Nota del editor: Esta columna fue escrita antes de que la Universidad Autónoma del Estado de México anunciara la suspensión del proceso electoral y el nombramiento de una autoridad interina la madrugada de este lunes.
Suspender para reformar
La elección universitaria tendrá que ser suspendida, nombrar a una rectora —o rector— interina de transición y reponer el proceso con nuevas reglas, quizá el próximo año. No solo es el camino más prudente, sino el único viable para alcanzar una reforma profunda, estructural, verdadera.
La universidad como espejo de los regímenes
El entorno influye. La primera gran crisis en la UAEMéx —1976-1977— ocurrió durante el autoritario gobierno del priista Jorge Jiménez Cantú. La segunda, en 2020, durante el mandato de Alfredo del Mazo Maza, quien cerró el ciclo de casi 100 años de régimen priista. Y la tercera —la actual—, bajo el primer gobierno de Morena, con Delfina Gómez. Con las dos primeras, nada cambió en la universidad. Por el contrario: sirvieron para consolidar al grupo que la ha controlado durante casi medio siglo. Veremos qué pasa ahora.
¿Y si por fin la UAEMéx se atreviera a ser libre?
El momento es incómodo, sí, pero también inédito. Lo que hoy parece caos podría ser, en realidad, la grieta por donde entre la luz. Si el conflicto actual ha de servir para algo, que sea para repensar el modelo universitario, sacudir la simulación democrática y construir desde abajo una comunidad crítica, autónoma, plural. La UAEMéx no puede seguir siendo apéndice de ningún régimen —ni del PRI de ayer ni del morenismo de hoy—. Necesita instituciones que respondan a la inteligencia, no a la lealtad; procesos donde votar signifique elegir, no legitimar lo ya decidido. El mundo avanza hacia modelos horizontales, abiertos, participativos. ¿Será capaz esta universidad, en medio del temblor, de romper con el pasado y mirar hacia el futuro?
El susurro del pequeño Fouché
En las sombras del poder morenista se mueve una figura taimada, al margen del reflector, pero jamás lejos del oído del amo. A este personaje —más cercano a la perfidia y la maldad cortesana que al servicio público— le basta con murmurar para torcer voluntades. Se dice que asesora, con notable éxito, a dos de las figuras más visibles del gobierno actual: una mujer encumbrada por la narrativa de la transformación y un hombre que presume lealtad mientras se deja guiar por los hilos del titiritero.
Lo más decepcionante no es su maquiavelismo, sino su procedencia: fue parte del aparato más oscuro del priismo mexiquense, de esa escuela que hizo del cinismo una carrera y del control político una religión. Hoy se disfraza de cambio, pero su aliento sigue oliendo a régimen viejo. El morenismo, que prometió sepultar el pasado, le ha abierto la puerta trasera.
Los maestros, el músculo del poder
En vísperas del Día del Maestro, conviene mirar más allá de los aplausos y los discursos conmemorativos. El magisterio del Estado de México —ese entramado vasto, diverso y a menudo instrumentalizado— ha vuelto al centro del tablero político con la llegada de Delfina Gómez. No es casual: la gobernadora surgió de esas aulas y, en teoría, habla su lengua.
Pero más allá del símbolo, hay estructuras que se mueven. El SMSEM y las secciones del SNTE han recobrado protagonismo como correas de transmisión política, operadores de territorio y guardianes de lealtades. Son el ejército civil que no viste uniforme, pero que moviliza votos, modera protestas y distribuye el relato oficial entre las bases.


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