- Ariadna y el arte de bajar calenturas
- Los tres que tomaron nota
- La gramática del poder
- Los gemelos de Murat
- Los hombres del equilibrio
Ariadna y el arte de bajar calenturas
La verdadera prueba de una dirigencia no consiste en evitar que todos quieran ser candidatos —eso sería pedirle castidad a la política—, sino en conseguir que quienes pierden permanezcan dentro después de conocer el resultado. Las 17 gubernaturas dejaron damnificados, gobernadores contrariados, aspirantes furiosos, un PT reclamando y un Verde que aprendió bastante bien cuánto vale su compañía; pero, hasta ahora, ninguna rebelión capaz de incendiar la casa. Ariadna Montiel parece haber entendido algo elemental que con frecuencia olvidan los partidos cuando se vuelven grandes: la encuesta decide un candidato; la política administra a todos los que perdieron. Y ésa será precisamente la lección que interesa al Estado de México rumbo a 2029: la sucesión de Delfina no dependerá solamente de quién tenga más fuerza, sino de la calidad del procedimiento mediante el cual Morena consiga decirles que no a todos los demás.
Los tres que tomaron nota
Higinio Martínez, Horacio Duarte y Juan Carlos González Romero debieron mirar con particular interés las candidaturas de Morena a gobernador. No por los nombres, sino por el método. Higinio tiene historia, estructura y oficio; Duarte, centralidad política y cercanía con el núcleo del gobierno; Juan Carlos, territorio, bajo perfil y la paciencia del que avanza pian pianito. Ninguna de esas fortalezas, por sí sola, garantiza nada. Las sucesiones que acaba de procesar Morena enseñan que pesan encuestas, territorio, acuerdos nacionales, equilibrios locales y algo todavía más difícil de medir: la posibilidad de ganar sin partir al partido. La sucesión de Delfina Gómez no está abierta y sería absurdo adelantarla tres años, pero sus principales actores ya pueden leer las reglas que se están escribiendo enfrente de ellos. En Morena, el que corre demasiado pronto también corre el riesgo de llegar demasiado temprano.
La gramática del poder
El tercer informe de Delfina Gómez será también una ceremonia de representación del poder. Nada será enteramente ornamental. El recinto, la primera fila, las presencias y las ausencias, los lugares asignados, los saludos, la duración de los aplausos y hasta aquello que el discurso decida callar formarán una segunda narrativa, quizá más reveladora que la oficial. La semiótica enseña que el poder no sólo se ejerce: se representa; y la hermenéutica obliga a leer no únicamente lo dicho, sino los símbolos y silencios mediante los cuales adquiere significado. Hay, además, un signo particularmente elocuente: pasar del “Poder de Servir” al “Poder de Cumplir” desplaza el relato de la intención moral hacia la comprobación política. Delfina ya cruzó la mitad de su mandato y el rito de hoy puede leerse como una cesura: detrás quedan los años de instalación y legitimación; delante, los años en que habrá que definir el sentido de su paso por el poder. La pregunta ya no es qué representa Delfina Gómez. Eso quedó resuelto en 2023. La pregunta es qué quiere representar cuando se vaya en 2029.
Los gemelos de Murat
Orondo, Fernando Flores presumió ayer su fotografía con Alejandro Moreno en el Senado, como si retratarse con Alito todavía otorgara prestigio. Qué mal deben andar las acciones de Fernando para que hasta Alito cotice por encima. Pero la foto tiene su encanto: puestos juntos, se parecen demasiado. Uno enfrenta investigaciones y un procedimiento de desafuero; el otro, un proceso por abuso de autoridad. Alito es priista profesional; Fernando se pone la camiseta del PAN cuando hace falta. Ambos entienden el poder como una extensa agenda de relaciones y poseen esa elasticidad ideológica que permite cambiar de siglas sin despeinarse. Y cuando se busca en el ADN político aparece el apellido que termina de explicar el parecido: Murat. Fernando ha compartido sociedades y negocios con Alejandro Murat; Alito pertenece a esa misma vieja trama de poder, alianzas y supervivencia. Los expedientes son distintos y las responsabilidades individuales, pero la fotografía salió perfecta: los gemelos de Murat, distintos apellidos, distintas camisetas y el mismo aire de familia.
Los hombres del equilibrio
Delfina Gómez no llegó sola en buenas condiciones a la mitad del sexenio. Tres hombres ayudan a explicarlo. Horacio Duarte, operador político, ha mantenido gobernabilidad y articulado al gobierno con municipios y grupos de poder. Juan Carlos González, menos estridente y más territorial, convirtió Bienestar en el brazo de mayor capilaridad social del gobierno. Y José Luis Cervantes, desde una Fiscalía autónoma, ha sido pieza de la coordinación que acompaña la reducción de delitos de alto impacto. Duarte opera, González construye territorio, Cervantes procura justicia. Tres hombres, tres funciones, un mismo efecto: estabilidad. Maquiavelo aconsejaba juzgar al príncipe por quienes lo rodean. Delfina, en eso, parece haber escogido bien.


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