Antes de cada lluvia, quienes viven en las zonas inundables repiten un protocolo aprendido por necesidad. Levantan muebles, desconectan aparatos eléctricos, colocan costales en las puertas y guardan documentos dentro de bolsas de plástico. Después miran la calle y esperan.
No esperan que el agua no llegue. Esperan saber hasta dónde subirá.
La adaptación revela hasta qué punto se ha normalizado el problema. Familias que año tras año sacan colchones, refrigeradores y salas cubiertos de lodo han terminado por incorporar la inundación a su vida cotidiana. La resignación no significa indiferencia: es la respuesta de quienes conocen el riesgo, pero carecen de recursos para mudarse o transformar el lugar donde viven.
En el Estado de México, la temporada de lluvias de 2026 comenzó oficialmente el 15 de mayo. Al corte del 16 de agosto habían transcurrido tres meses y se podían identificar al menos seis jornadas con afectaciones relevantes: dos en junio, dos en julio y dos en agosto.




No son todas las tormentas ocurridas durante el periodo. Son los episodios en los que se documentaron viviendas inundadas, vialidades cerradas, vehículos atrapados, árboles derribados y daños en zonas comerciales.
A pesar de la recurrencia, no existe un balance público acumulado que informe cuántos hogares han resultado perjudicados, cuánto patrimonio se perdió, qué apoyos recibieron las familias o cuáles de los puntos afectados habían sido intervenidos antes de comenzar la temporada.
Junio abrió la ruta de las inundaciones
El 11 de junio se reportaron desbordamientos de canales y saturación del drenaje en Ecatepec, Nezahualcóyotl, Chalco, Naucalpan y Tlalnepantla. El agua cubrió calles, avenidas y pasos inferiores.
Dos semanas después, el 27 de junio, la colonia Reyes Ixtacala, en Tlalnepantla, volvió a inundarse. Los habitantes intentaron impedir el ingreso del agua a sus viviendas mientras las calles se convertían en corrientes.
El episodio siguió la secuencia habitual. Primero se cerraron vialidades; después llegaron equipos de bombeo y cuadrillas para retirar agua y residuos. Una vez restablecida la circulación, el caso dejó de formar parte de la conversación pública.
No se difundió un censo completo de casas dañadas. Tampoco un diagnóstico técnico sobre la capacidad del drenaje o las obras necesarias para evitar que Reyes Ixtacala vuelva a inundarse.
La emergencia fue atendida. El riesgo permaneció.
Julio llevó el agua de Chalco al Valle de Toluca
El 8 de julio se registraron nuevas afectaciones en Chalco. Los reportes incluyeron Miraflores, San Martín Cuautlalpan, San Gregorio Cuautzingo, Huexoculco, Ayotzingo, Paseos de Chalco, Los Héroes y Pueblo Nuevo.
Varias de esas comunidades conocen las consecuencias de vivir junto a canales, sobre terrenos bajos o en zonas donde la infraestructura no creció al mismo ritmo que la población. Para sus habitantes, una tormenta no representa sólo una interrupción del tránsito. Puede significar el ingreso de aguas negras, la pérdida de muebles y varios días dedicados a limpiar.
El 20 de julio ocurrió la jornada con mayor extensión territorial documentada hasta ese momento. Se reportaron incidentes en Toluca, Metepec, Lerma, Ocoyoacac, Tlalnepantla, Tultitlán, La Paz, Ecatepec, Coacalco y Tecámac.
En Toluca cayeron árboles en la intersección de Morelos y Sahagún, sobre Pino Suárez y en las comunidades de San Martín Toltepec y San Andrés Cuexcontitlán. También hubo encharcamientos en el centro de la ciudad y alrededor de Los Portales.




En Tultitlán, varios vehículos quedaron varados en Circuito Flamingos, Porfirio Díaz, avenida Ojo de Agua y La Guadalupana.
En La Paz, el agua ingresó al tianguis de La Floresta. Los afectados fueron comerciantes que dependen de las ventas del día y difícilmente cuentan con un seguro que cubra la mercancía perdida.
Ecatepec registró granizo, árboles derribados y afectaciones sobre la autopista México–Pachuca. En Coacalco, la vía López Portillo volvió a presentar acumulaciones de agua a la altura de La Joroba.
La tormenta alcanzó municipios distintos, gobernados por autoridades diferentes, pero encontró condiciones semejantes: superficies impermeabilizadas, vialidades bajas, drenajes insuficientes y colonias densamente pobladas.
Agosto volvió a los mismos desenlaces
El 14 de agosto, una tormenta inundó parte de la Central de Abasto de Toluca. El agua cubrió áreas de circulación y alcanzó espacios de trabajo y almacenamiento.
En ese lugar, las consecuencias recaen sobre comerciantes, cargadores, transportistas y vendedores. Una jornada sin actividad significa pérdida de ingresos; una bodega inundada puede representar mercancía dañada y deudas que deberán pagarse aunque el producto ya no pueda venderse.
Dos días después, el domingo 16 de agosto, las lluvias provocaron problemas en Toluca, Tlalnepantla y Atizapán de Zaragoza.
En Toluca se acumuló agua en los pasos a desnivel de Paseo Tollocan, a la altura de Alfredo del Mazo, en ambos sentidos. También se reportaron afectaciones en los cruces de Alfredo del Mazo con Primero de Mayo e Independencia, La Maquinita, los carriles laterales de Solidaridad Las Torres y el paso inferior de Heriberto Enríquez.




