- Periodismo de intriga
- La fuente fantasma
- Fabricar la sospecha
- El periódico también tiene intereses
- La presión viene del norte
Periodismo de intriga
El problema del reportaje del New York Times sobre Andrés Manuel López Beltrán no es que investigue al hijo del expresidente. Para eso está el periodismo. El problema es cómo lo hace. Dos agencias estadounidenses que no identifica estarían indagándolo; cinco fuentes anónimas lo sostienen; ningún expediente se exhibe y, pequeño detalle, el propio periódico reconoce que no existe investigación formal. Sin embargo, con ese material construye una historia capaz de colocar bajo sospecha a Andy, interpelar a Claudia Sheinbaum y poner en cuestión a Morena. Mucha consecuencia para tan poca evidencia. Eso tiene menos de investigación que de periodismo de intriga: insinuar lo suficiente para que el señalado tenga que defenderse de aquello que el periódico todavía no puede demostrar.
La fuente fantasma
Hay fuentes anónimas indispensables. Watergate no habría existido sin ellas. Pero Garganta Profunda entregaba pistas que después podían comprobarse; el anonimato protegía a la fuente, no sustituía la verificación. Aquí sabemos que cinco personas dicen que dos agencias estadounidenses indagan a López Beltrán, pero no sabemos cuáles agencias, quiénes son esas personas, qué conocen directamente, qué documentos respaldan sus dichos ni por qué debemos concederles autoridad. Después aparecen otras tres fuentes anónimas para afirmar que Andy buscó acercamientos con funcionarios estadounidenses. Otra vez, ningún documento y ninguna conversación formal. Una fuente puede permanecer oculta; la evidencia no debería desaparecer con ella. Cuando fuente y prueba son invisibles, lo único visible es el prestigio del periódico que pide que le creamos.
Fabricar la sospecha
Restaurantes caros, viajes, una visa revocada, Jorge Amílcar Olán, huachicol, filtraciones, “el hijo del presidente”, Rocha Moya, Inzunza, Adán Augusto. Una cosa detrás de otra hasta que la acumulación produce su propio efecto: si hay tanto humo, algo deberá estar ardiendo. Ésa es la arquitectura del texto. Incluso cuando la FGR sostuvo que las menciones conocidas no alcanzaban para investigar a López Beltrán, la sospecha ya estaba instalada. No hace falta demostrar una acusación cuando se consigue construir una atmósfera. El recurso es eficaz, pero intelectualmente tramposo: proximidad narrativa no significa relación probatoria. Investigar a Andy es legítimo. Amontonar sospechas hasta que parezcan pruebas es otra cosa.
El periódico también tiene intereses
El New York Times suele presentarse ante el mundo investido de la autoridad moral de quien vigila al poder. Conviene recordar algo elemental: también es poder. The New York Times Company es una corporación privada controlada desde hace generaciones por la familia Ochs-Sulzberger, con una estructura accionaria que le permite conservar el control del consejo. Es, además, un negocio global de miles de millones de dólares que vende suscripciones, publicidad, licencias, productos y audiencias. Nada de eso prueba que sus propietarios hayan ordenado este reportaje ni que exista una conspiración empresarial contra López Beltrán. Pero obliga a abandonar una ingenuidad bastante provinciana: los grandes medios no observan el mundo desde fuera del mundo. Tienen propietarios, mercados, relaciones, intereses y una formidable capacidad para establecer qué debe discutirse y bajo qué términos. El poder que fiscaliza al poder también merece ser fiscalizado.
La presión viene del norte
Y entonces aparece lo verdaderamente político. El propio Times formula la pregunta a Claudia Sheinbaum: hasta dónde estará dispuesta a llegar contra figuras poderosas de su movimiento. Después reconoce que Washington presiona al gobierno mexicano para actuar contra funcionarios señalados por corrupción o vínculos criminales. En medio coloca a Andrés Manuel López Beltrán, al que describe como posible heredero político del movimiento de su padre. La secuencia merece ser leída completa. Estados Unidos sospecha, un gran periódico estadounidense amplifica y el gobierno mexicano queda emplazado a responder. No hay elementos para afirmar que Washington haya ordenado el reportaje; tampoco hacen falta para advertir la función política que termina cumpliendo. Andy representa algo más incómodo que un apellido: la posibilidad de continuidad de una corriente que reivindicó soberanía frente a Estados Unidos y alteró la vieja docilidad bilateral. Tal vez por eso convenga mirar menos los nombres de quienes firman y bastante más los intereses que se mueven alrededor. El imperio ya no necesita mandar telegramas: también sabe construir conversación pública.


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