El Exgobernador y la Parisina

La reciente entrevista concedida por una distinguida parisina a una revista española volvió a demostrar que el tiempo cura casi todo... menos la curiosidad pública
junio 28, 2026

Los personajes de esta historia son imaginarios. Si el lector cree reconocer a alguien, no reclame al autor. Reclámele a la memoria histórica.


La sala huele a cobre caliente.

También a perfume francés.

Y a ese extraño aroma que dejan los expedientes cuando pasan demasiados años cerrados: polvo fino, tinta vieja y miedo institucional evaporado.

En un rincón hay un ejemplar de ¡Hola! España.

Está abierto sobre una mesa metálica.

Parece una revista.

Pero no.

Esta noche funciona como acta judicial con papel couché.

Tucker Switch la mira de reojo.

Sonríe.

La memoria tiene esas pequeñas maldades: nunca compra la revista, pero siempre lee los extractos.

El viejo transformador comienza a zumbar.

Zzzzzzzzz…

No reconoce nombres.

Reconoce épocas.

Y esta noche, curiosamente, la corriente viene desde París.

En el centro de la sala hay dos sillas de hierro.

Frías.

Macizas.

Sin glamour.

La elegancia pertenece a los hoteles.

Las sillas pertenecen a la memoria.

En una está sentado el Exgobernador.

En la otra, la Parisina.

Él conserva esa serenidad de retrato oficial: mandíbula quieta, sonrisa mínima, mirada de quien ha saludado demasiadas veces desde un templete.

Ella mantiene la compostura de quien aprendió que el lujo no se defiende.

Se posa.

Como los perfumes caros.

Como los silencios útiles.

Como los divorcios bien administrados.

Tucker entra despacio.

No corre.

La electricidad tampoco.

Trae en la mano un interruptor negro.

La palanca parece vieja, pero funciona.

Como ciertas dinastías.


TUCKER SWITCH

Buenas noches.

No vine a preguntar por el amor.

El amor casi siempre sale absuelto.

El patrimonio, en cambio, suele pedir amparo.

Zzzzzzzzz…

Calma.

La silla sólo se activa con frases hechas, silencios largos y explicaciones que usan demasiada servilleta de lino.

Primera pregunta.

No jurídica.

No sentimental.

Doméstica.

Señor Exgobernador…

Después de administrar uno de los estados más importantes del país, ¿cómo se aprende a vivir tan bien?

El Exgobernador acomoda la espalda.

Respira como si fuera a inaugurar una carretera.

No responde.

TUCKER

Entiendo.

Hay preguntas que no caben en el corte de listón.

La silla vibra.

Un foco parpadea.

En la mesa, la revista parece pasar sola una página.

Tucker se acerca a la Parisina.


TUCKER SWITCH

Madame…

Francia le dio al mundo a Voltaire, a Simone de Beauvoir, la guillotina y la crema brûlée.

México, más modesto pero imaginativo, le dio una historia que ni Balzac habría presentado sin contador público.

Hay matrimonios que dejan fotografías.

Otros dejan hijos.

Otros dejan una vajilla incompleta y una deuda emocional con cargo a meses sin intereses.

El suyo dejó leyenda.

Dígame, con absoluta tranquilidad aristocrática:

¿Qué resultó mejor negocio: el matrimonio… o el divorcio?

Silencio.

El transformador se emociona.

Zzzzzzzzzzzzz…

Tucker levanta la mano.


TUCKER SWITCH

No responda todavía.

La Bolsa Mexicana suspende operaciones cada vez que alguien formula esa pregunta con puntuación correcta.

La Parisina mira la revista.

La revista mira al país.

El país, como siempre, paga la luz.


TUCKER SWITCH

En su entrevista habla de silencios.

De años difíciles.

De propiedades.

De nuevos proyectos.

De una vida reconstruida.

Muy bien.

La reconstrucción es una virtud.

Lo que nos intriga no es que alguien reconstruya su vida.

Es que algunas reconstrucciones terminen con más habitaciones que muchas presidencias municipales.

Zzzzzzzzz…

No es envidia.

La envidia pregunta cuánto cuesta.

La memoria pregunta de dónde salió la escalera.

Porque una cosa es volver a empezar…

y otra reaparecer en escena con jardín, hotel, cava y una biografía que ya no parece biografía, sino folleto turístico con pasado político.

Tucker gira hacia el Exgobernador.


TUCKER SWITCH

Señor Exgobernador…

Hay una vieja leyenda nacional.

Dice que las fortunas se heredan.

Otras se construyen.

Algunas se casan.

Y otras, caray, otras salen del poder tan bien vestidas que uno quisiera revisar si el presupuesto público también usaba traje de etiqueta.

No se ofenda.

La sátira no acusa.

Sólo prende la luz donde otros prefieren bajar el dimmer.

