay duda, el mayor enemigo de un priista es siempre otro priista.
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El que se ha diluido como sal en agua, opacado y apocado absolutamente, es el alcalde de Metepec, quien nada más no ha podido encontrarle la cuadratura al círculo del gobierno, y su mandato está reducido a una especie de gerente de servicios del municipio. Quien se asumía como uno de los cachorros consentidos ha quedado marginado, al no alcanzar la nota que el delmacismo esperaba de él. La carta a la que apuesta David López ya no es Ana Lilia Herrera ni su papá, sino que le haga el favor el todavía muy poderoso secretario de Comunicaciones y Transportes, Gerardo Ruiz Esparza, quien lo ha tomado casi en adopción.
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Aunque en un principio en el propio PRI lo veían con cierta reticencia –por su condición de júnior–, Gerardo Ruiz Dosal, hijo de Gerardo Ruiz Esparza, ha logrado ganarse el reconocimiento de sus compañeros de partido por los buenos resultados que ha dado en las encomiendas asignadas. Ahora hablan maravillas de él: le reconocen talento intelectual y buenas formas. A la familia no se le escoge, y este puede ser uno de esos raros casos donde el apellido no es lo que domina, sino el trabajo propio. Vaya, vaya.


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