Cobrar impuesto a las remesas, ¿en qué derivará?

En la dinámica de estira y afloja en que México se encuentra actualmente con la nueva administración del gobierno de los Estados Unidos, varias cosas han sido puestas sobre la mesa para establecer los términos en que serán ahora las relaciones entre los dos países. Una de ellas -fundamental- tienen que ver con la migración y la edificación del muro fronterizo. El presidente Trump ha insistido en propuesta de construirlo y en que los recursos para financiarlo saldrán de los mexicanos; en ese sentido, esta semana un compañero de partido del señor Trump, congresista por el estado de Alabama, Mike
febrero 8, 2017

En la dinámica de estira y afloja en que México se encuentra actualmente con la nueva administración del gobierno de los Estados Unidos, varias cosas han sido puestas sobre la mesa para establecer los términos en que serán ahora las relaciones entre los dos países. Una de ellas -fundamental- tienen que ver con la migración y la edificación del muro fronterizo. El presidente Trump ha insistido en propuesta de construirlo y en que los recursos para financiarlo saldrán de los mexicanos; en ese sentido, esta semana un compañero de partido del señor Trump, congresista por el estado de Alabama, Mike Rogers, ha anunciado la intención de impulsar una ley para cobrar un impuesto especial a las remesas que los mexicanos radicados en territorio estadounidense envían a México y así recaudar unos mil millones de dólares al año, mismos que se destinarían a pagar la construcción de dicho muro.

Al respecto es pertinente ver algunos números que nos tocan en el Estado de México y algunas dinámicas socioculturales relacionadas con el envío de dinero desde el vecino país del norte por parte de los migrantes. Trimestralmente el INEGI publica el valor de las remesas que recibieron los estados de la República Mexicana provenientes de los trabajadores migratorios y, de acuerdo con los últimos datos publicados, correspondientes al tercer trimestre de 2016, entre enero y septiembre del año pasado, nueve estados del país recibieron más de 800 millones de dólares de remesas. El Estado de México era uno de ellos.

No es nuevo decir que nuestra entidad se encuentra entre aquellas que poseen mayor número de migrantes que salen a trabajar hacia los Estados Unidos, pero lo que sí requiere un poco de mayor información es saber que el fenómeno migratorio no sólo consiste en un flujo de personas y de dinero a través de la frontera de los dos países; también implica un flujo constante de información, bienes y símbolos que, entre otras cosas ayudan a sostener familias y comunidades trasnacionales.

En el caso específico de las remesas, hay diferentes estudios de corte social que nos han revelado cómo funcionan: se sustentan en redes sociales y familiares transnacionales, lo mismo que la propia migración. Migrar con fines laborales no es sino una estretegia derivada de ciertos arreglos familiares destinados a la reproducción material del hogar y de sus integrantes. Pero, como ni las familias ni la migración o el flujo de remesas son fenómenos estáticos, es necesario comprender que pasan por distintos momentos y no sólo es el envío de dinero el que influye en las familias receptoras, sino que las dinámicas de estas últimas también retroactúan sobre el envío de dinero.

Los antropólogos, sociólogos, economistas y demógrafos que han investigado sobre este tema nos ayudan a entender, por ejemplo, que las remesas tienen un significado distinto en cada momento de la vida familiar. Así, en una primera etapa, las remesas sueles servir para financiar el consumo del hogar. Posteriormente, una vez que el migrante se estabiliza laboral y económicamente en el lugar de destino, o que adquiere mayor experiencia migratoria, sus envío económicos se orientan a la compra o remodelación de las viviendas, así como a la adquisición de bienes y dotación de servicios diversos para el hogar. Del mismo modo, cuando ese mejoramiento en las condiciones de vida en el hogar de origen se ha alcanzado, las remesas tienden a disminuir y orientarse más a rubros específicos, entre los que adquiere mayor importancia el gasto en salud, especialmente de las personas de la tercera edad. No son pocos los casos en que los que migrantes que han abandonado definitivamente el hogar de origen y se establecen en Estados Unidos, mantienen su compromiso de enviar remesas para la manutención de sus padres y, en menor medida, de otros parientes en las comunidades de origen.

De esta manera, las remesas no pueden entenderse sólo como un flujo monetario de un país a otro. Visto en términos sociales, cumplen al menos dos funciones básicas: primero, representan una especie de fondo salarial que permite la reproducción económica y material de los hogares (sobre todo cuando se habla de migrantes recientes); pero, en un segundo momento, las remesas forman parte también de la reproducción cultural y simbólica de estas familias y comunidades ahora devenidas en transnacionales. Por medio de las remesas se reproducen relaciones de reciprocidad, responsabilidad y solidaridad, que son fundamentales en la conformación de todo sistema familiar. Retener una parte de esas remesas, como lo pretende la iniciativa de ley mencionada, quizá impacte en la primera de las funciones, pero es mucho más complejo decir lo que pasará con la segunda de las funciones: la reproducción cultural y simbólica de las familias y comunidades.

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