El Parque Ecológico Xochitla, ubicado en el municipio de Tepotzotlán, se ha convertido en el epicentro de una confrontación que define el futuro territorial del norte del Estado de México. Con 70 hectáreas de extensión y una ubicación estratégica a 400 metros de la autopista México-Querétaro, el predio enfrenta el asedio del auge logístico, cuyo interés se centra en transformar este pulmón verde en un nuevo Centro de Distribución (CEDI), capitalizando el desarrollo industrial de la zona.

La tensión operativa escaló de manera definitiva en diciembre de 2024. La instalación de vallas perimetrales y los reportes sobre la tala de árboles encendieron las alarmas ciudadanas sobre un inminente cambio de uso de suelo. Este movimiento corporativo choca frontalmente con el origen del parque: creado el 3 de noviembre de 1989 sobre los terrenos de la antigua Hacienda la Resurrección, el predio fue adquirido y donado por el empresario Manuel Arango Arias a la Fundación Xochitla A.C. con la condición estricta de destinarlo exclusivamente a la preservación ecológica y la educación ambiental.
Sin embargo, tras su cierre al público durante la contingencia sanitaria, la vocación del espacio quedó en la opacidad, abriendo la puerta a la especulación inmobiliaria. Frente a este escenario, la respuesta comunitaria ha escalado rápidamente de la protesta local a la articulación legal y política. Las organizaciones vecinales han enviado oficios a la gobernadora Delfina Gómez, llevado el caso a la Cámara de Diputados y recabado más de 21 mil firmas en rechazo al desarrollo industrial. En marzo de 2025, un «mega abrazo» simbólico congregó a cerca de mil asistentes en las inmediaciones del parque.

La exigencia central del movimiento trasciende la simple conservación ambiental; plantea un reclamo de justicia espacial. Los habitantes exigen que el Estado intervenga para expropiar el terreno y categorizarlo como Área Natural Protegida (ANP). El objetivo es consolidar un parque público metropolitano que dé servicio a la clase trabajadora del norponiente mexiquense, una región severamente castigada por la urbanización desregulada y la escasez de áreas verdes y de recreación.
“Estoy segura que así como hacíamos el jardín con aserrín y figuras como voluntariado, también tendríamos la voluntad de cuidarlo entre todos (…) esperemos que haya voluntad y sensibilidad de las autoridades para rescatarlo”, argumenta Evelyn Ramírez Bautista, habitante y defensora del espacio. En paralelo a las vías institucionales, la asamblea comunitaria ha advertido sobre la posibilidad de bloquear la autopista México-Querétaro si la maquinaria avanza sobre el polígono.
Hasta el momento, el futuro de las 70 hectáreas permanece en suspenso. Mientras la infraestructura logística continúa su expansión acelerada por el Estado de México, Xochitla permanece cercado, encapsulando uno de los últimos refugios ecológicos frente a la industrialización de la periferia metropolitana.


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