El calentamiento político mexiquense rumbo a 2027

A un año de los comicios, la política mexiquense entra en ebullición. Las tensiones asedian a Morena, los grupos miden fuerzas y el síndrome del tabiquito marea a la élite.
mayo 22, 2026

■ El calentamiento político mexiquense
■ Los demonios sueltos
■ El síndrome de la Chimoltrufia
■ El que respira, aspira
■ El síndrome del tabiquito


El calentamiento político mexiquense

Falta un año para las elecciones y el sistema político mexiquense ya comenzó a elevar la temperatura. Se multiplican reuniones discretas, llamadas nocturnas, filtraciones interesadas, operadores en movimiento y personajes que reaparecen después de años de oportuno silencio. Natural. Así funciona la política cuando el poder empieza a acercarse al calendario. Y dentro de MORENA, partido dominante y principal vehículo de acceso al gobierno, el fenómeno resulta todavía más visible: grupos que se acomodan, aspirantes que se promueven, tensiones internas y disputas por espacios futuros. Nada extraordinario. El problema es que en México aún se interpreta la política desde la lógica del escándalo permanente, como si toda diferencia fuera ruptura y todo movimiento interno anunciara una guerra civil tropical. Hace falta construir una cultura política más madura para entender que la disputa también forma parte de la gobernabilidad. La política, después de todo, nunca ha sido un monasterio. Más bien un enorme teatro donde algunos actúan, otros improvisan y unos cuantos creen que el público todavía no entiende la obra.

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Los demonios sueltos

Horacio Duarte lleva casi cuatro décadas haciendo política. Ha recorrido estructuras, campañas, derrotas, negociaciones y gobiernos. Guste o no, se trata de un operador profesional que conoce el poder y sus códigos. Como cualquier actor político con trayectoria, tiene aspiraciones y peso propio. Lo relevante no es eso, sino la forma. Porque una cosa es construir influencia y otra intentar llegar a cualquier costo, devorando aliados, proyectos o causas. En el caso del hoy secretario general de Gobierno, su lealtad hacia la gobernadora Delfina Gómez no nació ayer ni depende del cargo actual; está acreditada políticamente desde hace años, particularmente desde la compleja batalla de 2017. Por eso llama la atención la intensidad de ciertas campañas orientadas a desgastarlo o neutralizarlo políticamente. Tal vez algunos simplemente lo ven demasiado fuerte. Pero debilitar al principal operador de gobernabilidad del estado no golpea únicamente a Horacio Duarte; también erosiona al propio gobierno que ayudó a construir y sostener. Son tiempos extraños: cuando los demonios se sueltan, rara vez distinguen entre ambición y suicidio político.

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El síndrome de la Chimoltrufia

Mariela Gutiérrez empieza a convertirse en un galimatías político. Un día dice una cosa y al siguiente parece sostener exactamente la contraria. Va, viene, se acerca, se aleja, coquetea con una posición y luego intenta refugiarse en otra. Una conducta oscilante que, lejos de fortalecerla, comienza a dilapidar el capital político que construyó durante años. Porque la política también exige consistencia emocional, narrativa y estratégica. Hoy es senadora de la República, una posición que millones quisieran alcanzar, pero pareciera vivir más angustiada por el cargo que podría no tener mañana que satisfecha con la responsabilidad que posee hoy. Y allí aparece el verdadero problema: cuando la ansiedad por el futuro termina vaciando el presente. A veces el conflicto ya no es ideológico ni político, sino de estabilidad, templanza y control personal. La política mexiquense suele ser despiadada con quienes se mueven demasiado. Al final, nadie confía plenamente en quien cambia de máscara a mitad de la función.

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El que respira, aspira

Francisco Vázquez no dijo nada extraordinario, pero sí profundamente político. Cuando el presidente de la JUCOPO afirma que “Paco puede y quiere” y remata con el clásico “el que respira, aspira”, no solamente verbaliza una ambición personal; manda señales. En política las frases aparentemente espontáneas suelen funcionar como globos de medición, mecanismos para evaluar reacciones, incomodar adversarios, activar simpatizantes o recordar vigencia dentro del tablero. Más aún en MORENA, donde comenzó el calentamiento sucesorio y nadie quiere quedarse fuera de la conversación rumbo a 2027. Lo interesante no es si buscará una diputación federal o el Senado. Lo relevante es que decidió entrar públicamente al juego de las percepciones antes de que otros intenten borrarlo anticipadamente del mapa. Y además introduce otro efecto político: amplía la barra de aspirantes visibles, reparte reflectores y también la candela. Porque mientras menos nombres aparecen en escena, más concentrado se vuelve el desgaste sobre unos cuantos. En política, a veces mencionar aspiraciones no es adelantar vísperas; es sobrevivir al reparto prematuro de los golpes. Fascinante costumbre mexicana: pedir prudencia únicamente a quien ya empezó a crecer.

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El síndrome del tabiquito

La mesura debería ser una virtud elemental en política. Moderación, prudencia, templanza, compostura. Saber hablar sin desbordarse y ejercer poder sin perder proporción. Pero justamente esa parece ser una de las especies más escasas dentro de cierta clase política mexiquense, donde abundan personajes que apenas reciben un poco de poder y comienzan a caminar como si hubieran conquistado el Imperio Romano con una suburban blindada y tres asistentes cargando el ego. El viejo síndrome del tabiquito: tantito poder y se descomponen. Cambian el tono, olvidan amigos, confunden encargo con patrimonio y cargo público con superioridad moral. Por eso la única medicina realmente eficaz sigue siendo un electorado informado, crítico y menos impresionable frente al oropel del poder temporal. Porque lo que hoy tienen no les pertenece; apenas les fue prestado por un rato. Y la política, cruel maestra de humildad, siempre termina recordando que ningún cargo dura más que la paciencia de la gente. Ubíquense.

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