La silla estaba particularmente contenta aquella noche.
No habían traído a un gobernador.
Tampoco a un empresario.
Mucho menos a un banquero.
Trajeron algo mucho más difícil de encontrar.
Un hombre que ganaba poco más del salario mínimo y pensaba como si administrara un fondo de inversión.
Tucker Switch abrió el expediente.
Había algo fascinante en aquella carpeta.

El sujeto tardaba casi cuatro horas diarias en trasladarse al trabajo.
Debía dinero al banco.
Debía dinero a la tienda.
Debía dinero a la tarjeta.
Debía dinero al teléfono.
Debía dinero a sí mismo.
Y aun así se consideraba un firme defensor del libre mercado.
La silla emitió un zumbido de reconocimiento.
Parecía un viejo conocido.
—Bienvenido.
—Gracias.
—¿A qué se dedica?
—Trabajo.
—Eso ya lo vi. Mi pregunta era otra.
—¿Cuál?
—¿A qué se dedica además de trabajar?
—No entiendo.
—Yo tampoco. Por eso pregunto.
El hombre sonrió.
Creía estar frente a un entrevistador.
Todavía no comprendía que estaba frente a un espejo.
—Mire, Tucker, yo soy una persona que salió adelante sola.
—¿Qué significa eso?
—Que nadie me regaló nada.
—¿Quién pagó la primaria?
—El gobierno.
—¿La secundaria?
—También.
—¿La preparatoria?
—También.
—¿Las vacunas?
—También.
—¿La calle por la que llegó?
—También.
—¿La electricidad?
—Bueno…
—¿El drenaje?
—Bueno…
—¿La policía?
—Más o menos.
—¿La moneda con la que cobra?
—Supongo.
—Entonces parece que bastante gente le regaló bastantes cosas.
El hombre acomodó el cuello de la camisa.
Tucker observó la etiqueta.
Marca famosa.
Comprada en una paca.
La globalización tiene sentidos del humor extraños.
—No me refiero a eso.
—¿A qué se refiere?
—A que nadie me mantuvo.
—¿Quién dijo que sí?
—Los socialistas siempre piensan eso.
—¿Cuántos socialistas conoce?
—Ninguno.
—¿Cuántos ha leído?
—Ninguno.
—¿Y aun así los combate?
—Naturalmente.
—Es admirable.
—¿Lo cree?
—Por supuesto.
—¿Por qué?
—Pocas personas tienen el valor de declarar la guerra a individuos imaginarios.
La silla dejó escapar una pequeña descarga.
Nada grave.
Apenas una cortesía.
El hombre decidió cambiar de tema.
—El problema de este país es que castiga el éxito.
—Interesante.
—Los ricos generan riqueza.
—¿Cuántos ricos conoce personalmente?
—Bueno…
—¿Alguno?
—No.
—¿Y cómo sabe lo que piensan?
—Los escucho.
—¿Dónde?
—En internet.
—Comprendo.
Tucker tomó una hoja.
—Aquí dice que el mes pasado no pudo pagar completa su tarjeta.
—Eso no tiene nada que ver.
—Tiene toda la razón.
—¿Ve?
—Lo que me interesa es otra cosa.
—¿Cuál?
—¿Por qué siente más empatía por el banco que le cobra intereses que por el trabajador que vive exactamente como usted?
El hombre soltó una carcajada.
—Porque yo no soy como ellos.
—¿Quiénes?
—Los conformistas.
—¿Y usted qué es?
—Un aspiracionista.

Tucker guardó silencio.
La silla también.
Hasta el aire pareció detenerse.
—Repita eso.
—Aspiracionista.
—¿Qué significa?
—Que quiero progresar.
—Magnífico.
—¿Verdad?
—Extraordinario.
—¿Entonces?
—¿Quién le dijo que progresar y parecerse a los ricos eran la misma cosa?
El hombre parpadeó.
—Pues…
—¿Quién?
—No sé.
—¿La televisión?
—Tal vez.
—¿La publicidad?
—Tal vez.
—¿Los influencers financieros?
—Tal vez.
—¿Los políticos?
—Tal vez.
—¿Los bancos?
—Tal vez.
—Qué tragedia.
—¿Cuál?
—Que todos ganen dinero con esa idea excepto usted.
La silla emitió un zumbido más largo.
El hombre comenzó a sentirse incómodo.
Era una sensación nueva.
Llevaba años sintiéndose enojado.
Pero incómodo, no.
—Usted no entiende, Tucker.
—Explíqueme.
—Yo admiro a la gente que triunfa.
—¿Por qué?
—Porque llegaron arriba.
—¿Y cómo sabe que llegaron arriba?
—Porque tienen dinero.
—¿Y si lo heredaron?
—Bueno…
—¿Y si explotaron trabajadores?
—Bueno…
—¿Y si corrompieron políticos?
—Bueno…
—¿Y si simplemente nacieron en una familia privilegiada?
—Bueno…
—Entonces parece que usted no admira el mérito.
—Claro que sí.
—No.
—Sí.
—No.
—¿Entonces qué admiro?
Tucker cerró lentamente el expediente.
La silla quedó en silencio.
Incluso las luces parecieron acercarse para escuchar.
—Usted admira el dinero.
El hombre quiso responder.
No pudo.
—No admira la inteligencia.
No admira la creatividad.
No admira la ciencia.
No admira la disciplina.
No admira el arte.
No admira el trabajo.
Admira el dinero.
Y como no lo tiene, decidió adorarlo.

La descarga no salió de la silla.
Salió del silencio.
—Eso no es cierto.
—¿No?
—No.
—Entonces dígame una sola persona rica a la que admire por su virtud y no por su fortuna.
El hombre abrió la boca.
Buscó una respuesta.
Después otra.
Luego otra más.
No apareció ninguna.
Porque por primera vez en toda su vida estaba contemplando una posibilidad insoportable.
Quizá no odiaba a los pobres porque fueran pobres.
Quizá los odiaba porque le recordaban quién era.
Y quizá no amaba a los ricos porque fueran admirables.
Quizá los amaba porque llevaba años intentando escapar de su propio reflejo.
La silla permaneció inmóvil.
El trabajo estaba hecho.
Las mejores descargas son así.
No queman.
Iluminan.

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