Los pasos a desnivel son puntos especialmente vulnerables porque reciben los escurrimientos de superficies más altas. Su funcionamiento depende de que coladeras, colectores y equipos de bombeo puedan desalojar el agua al ritmo en que desciende.
En Tlalnepantla, las inundaciones alcanzaron las avenidas Gustavo Baz y Jesús Reyes Heroles. El agua ingresó a aproximadamente 20 viviendas de Tequesquinahuac.
Ese fue el daño más serio de la jornada. Una avenida puede reabrirse después del bombeo; dentro de una casa quedan pisos contaminados, muebles inservibles, instalaciones eléctricas expuestas y familias obligadas a financiar su propia recuperación.
En Atizapán, la combinación de lluvia, granizo y viento afectó Jorge Jiménez Cantú, Ruiz Cortines, Adolfo López Mateos, Camino Real a Calacoaya, San Mateo y la carretera Tlalnepantla–Villa del Carbón. Un árbol cayó en Condado de Sayavedra. Otro desplome fue reportado en la calle Teotihuacán, en Tlalnepantla.
Seis jornadas documentadas y ninguna cuenta general
El recuento de los primeros tres meses permite ubicar seis fechas con afectaciones relevantes:
- 11 de junio, con incidentes en cinco municipios.
- 27 de junio, con inundaciones en Reyes Ixtacala.
- 8 de julio, con nuevos reportes en comunidades de Chalco.
- 20 de julio, con daños en al menos diez municipios.
- 14 de agosto, con la Central de Abasto de Toluca inundada.
- 16 de agosto, con afectaciones en Toluca, Tlalnepantla y Atizapán.
La cifra no equivale al número total de tormentas ni al de contingencias atendidas. Un solo episodio puede producir decenas de encharcamientos y una lluvia local puede no aparecer en los reportes estatales.
Precisamente por eso se necesita un balance oficial.
La Comisión del Agua del Estado de México y los ayuntamientos deberían informar cuántos puntos han atendido durante 2026, cuántas viviendas resultaron dañadas, cuánto tiempo permaneció el agua dentro de ellas y qué obras se realizarán antes de la siguiente precipitación.
Sin esa información, cada inundación aparece como un hecho independiente. La falta de una cuenta acumulada borra la recurrencia y facilita que la emergencia se normalice.
Los lugares de riesgo eran conocidos
El Atlas de Inundaciones número 32 de la Comisión del Agua del Estado de México, elaborado con los incidentes registrados durante 2025, contabilizó 382 contingencias: 285 encharcamientos, 92 inundaciones urbanas y cinco rurales.
Los daños se distribuyeron en 94 sitios, 96 colonias y 41 municipios. La cifra oficial ascendió a 11 mil 895 personas afectadas.
El atlas identifica dónde se concentró el agua, pero su utilidad depende de las decisiones tomadas después. Cada punto tendría que vincularse con una causa técnica, una obra, un responsable y un plazo.
Si el sitio vuelve a inundarse al año siguiente, la autoridad debe explicar si la intervención fue insuficiente, no se realizó o únicamente consistió en labores de limpieza.
El antecedente más grave ocurrió el 27 de septiembre de 2025. Una precipitación de 91 milímetros afectó 112 calles y 21 mil familias de 18 colonias de Nezahualcóyotl.




