Muy a su pesar, parece que la alcaldesa de Mexicaltzingo ha tenido que separarse –al menos laboralmente– de su pareja sentimental. El romance en la alcaldía no será más: si quieren seguir juntos, tendrán que hacerlo en sus casas. El romance de la presidenta municipal, Sara Vázquez, con su secretario particular, Luis Alberto Valdez Ayala, se había convertido en un serio problema para la gobernabilidad del empobrecido municipio. A Sara, sus jefes políticos le pidieron no mezclar la vida pública con la privada, o elegir una de las dos. En todos los registros de transparencia Luis Alberto Valdez Ayala ya no aparece como funcionario del gobierno municipal. Ahora sí, como dice la canción, ¿dónde murió el amooor…?
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Carlos Hank González, el nieto del emblemático patriarca del Grupo Atlacomulco, ha dejado atónitos a muchos en la clase política priista, con su declaración de: “podemos trabajar con AMLO”, que difundió esta semana “El Universal”. Con lo dicho, el presidente del Grupo Financiero Banorte –que hace grandes negocios con los gobiernos de los estados y de la república– deja claro que López Obrador no es un peligro para México y acepta tácitamente la posibilidad de que puede ser el próximo presidente de la república. Esta tercera generación Hank se está adaptando a los signos de los nuevos tiempos.
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No se trata de ser aguafiestas pero, así como se ven las cosas, eso de la Fiscalía Anticorrupción y la carabina de Ambrosio son tres cuartos de lo mismo. Uno de los principales problemas del Estado de México es la galopante corrupción en la administración pública, y para combatirla hace falta mucho más que nombrar a un funcionario segundón sin las herramientas suficientes. Nadie confía en quien no conoce, y eso pasa con José de la Luz Viñas, un ilustre desconocido al que mandan a domar leones con una liga y cáscaras de naranja. Los policías siguen y seguirán pidiendo mordida; los ministerios públicos, el “entre”; los burócratas, su mochada; los jefes, el “ten per cent”. Harían falta muchas prisiones para encerrar a todos aquellos que desde el poder se han enriquecido. Se vale soñar.
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Las malas cifras de los pésimos resultados le siguen brotando a Eruviel en el cierre de su gobierno. Se va a ir y dejará una deuda pública de 39 mil 995 millones de pesos, que tendrá que pagar con sus impuestos el pueblo del Estado de México: 11 mil 700 millones más de lo que él recibió de su antecesor Peña, y no se sabe bien en qué se gastó todo ese dinero. Un desastre del que nadie quiere hablar, ni los “supuestos” partidos de oposición.


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