Hace apenas tres o cuatro décadas, cuando salía uno a la calle era muy fácil encontrarse con un paisaje sonoro dominado por la algarabía ininterrumpida de niños y adolescentes jugando fútbol en la calle, rodando en bicicleta y saturando los desgastados columpios y resbaladillas en los parques. Los vendedores de globos se acercaban a esos lugares haciendo sonar su chillante silbato, sabedores de que cada mamá llevaba consigo dos o tres pequeños. Hoy ese paisaje ha cambiado y en las conversaciones de sobremesa la frase que se repite como un mantra generacional ya no es ¿cuántos hijos vas a tener?, sino ¿cómo le vamos a hacer para cuidar a los abuelos?
Esta transformación ha sido retratada con cifras, con tendencias estadísticas, en un informe publicado por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) la semana pasada y que se titula: “Impactos del cambio demográfico en América Latina y el Caribe: retos y opciones para la política pública”. En dicho documento se anuncia una tectónica social profunda que está acompañada de una metamorfosis de nuestras formas de vida, la fragilidad de nuestros afectos y la inminente crisis de la organización social que ha sostenido a nuestra región durante más de un siglo.
Proliferan los hogares unipersonales, las uniones sin hijos, las familias monoparentales y las co-residencias no nucleares.
Uno de los hallazgos más contundentes del informe de la CEPAL es la acelerada e irreversible caída de la Tasa Global de Fecundidad (TGF), la cual se sitúa ya en varios países de la región por debajo del nivel de reemplazo generacional (2.1 hijos por mujer). Acompañando a esta tendencia, se observa la reducción drástica del tamaño promedio de las familias y una diversificación sin precedentes de las formas de convivencia: proliferan los hogares unipersonales, las uniones sin hijos, las familias monoparentales y las co-residencias no nucleares.
Se sabe que, durante buena parte del siglo XX, en México y gran parte del continente, la familia nuclear —formada por el padre proveedor, la madre cuidadora y, al menos, tres o cuatro hijos— era la principal institución social y contención afectiva de la región. Todo el modelo de bienestar latinoamericano descansaba sobre la premisa implícita de una «red de parentesco densa». Si alguien enfermaba, había una hermana, una prima o una hija para asistirlo; si faltaba empleo, la casa familiar abría espacio para un plato más: sólo había que “echarle más agua a los frijoles”, dirían los abuelos.
Hoy todos conocemos a alguna abuela o abuelo que, después de criar a varios hijos, éstos han migrado, viven en otra ciudad por cuestión de trabajo, tienen pocos hijos y, en los hechos, no están para verlos y atenderlos cuando necesitan algo urgente. Ya no existe aquella constelación de parientes en la misma calle lista para turnarse las visitas y cuidados a la abuela. La «red del parentesco» se ha adelgazado hasta volverse un hilo frágil, revela el informe de la CEPAL.
La maternidad y la paternidad han dejado de ser un destino social inevitable para convertirse en una encrucijada de altísimo costo financiero y personal.
La reducción del tamaño del hogar revela que las nuevas generaciones no están renunciando a la paternidad por un simple capricho de consumismo individualista, sino como respuesta lógica ante la precariedad habitacional, la inestabilidad del mercado de trabajo y la falta de certezas económicas a largo plazo. La maternidad y la paternidad han dejado de ser un destino social inevitable para convertirse en una encrucijada de altísimo costo financiero y personal.
El informe de la CEPAL advierte con severidad el cierre progresivo de la ventana del «bono demográfico» —aquel periodo idílico en que la población en edad de trabajar superaba ampliamente a la población dependiente— y señala el fenómeno del «envejecimiento del envejecimiento»: el crecimiento acelerado de la franja de población de 80 años y más.
Para complementar la lectura: Pasamos del bono demográfico al pagaré
Aquí reside la gran paradoja y la verdadera tragedia sociocultural de América Latina. Mientras que las naciones europeas se enriquecieron antes de envejecer, permitiéndoles construir Estados de bienestar robustos con sistemas universales de pensiones y cuidados, América Latina está envejeciendo antes de haber salido de la pobreza y de la informalidad laboral.

