Con lágrimas en los ojos y visiblemente conmovido, subió al estrado en el Hotel Hilton Alameda, en el corazón de la Ciudad de México, para dar su discurso; minutos antes se había dado a conocer su histórico triunfo: Andrés Manuel López Obrador había ganado las elecciones presidenciales de ese 1.° de julio de 2018; la cuarta transformación comenzaba.
Se trataba del tercer intento que AMLO realizaba para alcanzar la presidencia de la República, algo que en las dos campañas pasadas parecía posible y el día de las votaciones los resultados eran adversos, siendo derrotado, con serios cuestionamientos, por Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto.
En esta ocasión todo fue distinto; las calles se llenaron de seguidores que coreaban al unísono “Presidente, presidente” o “Es un honor estar con Obrador”. Sus adversarios aceptando los resultados lo confirmaban: la izquierda gobernaría los próximos seis años.
Fue el 1.° de diciembre de 2018 cuando AMLO tomó posesión de la presidencia; de inmediato las reacciones se dieron. Las comparaciones comenzaron desde el primer día, los ojos estaban puestos en el hombre que por 12 años evidenció a los demás presidentes argumentando que él podría hacer un mejor trabajo.

Ocho años han transcurrido desde aquella noche de júbilo en el Hilton; el eco de los cánticos en las calles se ha encontrado de frente con la compleja realidad de gobernar.
La violencia, ese hilo conductor que ningún gobierno ha logrado romper, mostró su rostro más implacable ante la promesa de pacificación; las estrategias mutaron, pero el luto nacional persistió. Felipe Calderón inició una guerra frontal que cobró más de 122,000 vidas, mientras que Enrique Peña Nieto mantuvo una inercia punitiva que cerró su mandato con 156,000 asesinatos.
Para Andrés Manuel López Obrador, el anhelo de apaciguar al país mediante la política de «abrazos, no balazos» se topó con un volumen histórico que superó los 180,000 homicidios, estancando el crecimiento del delito, pero sin revertir la tragedia. Hoy, bajo la administración de Claudia Sheinbaum, la maquinaria del Estado se ha volcado hacia la contención y la inteligencia técnica, enfrentando una crisis estructural que, evidenciada por la persistencia de los feminicidios, demuestra no distinguir de colores partidistas.
En el terreno económico, la llegada de la izquierda reescribió las prioridades de la nación; el poder adquisitivo se impuso, por decreto y convicción, sobre el frío crecimiento macroeconómico. Mientras Calderón y Peña Nieto sostuvieron crecimientos inerciales cercanos al 2% utilizando el salario mínimo como un simple ancla inflacionaria, el líder tabasqueño enfrentó la parálisis de una pandemia mundial promediando un modesto crecimiento de 1%; sin embargo, gestó una reivindicación sin precedentes: el salario mínimo pasó de los 88 pesos de su antecesor a más de 248 pesos en 2024.
Fue un cambio de paradigma profundo; si bien el peñismo creó millones de plazas, lo hizo bajo la sombra de la precarización, mientras que el nuevo régimen apostó por elevar el salario base, cimentando el terreno para que, en este 2026, Sheinbaum rompiera la barrera de los 23 millones de empleos formales en el IMSS, sumando por primera vez a los trabajadores de plataformas digitales.

La política social se erigió como la fortaleza indiscutible y el legado más tangible del movimiento, aunque con fisuras profundas en su arquitectura institucional. Los programas de transferencias directas lograron lo que décadas de promesas tecnócratas no pudieron; la pobreza multidimensional, que Calderón entregó en un lejano 45.5%, se desplomó de manera drástica hasta alcanzar un mínimo histórico del 29.6%.
No obstante, el costo de esta reestructuración dejó una herida profunda en el acceso a la salud pública; la abrupta desaparición del Seguro Popular, que en 2018 mantenía la carencia de servicios en apenas 16.2%, y el posterior fracaso del INSABI, dejaron a más de 30 millones de mexicanos en la incertidumbre. La desatención médica se disparó por encima del 39%, convirtiéndose en el reto más grande para la actual presidenta, quien dedica sus primeros años a estabilizar el sistema a través del IMSS-Bienestar.
A ocho años de aquel histórico primero de julio, el capital político del movimiento demuestra una resiliencia atípica; el juicio de la historia ha comenzado a trazar sus líneas definitivas. A diferencia del repudio que sepultó el mandato de Peña Nieto con un 20% de aprobación, o el desgaste que despidió a Calderón, López Obrador dejó Palacio Nacional blindado por el fervor popular y sostenido por un inédito 65% de respaldo; una hegemonía comunicativa que allanó el camino para su sucesora.
En la actualidad, Claudia Sheinbaum sostiene el mando con un firme 71% de legitimidad institucional; la cuarta transformación ya no es aquella esperanza de campaña coreada en el centro de la capital, sino un régimen consolidado que navega, día a día, entre la conquista histórica de la equidad social y el implacable asedio de la deuda en seguridad y salud.


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