Noche lluviosa en la capital mexiquense. Regresaba uno de los ídolos del club, pero no por la puerta grande, no como leyenda que se codea con la gente para gritar los goles del rojo. Esta vez, Hernán Cristante volvía al Nemesio Diez sentado en el banquillo rival, vestido con la franja.




El Puebla no es un equipo protagonista ni guarda rivalidad histórica con el Deportivo Toluca. Sin embargo, ver a un símbolo eterno de los Diablos portar un color que no fuera el rojo tocaba fibras sensibles en el corazón del aficionado escarlata.
No hace falta recurrir demasiado a la memoria para entender lo que Hernán significa para la institución. Aquel 25 de mayo de 2025, cuando pisó por última vez el rectángulo verde como guardián del arco, sus lágrimas no eran las de un profesional que concluía un ciclo laboral, sino las de un hombre que había sido elevado casi a la categoría de deidad sobre Morelos y Felipe Villanueva.

Lloraba como fanático, igual que los eufóricos diablos de la Tribuna General, que con cerveza en mano se dejaban arrastrar por la marea de un campeonato que ponía fin a quince años de sequía.
Esa noche, en cambio, la realidad era otra. Entre apuntes y pensamientos, su único objetivo era rescatar puntos. Con un modesto Puebla, Cristante sabía que para plantarse ante el campeón no alcanzaba con nombres, sino con sangre y corazón. Solo así podían hacer frente a esa maquinaria bien aceitada que defendía su honor y su corona.
Minuto de silencio y un arranque contenido
En la alineación faltaban nombres: Paulinho, el hombre gol del Toluca, no estaba ni en la banca. Contra un rival tan débil en el papel, su ausencia parecía prescindible, aunque pronto se notaría.
Las emociones arrancaron antes del pitazo inicial. El Nemesio Diez guardó un minuto de silencio por lo ocurrido en Iztapalapa, tragedia que cobró más de 10 víctimas y dejó decenas de heridos. Fue un momento en que el deporte dejó de ser entretenimiento para convertirse en abrazo colectivo.
La árbitra central dio la orden y el duelo comenzó. El campeón contra el último de la tabla. Toluca dominó de principio a fin, pero carecía de claridad ofensiva. El balón iba y venía sin la chispa necesaria para romper del todo el cerrojo camotero.


Juventud encendida: Virgen héroe en el Infierno
Pasaban los minutos hasta que el primero llegó con intervención de Fede Pereira y una reacción floja del arquero poblano. Ese tanto parecía abrir la llave, pero el dominio absoluto de los rojos no encontraba recompensa en el marcador.
Puebla hizo lo que tenía que hacer: aguantar, esperar y confiar en que la suerte se pusiera de su lado. Estuvo cerca, con un cabezazo que coqueteó con la red y un disparo defectuoso frente al arco de Luis García Palomera.
Cuando el partido parecía estancado, Jesús Gallardo firmó el segundo en una acción individual pasada la barrera del minuto 80. El juego, hasta entonces discreto, se transformó en un cierre vibrante: Barbosa cometió penal y Puebla acortó distancias, pero el Infierno tenía preparado un nuevo héroe.
El canterano Oswaldo Virgen se estrenó como goleador con un zurdazo que hizo honor al 13 de septiembre. Como un niño héroe, levantó la bandera escarlata con un tanto que selló el 3-1.
La noche también guardó un recuerdo imborrable para Abraham Estrada, dorsal 298, quien debutó en el máximo circuito.

Más que tres punto
Pesaron las ausencias, pero la juventud sacó la casta. El rival era endeble, sí, pero lo especial de la victoria estuvo en los estrenos, en la cantera y en el mensaje de que el campeón no baja los brazos.
Toluca venció y cerró la noche con un sabor dulce, aunque con la advertencia de que frente a rivales más exigentes la falta de contundencia puede costar caro.


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