La silla esperaba encendida.
No como metáfora. Encendida de verdad. Chisporroteando como transformador de colonia popular en temporada de lluvias. A un lado, Enrique Vargas sonreía con entusiasmo de alumno que por fin encontró a alguien que piensa todavía más raro que él.
Entró Anuar Azar.
Traía una carpeta azul marino, una pluma Montblanc y la expresión extraviada de quien pasó demasiado tiempo confundiendo club social con teoría política.
Se sentó.
La silla suspiró.

—Diputado Azar —preguntó Tucker Switch mientras ajustaba los cables—, ¿usted propuso que para ser candidato en México haya que tener visa estadounidense?
—Claro. Porque la visa demuestra calidad moral.
Primer chispazo.
La lámpara explotó.
Enrique Vargas aplaudió.
—¡Eso, presidente! ¡Orden y valores!
—Espérese, senador —dijo Tucker—. Apenas vamos entrando al pantano intelectual.
Anuar acomodó el saco.
—Si Estados Unidos no te deja entrar, algo malo debes haber hecho.
Tucker guardó silencio unos segundos. No por prudencia. Por compasión antropológica.
—Interesante teoría. Entonces Genaro García Luna habría sido santo. Tenía visa. Los grandes lavadores internacionales tienen visa. Medio narcotráfico global vacaciona en Miami. Banqueros corruptos tienen visa. Empresarios saqueadores tienen visa. Imbéciles peligrosos tienen visa. Mire usted qué eficiente detector moral resultó el Departamento de Estado.
Enrique Vargas levantó el dedo.
—Pero se ven más serios.
Segundo chispazo.
—Ahí está el verdadero argumento —respondió Tucker—. La derecha mexicana no quiere ciudadanos honestos. Quiere gente que “se vea bien” en Houston.
Anuar se puso nervioso.
—Bueno… es que Estados Unidos es un país de leyes.
—¿Y también de golpes de Estado patrocinados, guerras inventadas y cárceles clandestinas o esas no cuentan en el examen moral? Porque si Washington reparte certificados de ética, habría que empezar por revisar Irak, Vietnam, Guantánamo y Wall Street. Pero entiendo que para ciertos panistas el imperialismo deja de ser problema cuando habla inglés y usa saco azul.
La silla lanzó humo.

No eléctrico. Existencial.
Anuar intentó defenderse.
—Queremos evitar delincuentes.
—Diputado, los peores delincuentes casi nunca tienen antecedentes. Los inteligentes borran huellas, compran jueces o financian campañas. La criminalidad de cuello blanco no huele a marihuana; huele a loción cara y desayunos de networking.
Enrique Vargas volvió a soplarle respuestas al oído.
—Diles que es para elevar el nivel.
—Sí, eso —dijo Anuar—. Hay que elevar el nivel de la política.
Tercer chispazo.
—¿Elevarlo hacia dónde? ¿Hacia Dallas? Porque resolver pobreza, violencia, agua, transporte o corrupción local no requiere visa. Requiere cerebro. Y ahí sí veo un problema migratorio grave.
La sala soltó una carcajada.
Hasta la silla vibró.
Anuar frunció el ceño.
—Es que la gente buena suele tener visa.

Tucker cerró los ojos lentamente, como sacerdote agotado frente a un hereje particularmente torpe.
—Mire, diputado: en Tepito hay gente infinitamente más honorable que muchos empresarios con residencia en Texas. En Ecatepec hay madres trabajadoras sin visa que sostienen más dignidad social que media clase política mexiquense junta. Pero ustedes llevan décadas confundiendo estatus con virtud. El viejo sueño aspiracionista de cierta derecha: si el consulado te sonríe, ya eres decente.
Enrique Vargas sonrió orgulloso.
—Exacto.
Cuarto chispazo.
El senador perdió por un instante el control del párpado izquierdo.
—Y luego se preguntan por qué el pueblo les tiene desconfianza —continuó Tucker—. Porque hablan como administradores de club de golf, no como representantes populares. Porque creen que la ciudadanía se mide en millas acumuladas y no en compromiso público. Porque siguen viendo a México como sala de espera de otro país.
Anuar ya sudaba.
—No somos entreguistas.
—No, claro. Solo proponen que la validación política mexicana dependa de un gobierno extranjero. Una idea brillantemente patriótica. La soberanía nacional convertida en trámite consular. Juárez debe estar revolcándose en su tumba y Alamán pidiendo derechos de autor.
La silla empezó a zumbar más fuerte.
Tucker se acercó lentamente.
—Dígame la verdad, Anuar. ¿Todo esto no será simple clasismo disfrazado de institucionalidad?
Azar dudó.
Por primera vez en toda la noche, dudó.
Entonces Enrique Vargas le susurró:
—No uses palabras largas.
Anuar respiró aliviado.
—Es que… la gente con visa inspira más confianza.
Silencio.
Un silencio tan profundo que hasta las fotografías de los viejos panistas parecieron agachar la cabeza.
Tucker activó la descarga final.
—Ahí está. La confesión completa. No hablan de justicia, ni de democracia, ni de honestidad. Hablan de apariencia social. De credenciales aspiracionales. De filtros de clase. La vieja derecha mexicana: adorando el dinero ajeno, sospechando del pobre y buscando aprobación extranjera como adolescente acomplejado.
La descarga iluminó la habitación.
Por un instante, sobre la pared apareció la silueta del PAN mexiquense: un partido que alguna vez habló de ciudadanía y terminó creyendo que la moral pública se imprime en una visa láser.
Anuar quedó inmóvil.
Enrique Vargas volvió a aplaudir.
—¿Cómo nos vimos? —preguntó nervioso.
Tucker apagó la silla.
—Como lo que son: migrantes ideológicos en su propio país.


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