El Exgobernador sonríe apenas.

Como sonríen los hombres que todavía creen que el calendario es abogado defensor.

TUCKER

Con el precio de un reloj de lujo, ¿cuántas becas caben?

Con el de un automóvil, ¿cuántas patrullas?

Con el mantenimiento de un jardín, ¿cuántas aulas?

Con una cava, ¿cuántos medicamentos?

No quiero cifras.

Quiero pudor.

La silla lanza una chispa pequeña.

Educada.

Casi francesa.


La sala se calienta.

El olor a cobre se vuelve más intenso.

También el perfume.

Eso ocurre con la memoria: cuando se calienta, mezcla aromas imposibles.

Caoba.

Polvo.

Notaría.

Champaña.

Hospital público.

Tucker toma la revista y la levanta.


TUCKER SWITCH

Miren esto.

La revista del corazón es un invento maravilloso.

Convierte tragedias en interiores luminosos.

Transforma pleitos familiares en confesiones elegantes.

Hace que el dolor combine con los cojines.

Y consigue algo que el viejo régimen siempre quiso:

que la opulencia parezca decoración.

Zzzzzzzzz…

Pero el problema de la decoración es que a veces tapa grietas.

Y México tiene demasiadas grietas como para no reconocerlas.


La Parisina cruza las manos.

El Exgobernador mira el interruptor.

Por primera vez parece entender que la silla no funciona con electricidad.

Funciona con contraste.

Tucker se inclina.


TUCKER SWITCH

Madame…

Usted dice que guardó silencio.

El silencio también es un lujo.

Hay gente que no puede guardar silencio porque tiene hambre.

Porque debe reclamar una medicina.

Porque espera justicia.

Porque no tiene abogado.

Porque no tiene revista.

Porque no tiene apellido con escolta.

El silencio de los poderosos siempre llega envuelto en misterio.

El silencio de los pobres llega envuelto en trámite.

Zzzzzzzzz…

Qué raro.

La silla distingue clases sociales.

No sabía que también leía a Bourdieu.


Tucker vuelve al centro.


TUCKER SWITCH

Y ahora la pregunta que se hace la gente común, esa multitud impertinente que todavía cree que el dinero público era público.

¿Cómo se pasa de gobernar carencias a habitar abundancias?

¿Cómo se cruza del discurso del servicio al paisaje de revista?

¿Cómo se le explica al ciudadano que el poder era sacrificio, pero las fotografías posteriores parecen catálogo de hotel boutique?

El Exgobernador murmura algo.

No se entiende.

La Parisina sonríe con cortesía de aeropuerto internacional.

La silla responde por ambos.

ZZZZZZZZZZZZZZZZ…


TUCKER SWITCH

Exacto.

Balbuceo en estéreo.

Un clásico del viejo régimen.

Primero habla el poder.

Luego habla el dinero.

Después habla el abogado.

Y al final, cuando por fin debería hablar la explicación…

se va la señal.


El transformador ruge.

Las lámparas parpadean.

En la revista, una fotografía parece iluminarse bajo la luz amarilla.

Tucker baja la voz.


TUCKER SWITCH

Esta no es una historia de amor.

Tampoco de divorcio.

Ni siquiera de alta sociedad.

Es una historia sobre cómo antes se hacía política en México.

Con solemnidad pública y prosperidad privada.

Con discursos sobre el pueblo y cenas donde el pueblo jamás habría pasado de la caseta de vigilancia.

Con funcionarios que hablaban de austeridad mientras sus biografías futuras ya venían amuebladas.


Tucker coloca la revista sobre la mesa.

La cierra.

El golpe suena seco.

Como expediente archivado.


TUCKER SWITCH

La pregunta no es si fueron felices.

Eso se lo dejamos a ¡Hola!

La pregunta es si alguna vez alguien se tomó la molestia de explicar por qué tantos servidores públicos salían del poder con una vida que el servicio público, por sí solo, jamás habría podido pagar.

La silla se enciende completa.

No hay gritos.

No hay humo.

No hay teatro barato.

Sólo una luz blanca.

Brutal.

Democrática.

Sin protocolo.

El Exgobernador y la Parisina desaparecen por un segundo detrás del resplandor.

Cuando la luz baja, las sillas están vacías.

Sobre la mesa queda la revista.

Abierta.

Intacta.

Con una esquina chamuscada.

Tucker recoge el interruptor.

Mira al público.


TUCKER SWITCH

El dinero compra muchas cosas.

Casas.

Hoteles.

Abogados.

Silencios.

Portadas.

Incluso finales felices con iluminación profesional.

Pero hay una cosa que todavía no consigue comprar:

una explicación que sobreviva a la memoria.

Zzzzzzzzz…

Se levanta la sesión.

No por falta de voltaje.

Por exceso de preguntas.

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