Hablemos del Apartheid climático 

El apartheid climático divide al mundo: los ricos emiten más y se protegen; los pobres emiten menos y sufren los peores impactos
febrero 9, 2026

Vivimos en un apartheid climático que no es culpa de nadie en lo particular, pero es responsabilidad de todos. Dudo que alguien de nosotros se despierte con la intención de segregar al mundo entre quienes pueden escapar del calor, las inundaciones o la hambruna, y quienes quedan atrapados en ellos. Sin embargo, esta segregación global está ocurriendo, y lo hace como una propiedad emergente de un sistema complejo: millones de decisiones cotidianas, inocentes y racionales que, sumadas, producen una injusticia estructural que nadie quiso.

“El mundo se encamina hacia un apartheid climático donde los ricos pagan para huir del desastre y el resto sufre»

Philip Alston, relator de la ONU

Hace ya casi dos décadas que el premio nobel de la paz Desmond Tutu advirtió de esta tendencia global. Luego han venido estudios, informes e incluso el relator de la ONU Philip Alston en 2019 dijo: “El mundo se encamina hacia un apartheid climático donde los ricos pagan para huir del desastre y el resto sufre. Las cifras siguen siendo demoledoras y, en algunos casos, han empeorado. El 10 % de la población del planeta genera alrededor de 50 % de las emisiones de CO₂ (y según el World Inequality Report 2026, hasta el 77 % de las emisiones están asociadas a la propiedad de capital privado), mientras que el 50 % más pobre apenas contribuye con menos de 10 %. 

Una imagen que muestra una embarcación de papel naranja en el mar azul, con una pareja de pie en la embarcación y otra pareja sentada en el agua.

Un multimillonario emite en un solo día más que una persona del 50 % más pobre en todo un año. Los países de bajos ingresos, que emiten solo 10 % del total, han sufrido un aumento ocho veces mayor en desastres naturales desde los años ochenta. El cambio climático ya ha aumentado la desigualdad económica entre países ricos y pobres en 25 %, y podría empujar a 120 millones de personas adicionales a la pobreza extrema para 2030 y desplazar a 216 millones para 2050, según estima el Banco Mundial.

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Este no es un problema de “malos” contra “buenos”. Es un sistema complejo adaptativo en acción. En teoría de sistemas complejos, las propiedades emergentes son fenómenos macro que no existen en las partes individuales: nadie planea un atasco de tráfico, pero surge de miles de conductores que solo quieren llegar rápido a casa o al trabajo. Ocurre lo mismo con el apartheid climático. Surge de acciones ordinarias que parecen inofensivas. Tomemos un ejemplo:

Encender la luz o cargar el celular. Todo mundo lo hace varias veces al día. Es universal, necesario y parece insignificante. El consumo eléctrico residencial representa 25-30 % de las emisiones globales de CO₂. En hogares de ingresos medios-altos es barato, abundante y estable; en zonas vulnerables es caro, inestable o inexistente. Cuando hay sequía o huracán que daña la red, los privilegiados siguen iluminados y refrigerados; los demás quedan a oscuras, sin refri para la comida o medicinas ni luz para estudiar. El mismo interruptor inocente alimenta un bucle: más consumo de ricos lleva a más calentamiento y ello a más vulnerabilidad energética en los pobres.

Niños, jóvenes y adultos abren varias veces al día Instagram, TikTok o Youtube para distraerse, pasar el rato o reírse. Cada like, reel o historia viaja a data centers que consumen electricidad masiva (el sector digital ya representa 2-4 % de las emisiones globales, comparable a la aviación, y crece con la IA). Los data centers están en países con energía barata; los privilegiados mantienen conectividad ininterrumpida incluso en crisis climáticas. En regiones vulnerables, las sequías reducen la capacidad de las hidroeléctricas y los huracanes rompen redes. En consecuencia, millones pierden acceso a información crítica, educación remota o apoyo virtual. Surge entonces una segregación digital-climática: unos viven en un mundo hiperconectado; otros quedan aislados.

Los ricos compran seguros climáticos, diques privados, migración selectiva, comida importada y data centers con respaldo. Los demás enfrentan olas de calor sin aire acondicionado, cosechas perdidas sin red de seguridad, desplazamientos sin destino seguro.

Nadie, al prender la luz o subir una foto, piensa “voy a agravar el apartheid climático”. Pero el sistema —compuesto de mercados globales, redes energéticas fósiles, cadenas de suministro, algoritmos que premian las interacciones permanentes— convierte esas decisiones locales en una estructura macro de injusticia. Es emergencia pura: la segregación aparece a escala global sin que exista en ninguna decisión individual. Y lo peor: el sistema se auto refuerza con bucles de retroalimentación positiva. Los ricos emiten más, sufren menos impactos, consolidan más poder y emisiones. Los pobres, por su parte. emiten menos, pero sufren más, pierden capacidad de adaptación y se vuelven más vulnerables. 

El resultado es un apartheid que se agrava solo: en 2025-2026 las proyecciones de calentamiento siguen en el incremento de entre 2,3 y 2,8 °C a final de siglo (Informe Brecha de Emisiones PNUMA 2025), pese a todas las promesas. Los ricos compran seguros climáticos, diques privados, migración selectiva, comida importada y data centers con respaldo. Los demás enfrentan olas de calor sin aire acondicionado, cosechas perdidas sin red de seguridad, desplazamientos sin destino seguro.

La gran paradoja moral es que esta injusticia parece no tener culpable individual. No hay villano con bigote retorcido; hay un sistema complejo que recompensa el consumo ilimitado y castiga la vulnerabilidad. Por eso es tan difícil combatirlo: cada uno de nosotros, al vivir nuestra vida normal en una economía que premia el crecimiento sin límites, es parte del mecanismo emergente que produce esta inequidad. Romperlo requiere reconocer esa emergencia. No basta con culpar a “los ricos” o a “las empresas”; hay que cambiar las reglas del sistema: impuestos progresivos al carbono y al lujo climático, subsidios masivos a renovables accesibles, regulación de data centers y cadenas de suministro globales, políticas de vivienda que prioricen resiliencia compartida, no segregada. 

Grupo de personas caminando con cabezas de fuego en un fondo blanco, todas mirando sus teléfonos móviles.

Mientras no lo hagamos, cada luz que encendemos, cada foto que subimos a Instagram, cada fresa importada que compramos seguirá alimentando, sin que nadie lo pretenda, la división más profunda y letal del siglo XXI. El apartheid climático no es el resultado de la maldad humana. Es el resultado de la normalidad humana dentro de un sistema que ya no puede seguir siendo normal. Y si no intervenimos conscientemente en las reglas que lo generan, seguirá emergiendo, día tras día, hasta que sea tarde para todos. Piénselo.

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