“Quienes dicen que la Iglesia es homofóbica padecen de cristianofobia, ya que son personas que le tienen odio a Cristo, a su Iglesia, a la Biblia y a todo aquel que se diga cristiano”, Hugo Valdemar, vocero de la Arquidiócesis Primada de México.
Después de la ola de injurias, desprecios, majaderías y discursos de odio hacia la comunidad Lésbico, Gay, Bisexual, Travestí, Transexual, Transgénero e Intersexual (LGBTTTI), por parte de algunos líderes católicos en México, tras la iniciativa de ley que busca legalizar el matrimonio entre personas del mismo sexo en todo el país, ahora resulta que de victimarios se convirtieron en víctimas. ¡Qué vueltas da la vida!
Debemos refrescarle la memoria al padre Valdemar, quien por cierto apenas fue nombrado como uno de los personajes más homofóbicos del 2016 por la organización Gay Latino, que la homofobia se reconoce como el rechazo o la aversión hacia personas que sienten atracción emocional o erótico por otras de su mismo sexo; ese mismo odio ha matado, lastimado y lacerado a miles de hombres, mujeres y trans, a lo largo de años, promovida, en muchas ocasiones, por dogmas y fanatismos religiosos.
Si no es homofobia, cómo entender las palabras del cardenal, Norberto Rivera Carrera, quien durante una homilía aseguró que “ni por moda puede aprobarse el matrimonio gay” porque es “profundamente inmoral” o los dichos del cardenal de Morelia, Alberto Suárez Inda, al referir que “tornillo va con tuerca, no con tornillo” o, peor aún, las expresiones del monseñor de Toluca, Daniel Alberto Medina Pech, al aseverar que “la transexualidad es un trastorno mental”. Todos ellos calificando además que las personas LGBT viven en un pecado condenatorio a las mismas llamas de Luzbel.
¡Qué descaro! Rápido se les olvidan los pecados que sobre sus hombros están. Si la historia no nos miente, Norberto ha sido el principal encubridor de pederastas al interior de la curia mexicana, desde Marcial Maciel hasta al sacerdote Nicolás Aguilar, pasando por la Arquidiócesis de Guadalajara, en la que por cierto, recientemente el cardenal emérito, Juan Sandoval Iñiguez, admitió que protegió a curas pederastas, enviándolos a la casa Alberione de Tlaquepaque para salvarlos de los barrotes y “reformarlos” por su mal comportamiento.
Sí, querido lector, ellos, los que sufren cristianofobia, son los que hoy juzgan a homosexuales, lesbianas y trans, y los que no actúan con coherencia entre el discurso y el actuar.
Prueba de ello es el Papa Francisco, el máximo líder de la Iglesia Católica; en los inicios de su mandato, su santidad se había convertido en el papa más “light” para la comunidad gay, al decir “quién soy yo para juzgarlos”. Sorpresivamente el papa argentino opuso su primera declaración al mencionar que la Iglesia nunca iba a aceptar a los gays, de manera tajante. Ahora, como buen “chimoltrufio”, volvió a decir que la Iglesia Católica debería de pedirle perdón a los gays por haberlos condenado y maltratado en épocas pasadas.
O qué tal la muestra de “amor” que dan los miembros integrantes del Frente Nacional por la Familia y de los militantes panistas en el estado de Morelos, que con tal de no aprobarse el matrimonio gay en la entidad, arremetieron en el Congreso de forma violenta, a punta de palos, para sentarse en las curules de los diputados y no salirse hasta que la iniciativa se echará para atrás. Y no señores, por más que busquen razones, eso no es amor, es odio.
Esos son los que sufren de “cristianofobia”, el nuevo término de moda entre el séquito de prelados y cardenales. Esos seres de virtud y misericordia que no entienden que la iniciativa para permitir el matrimonio es de carácter civil, no religioso y condenan a todos los homosexuales a un destino permanente de fuego y sombras. Si Jesús no juzgó, ustedes no lo hagan. Entendámoslo, los derechos humanos no están sujetos a su voluntad.
“Gracias por leernos en Alfa. Lo esperamos ahora en nuestro Twitter @FDCRadio”


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