El cuerpo avejentado, desprovisto de una pensión digna y de un sistema de salud eficiente, se ve obligado a continuar vendiendo su fuerza de trabajo en un mercado que al mismo tiempo lo invisibiliza y lo descuenta.
En la cotidianeidad urbana y rural, envejecer sin jubilación formal no significa el merecido descanso tras décadas de esfuerzo, sino la condena a la mendicidad disfrazada o al trabajo precario hasta el último aliento. Es el adulto mayor de 75 años que vemos empacando bolsas en el supermercado, despachando en una miscelánea de barrio o vendiendo dulces en los cruceros viales. El cuerpo avejentado, desprovisto de una pensión digna y de un sistema de salud eficiente, se ve obligado a continuar vendiendo su fuerza de trabajo en un mercado que al mismo tiempo lo invisibiliza y lo descuenta.
Otro aspecto que se desprende de este estudio latinoamericano, tiene que ver con el trabajo de cuidados —cocinar, lavar, limpiar, curar, acompañar a los niños a la escuela, mudar a los ancianos, sostener emocionalmente el hogar—, que históricamente ha sido naturalizado como un «débito de amor» inherente a la condición femenina. No se pagaba ni se contabilizaba en el Producto Interno Bruto, pero constituía el subsidio invisible sobre el cual funcionaban tanto el mercado laboral como el Estado.
El informe demuestra que este modelo ha llegado a su límite biológico y social. Al disminuir el número de mujeres en los hogares y aumentar exponencialmente el número de ancianos que requieren cuidados de larga duración, la demanda de cuidados se dispara en el preciso momento en que la oferta tradicional colapsa. El resultado es una «crisis de reproducción social» donde la vida misma pierde sostenibilidad.
Ahora, es cierto que el propio informe permite reconocer distintas «eras demográficas»: ciudades en las que empieza a imperar baja fecundidad, alta longevidad y posposición de la maternidad, que contrastan con regiones periféricas, valles agrícolas desposeídos y comunidades indígenas o afrodescendientes, donde persisten tasas elevadas de embarazo adolescente, mortalidad materna evitable y falta de acceso a la salud sexual y reproductiva. Esta asimetría territorial convierte al lugar de nacimiento en un destino biopolítico. El embarazo adolescente no es un mero «error de cálculo individual», sino el síntoma de la falta de proyectos de vida, de la violencia estructural y de la ausencia de escuelas y oportunidades laborales que permitan a las jóvenes imaginar un futuro distinto al de la maternidad temprana.
Finalmente, el informe no olvida el impacto de la migración internacional y la reorganización del espacio humano. En América Latina, cruzar una frontera ha dejado de ser una simple aventura laboral para transformarse en una estrategia desesperada de supervivencia transnacional. Lo que emite la CEPAL es una alarma estridente en el silencio de la complacencia política. Nos demuestra que el futuro ya no se puede gestionar con las recetas del pasado. No podemos seguir pretendiendo que la familia se haga cargo privadamente de problemas que son de naturaleza colectiva y estructural. Cada vez parece más urgente pasar de una gestión puramente económica del crecimiento a una política pública centrada en la sostenibilidad de la vida.
Las nuevas condiciones de vida en nuestros países exigen sistemas nacionales integrados que reconozcan, reduzcan, redistribuyan y recompensen el trabajo de cuidados, transformándolo de una carga femenina en un derecho humano universal y en un pilar del bienestar social. También se requiere implementar formas de protección social universal y no contributiva como las pensiones garantizadas y servicios de salud universales que desliguen la dignidad en la vejez del historial de empleo formal. Igualmente debe ser prioridad la conciliación laboral y familiar real: licencias de maternidad y paternidad paritarias, flexibilidad de horarios y estancias infantiles públicas de calidad.
Si no actuamos con celeridad y sensibilidad social, el mapa demográfico que hoy traza la CEPAL no será la hoja de ruta hacia el desarrollo sostenible, sino la crónica anunciada de una región que se quedó sola, cansada y envejecida en medio de la indiferencia institucional.


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