■ Las maletas adelantadas
■ El sonido metálico
■ El parque de los sueños
■ Las pinturas perdidas
■ Azucena y la reelección
¿Quién debe empezar a hacer maletas?
La gobernadora lanzó una frase que en política no tiene nada de inocente: quien quiera ser candidato en 2027, mejor que vaya pensando en dejar el gabinete. Y en Toluca varios debieron acomodarse en la silla. Porque ya hay funcionarios más concentrados en recorrer municipios, hacer relaciones territoriales y mover piezas rumbo a la sucesión que en sacar adelante sus responsabilidades. Algunos sueñan con alcaldías, otros con San Lázaro y no falta el que ya se siente listo para cosas mayores. El problema es que cuando un gabinete entra en modo campaña, el gobierno empieza a perder ritmo, disciplina y control. Delfina parece haber decidido poner un alto antes de que el proyecto se le convierta en romería de aspirantes. En la vieja lógica del poder mexiquense esas señales rara vez se mandan al aire. Normalmente son el aviso previo a las despedidas.
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¿La Oficialía Mayor sí cambió?
En Toluca empieza a crecer una conversación incómoda alrededor de la Oficialía Mayor. Sobre Mónica Chávez ya no sólo se habla de movimientos internos, altas y bajas o decisiones administrativas controvertidas; también comienzan a escucharse versiones sobre asignaciones de contratos poco transparentes y relaciones demasiado cercanas con ciertos proveedores. El ruido recuerda inevitablemente aquello que durante años se dijo de su antecesora. Y ese es justamente el problema: que la dependencia encargada de administrar compras, servicios y buena parte del músculo operativo del gobierno vuelva a sonar más a oficina de intereses que a espacio de control institucional. En política hay áreas que deberían oler a eficiencia y legalidad, no a metal. Porque cuando alrededor de los contratos empieza a escucharse ese viejo sonido metálico, normalmente alguien está haciendo negocio con el poder.
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El parque de los sueños
En el gobierno estatal camina una idea que suena tan atractiva como complicada: construir un parque lineal bajo los puentes del Tren Insurgente, desde Zinacantepec hasta Lerma. El proyecto, impulsado desde la Secretaría de Desarrollo Urbano e Infraestructura, ya estaría terminado en papel e incluye ciclovías, áreas verdes, andadores y locales comerciales. Una especie de versión mexiquense y bastante más modesta del famoso parque elevado de Nueva York. La idea seduce porque rescata espacios muertos y podría cambiarle el rostro a toda la zona metropolitana del Valle de Toluca. El problema empieza cuando aparece la calculadora. La inversión necesaria es de dimensiones mayores y difícilmente podría salir sólo de las finanzas estatales. En otras palabras: si Palacio Nacional no se enamora del proyecto, todo podría quedarse en renders bonitos y presentaciones elegantes. En política urbana el cemento cuesta menos que los sueños, pero los sueños sin presupuesto suelen terminar convertidos en maleza.
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Las pinturas perdidas
Hay un tema del que casi nadie habla en el gobierno mexiquense y que, sin embargo, debería escandalizar mucho más de lo que escandaliza. El enorme inventario artístico bajo resguardo de la Secretaría de Cultura lleva años rodeado de sospechas, desorden y versiones sobre piezas desaparecidas. El patrimonio es inmenso y su control siempre ha sido complicado, particularmente en los cambios de administración y todavía más en la transición entre grupos políticos distintos. Desde hace tiempo, dentro del propio sector cultural, se habla de la desaparición de obras de enorme valor, entre ellas algunas pinturas de José María Velasco que en el mercado negro internacional podrían valer millones de dólares. El asunto nunca se aclaró del todo y alrededor del tema se instaló un silencio raro, pesado, burocrático. Como si todos supieran algo, pero nadie quisiera abrir la puerta correcta. Porque cuando desaparece una obra pública no sólo se pierde dinero; se esfuma parte de la memoria del Estado. Y hay expedientes que llevan demasiado tiempo guardados.
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Azucena y la reelección
En Ecatepec empieza a instalarse una idea que hace no mucho parecía improbable: la reelección de Azucena Cisneros en 2027 hoy luce bastante viable. Y no porque el municipio haya dejado de ser un territorio explosivo, sino precisamente porque ha logrado sostener gobernabilidad en medio de un entramado lleno de grupos de interés, viejas cofradías políticas y estructuras acostumbradas a vivir del desorden. Azucena entendió algo que muchos alcaldes olvidan apenas llegan al cargo: Ecatepec no se gobierna desde el escritorio. Su administración ha sido de territorio, cercana a la gente y con capacidad para mantener presencia política en las calles. Eso pesa. Quizá el factor que más le juega en contra no está en el municipio sino en las guerras internas de Morena. Su cercanía con Higinio Martínez empieza a convertirse en un pasivo dentro de ciertos sectores del delfinismo, donde al viejo texcocano ya lo miran algunos como una especie de Judas político. Así de rápido cambia el lenguaje del poder. Lo cierto es que, mientras otros se desgastan en la intriga interna, Azucena parece estar construyendo algo mucho más útil para una elección: estructura, presencia y resultados visibles.


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