El ajedrecista de la Ciudadela

Pecando un poco de sinceridad, desconocía totalmente el trabajo del tabasqueño Bruno Estañol; pero en una feria del libro me encontré con “El ajedrecista de la Ciudadela”, finalista en el Concurso de Novela Fantástica Tristana, de Santander, España, en 2012. Así que decidí darle una oportunidad. El protagonista, Orobio de Castro (si ése es su verdadero nombre), comienza a narrar su vida –real o inventada, pero de cualquier forma frenética– a un desconocido interlocutor, a quien le cuenta sobre sus conversaciones y juegos de ajedrez con el fantasma de Raúl Capablanca, de cómo él mismo devino heresiarca –que no hereje,
octubre 1, 2016

Pecando un poco de sinceridad, desconocía totalmente el trabajo del tabasqueño Bruno Estañol; pero en una feria del libro me encontré con “El ajedrecista de la Ciudadela”, finalista en el Concurso de Novela Fantástica Tristana, de Santander, España, en 2012. Así que decidí darle una oportunidad.

El protagonista, Orobio de Castro (si ése es su verdadero nombre), comienza a narrar su vida –real o inventada, pero de cualquier forma frenética– a un desconocido interlocutor, a quien le cuenta sobre sus conversaciones y juegos de ajedrez con el fantasma de Raúl Capablanca, de cómo él mismo devino heresiarca –que no hereje, aclara– gracias al estudio que realizó sobre Emmanuel Swedenborg y su interacción con ángeles y demonios en la sala de su casa, y de los más grandes ajedrecistas, muchos de los cuales perdieron la razón e incluso la vida a raíz de ser desbancados como los mejores del mundo.

Algunos críticos “emparentan” esta novela con “El Capote” de Gógol, “Bartleby el escribiente”, de Melville y hasta con “El doble”, de Dostoievski –en lo personal, a quien más me recordó, sobre todo al inicio, con sus entrevistas ficticias, es a “Gog”, de Papini–, aunque se encuentra lejos de ser una obra maestra, como la de los rusos y la del norteamericano; sin embargo, no es un mal relato: la trama es sugestiva, hasta vibrante, plagada de curiosos e interesantes datos –falsos o fidedignos, no importa– que nos mantienen interesados hasta el final.

Una novela entretenida, que se lee de una sentada.

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