En Vicente Villada se contabilizaron 6 mil 800 viviendas dañadas; en Las Águilas, mil 600. También resultaron afectadas Evolución, Bosques de Aragón, Vergel, Ampliación Vicente Villada y Santa Martha.
Las autoridades desplegaron mil 534 brigadistas y entregaron un primer apoyo de 8 mil pesos por familia para labores de limpieza.
La dimensión del episodio mostró la fragilidad del oriente mexiquense, pero también la limitada capacidad de reparación de los apoyos públicos. Ocho mil pesos pueden servir para retirar lodo y comprar productos de limpieza. Difícilmente alcanzan para sustituir una estufa, un refrigerador, camas y muebles.
La pobreza vuelve más profundo el daño
Las inundaciones no ocurren exclusivamente en colonias populares. Durante esta temporada también han resultado afectadas vialidades principales, zonas comerciales y desarrollos de mayores ingresos.
La desigualdad aparece después, cuando cada familia debe enfrentar las pérdidas con los recursos que posee.
Según la medición municipal de pobreza de Coneval de 2020, cinco municipios mexiquenses se encontraban entre los 15 del país con mayor número de habitantes en esa condición.
Ecatepec tenía 786 mil 391 personas en pobreza; Nezahualcóyotl, 523 mil 289; Toluca, 511 mil 347; Chimalhuacán, 493 mil 687, y Naucalpan, 382 mil 170.

Toluca registraba además 106 mil 930 habitantes en pobreza extrema; Ecatepec, 96 mil 625; Nezahualcóyotl, 57 mil 915, y Valle de Chalco Solidaridad, 54 mil 944, de acuerdo con la medición municipal de Coneval.
No significa que todas las personas afectadas sean pobres. Demuestra que las lluvias golpean territorios donde cientos de miles de habitantes carecen de ahorros, seguros o acceso inmediato al crédito.
En esos hogares, perder un refrigerador significa también perder los alimentos almacenados. Un colchón mojado no se reemplaza el mismo día. Faltar al trabajo para limpiar la casa implica renunciar al ingreso de una jornada.
La inundación no sólo daña el patrimonio. Puede agravar una precariedad que ya existía.
Dieciocho años de atención a emergencias
El Grupo Tláloc fue creado para atender inundaciones y encharcamientos en el Estado de México. En 2026 cumplió 18 años de operación.
Para la temporada actual, la Comisión del Agua instaló 28 campamentos en 20 municipios y dispuso de 500 trabajadores y 135 equipos. Las cuadrillas operan bombas, desazolvan drenajes, retiran lodo y apoyan en la limpieza de calles y viviendas.
Sin ese despliegue, las consecuencias serían mayores. Pero su permanencia también obliga a preguntar qué ha cambiado en los puntos atendidos durante casi dos décadas.
Bombear el agua es una respuesta de emergencia. Evitar que llegue a las casas requiere ampliar colectores, mantener cárcamos, instalar plantas eléctricas de respaldo, recuperar cauces y revisar desarrollos que incrementan los escurrimientos.




Los municipios suelen anunciar cuántos trabajadores enviaron, cuántos equipos utilizaron y cuándo reabrieron una vialidad. Es menos frecuente que informen cuántos sitios dejaron de inundarse gracias a una obra preventiva.
La diferencia es fundamental. Atender no significa resolver.
La basura no explica todo
Botellas, bolsas y muebles abandonados en la calle pueden obstruir coladeras y disminuir la capacidad del drenaje. Existe una responsabilidad ciudadana y las campañas de limpieza tienen una función concreta.
Pero la basura no explica por sí sola las inundaciones simultáneas de viviendas, mercados, vialidades y pasos inferiores.
También intervienen la pavimentación de zonas de absorción, los hundimientos del terreno, la construcción en áreas bajas, la ocupación de cauces y la insuficiencia de redes hidráulicas diseñadas para ciudades más pequeñas.
Responsabilizar únicamente a los habitantes reduce un problema de planeación a una cuestión de conducta individual. La conciencia social importa, pero no sustituye la infraestructura ni elimina la responsabilidad de los gobiernos municipales.
La temporada terminará; el ciclo puede continuar
La temporada de ciclones concluirá oficialmente el 15 de noviembre. En el Valle de México, las lluvias pueden extenderse hasta diciembre. Septiembre y octubre todavía pueden registrar precipitaciones importantes.
Los episodios acumulados hasta el 16 de agosto son apenas un corte intermedio.
Los ayuntamientos y el gobierno estatal aún pueden publicar una evaluación conjunta con las colonias afectadas, el número de viviendas dañadas, las pérdidas estimadas y el estado de las obras preventivas.
También deben explicar cuántos de los 94 sitios señalados por el atlas volvieron a presentar problemas y cuánto dinero se destinó a corregirlos.
Mientras esa información no exista, cada tormenta seguirá tratándose como una contingencia inesperada. Llegarán las cuadrillas, bajará el agua y la atención pública se desplazará hacia otro asunto.
En las casas permanecerán el olor a humedad, los muebles levantados y las barreras improvisadas frente a las puertas.
Así se completa el ciclo: primero se inunda el territorio; después se acostumbra la población. La resignación alivia la espera, pero también permite que lo evitable termine por aceptarse como inevitable.


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