Los alcaldes del desastre

Cinco alcaldes mexiquenses se sientan frente a Tucker Switch para responder la pregunta que nadie en sus partidos quiso hacerles: cómo llegaron al poder personajes formados más por padrinos, apellidos y obediencia que por capacidad, ideas o inteligencia pública. Cada respuesta activa la descarga. Y la silla no perdona la estupidez administrativa.

La silla olía a cobre quemado y presupuesto desviado.

El cuarto parecía oficina municipal después de auditoría: focos parpadeando, café frío y un ventilador agonizando como promesa de campaña al tercer mes de gobierno.

Tucker Switch acomodó cinco expedientes gruesos sobre la mesa.

—Pasen los servideres públicos.

La puerta rechinó.

Entró primero Fernando Flores.
PAN. Metepec.
El alcalde influencer.

Caminaba como conferencista motivacional de franquicia financiera. Sonrisa perfecta. Chamarra perfecta. Municipio imperfecto.

Tucker revisó la carpeta.

—Aquí dice que usted convirtió la administración pública en un reel permanente.

Fernando sonrió.

—Soy empresario exitoso.

DESCARGA.

Hombre sentado en una silla eléctrica, gritando, con un fondo negro.

La silla soltó un chispazo azul.

—En México esa frase ya debería activar automáticamente una auditoría fiscal, tres columnas de opinión y un reportaje de Mexicanos Contra la Corrupción.

Fernando tragó saliva.

—La gente conecta conmigo.

DESCARGA.

—También conecta el Bluetooth y no por eso gobierna Metepec.

Silencio breve.

Tucker hojeó otra hoja.

—Los Murat lo impulsaron políticamente, ¿cierto? Mire qué maravilla nacional: Oaxaca exportando gobernadores fallidos y ahora alcaldes performáticos.

Fernando intentó reír.

La silla zumbó sola.
Instinto de supervivencia.

Entró Nazario Gutiérrez.
Morena. Texcoco.
Discípulo político del Grupo Texcoco.

Parecía alumno sorprendido de haber pasado un examen sin leer el temario.

Tucker lo observó.

—Higinio prácticamente lo armó pieza por pieza. Como mueble electoral de bajo presupuesto.

Nazario levantó el dedo.

—Nosotros somos transformación.

DESCARGA DOBLE.

Un foco explotó.

—Transformación de jefe político, no de sistema. No confunda obediencia con pensamiento propio.

Nazario acomodó el saco.

—Tenemos cercanía con el pueblo.

Hombre sentado en una silla de electricida, expresando angustia, vestido con traje y corbata.

DESCARGA.

—El populismo emocional: la filosofía política del alumno que jamás terminó el libro pero ya quiere dar la conferencia.

Tucker revisó otro papel.

—Texcoco produce algo fascinante: cuadros políticos que hablan del pueblo como si fuera mascota electoral.

Nazario bajó la mirada.

La silla volvió a zumbar.

Tomó asiento David Sánchez Isidoro.
PRI. Coacalco.
Viejo sobreviviente del pantano mexiquense.

Tenía esa serenidad priista del funcionario que ya sobrevivió a seis gobernadores, ocho auditorías y veinte traiciones.

Tucker sonrió.

—Usted ya no es político. Es especie protegida.

David acomodó la corbata.

—La experiencia cuenta.

DESCARGA.

—También las cucarachas sobrevivieron millones de años y nadie las hizo secretarias de Estado.

David tomó agua.

—Nosotros sabemos operar.

DESCARGA MÁS FUERTE.

Hombre sentado en una silla eléctrica, riendo con expresión intensa, vestido con traje formal, en un fondo negro.

—Operar no es gobernar. También los carteristas operan y no por eso les entregan presupuesto municipal.

Tucker levantó la carpeta.

—Aquí aparece una palabra recurrente: Manzur. Qué extraordinario ecosistema. El priismo mexiquense convirtió las relaciones familiares en modelo administrativo.

David sonrió con cansancio burocrático.

Como quien ya entendió que en México el cinismo envejece mejor que la honestidad.

Entró Erika Patricia Olea.
Partido Verde. Tianguistenco.

Miraba alrededor con expresión de pasajera atrapada en vuelo turbulento sin saber quién pilotea.

Tucker revisó la carpeta.

—Aquí dice que el verdadero operador político era el marido.

Erika tragó saliva.

—Somos un equipo.

DESCARGA.

—Qué romántico. Nepotismo con lenguaje matrimonial.

Ella intentó sonreír.

—Estamos haciendo lo mejor posible.

EXPLOSIÓN ELÉCTRICA.

Una mujer con pelo largo y oscuro, vestida con una camisa blanca y pantalones oscuros, sentada en una silla eléctrica, con una expresión de angustia en su rostro, en un fondo negro.

Dos focos reventaron.

El ventilador se apagó.

Tucker cerró los ojos unos segundos.

—Esa frase debería estar grabada en la tumba administrativa del país.

Afuera comenzó a llover.

Adentro también, pero era sudor político.

Apareció finalmente Gely Zuppa.
Movimiento Ciudadano. Tepotzotlán.

La alcaldesa hereditaria.

Traía sonrisa de campaña permanente y esa energía de persona que cree que gobernar consiste en inaugurar letras monumentales y subir historias a Instagram.

Tucker acomodó el expediente.

—A usted la dejó el papá. Democracia hereditaria. Cacicazgo con filtro Valencia.

Gely acomodó el cabello.

—Mi familia tiene historia política.

DESCARGA.

—Exacto. En México algunos heredan relojes. Otros notarías. Otros municipios completos.

Ella levantó el mentón.

—Las redes sociales hoy son fundamentales.

DESCARGA.

Mujer con cabello largo y suelto, vestida de blanco, riendo mientras está sentada en una silla con grilletes, en un fondo negro.

—Confundir likes con legitimidad es como creer que un filtro arregla la cara del sistema político.

La sala comenzó a zumbar completa.

No era la electricidad.
Era el vacío intelectual colectivo.

Tucker caminó lentamente frente a los cinco.

Municipios endeudados.
Drenajes colapsados.
Policías rebasadas.
Basura acumulada.
Obras infladas.
Comunicación social obsesionada con drones, slogans y TikTok.

La política mexiquense ya parecía catálogo de Temu o Shein:
mucho empaque, poca resistencia estructural.

Tucker colocó la mano sobre el switch final.

—Última pregunta.

Los cinco levantaron la mirada.

—¿Qué se siente descubrir que el poder les quedó enorme?

Nadie respondió.

Fernando bajó los ojos.
Nazario respiró hondo.
David dejó de sonreír.
Erika apretó las manos.
Gely se quedó inmóvil.

Porque incluso los políticos más mediocres conservan un instante mínimo de lucidez antes de la descarga final.

Y ese instante se llama miedo.

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