En el Parlamento británico existe una Comisión que tiene a su cargo la investigación del caso Cambridge Analytica, las fake news y la posible manipulación de procesos electorales a través de las redes sociales. Así es, ese escándalo que causó mucho revuelo el año pasado a nivel internacional sigue siendo materia de investigación por los representantes ingleses. Usted, amable lector, recordará que la materia de este escándalo es el uso de información personal, almacenada por Facebook, para buscar influir en la pasada elección presidencial de los Estados Unidos.
Aunque dicha elección ya pasó hace dos años y aunque el escándalo mayúsculo fue a mediados de 2017, los ingleses siguen “rascádole” y esta semana dicha Comisión decidió hacer públicos docenas de emails y documentos internos de Facebook, generados entre 2012 y 2015, y a los que ellos han tenido acceso durante su investigación. Esos documentos no hacen sino confirmar el modelo de negocio a partir del cual hoy se generan miles de millones de dólares en ganancias para empresas como Google, Facebook, Acxiom, Targusinfo, Oracle y muchas más: el mercado de datos. Todas estas compañías están ganando dinero con la creciente cantidad de datos de los cada vez más numerosos usuarios de la Internet.
La mercancía que venden estas empresas somos todos nosotros, los usuarios de Intenet. Se trata de una fómula muy sencilla: no se nos cobra por tener una cuenta en Facebook, Twitter o Instagram, tampoco por ver videos en Youtube, leer periódicos y acceder a sitios de información y entretenimiento; eso quiere decir que nosotros no somos los clientes de todas esas compañías, más bien somos su mercancía. La gratuidad de los sitios es lo que permite que estemos en ellos todo el tiempo, revelando gustos, aficiones, preferencias, acciones, relaciones, haciendo búsquedas, etc. Es casi adictivo, porque nos “dan” servicios digitales como un buzón de mensajes, un espacio donde publicar cualquier cosa que se nos ocurra, recordatorios de cumpleaños, herramientas para retocar nuestras fotos, nos ofrecen “recuerdos”, nos avisan de las publicaciones más vistas, nos sugieren amistades, temas de interés, eventos… Casi todo se puede encontrar ahí y, por ello, podemos estar horas y horas metidos en la red.
A principios de este siglo Google aprovechaba todo ese tiempo que la gente pasaba en la red para urgar en los comportamientos de los internautas y deducir en qué estaba interesado, qué le atraía, qué adquiría, qué consumía, con quien se comunicaba. Lo hacía más bien de manera subrepticia, con algoritmos que procesaban datos. Pero luego, en 2004, a Mark Zuckerberg, el fundador de Facebook, se le ocurrió que podría pregunársele directamente a la gente, así, sin más ni más. Por eso cada que abrimos nuestro perfil de Facebook nos encontramos con la pregunta “¿qué estás pensando?”; cuando abrimos Twitter se nos interroga ¿“qué está pasando”? Y, por supuesto, dichas redes nos permiten decir lo que nos gusta, nos encanta, nos enoja o nos sorprende. Este comportamiento es un producto: hay miles de compañias interesadas en venderte algo y para hacertelo llegar necesitan saber que a tí te gustan cosas como las que ellos comercializan o servicios como los que tú necesitas.
La gratuidad de los servicios que te prestan la mayoría de los sitios web es como el alimento que permite que todos sigamos ahí permanentemente para sí “podernos vender” (nuestro perfil, nuestros datos, nuestros comportamientos, nuestra identidad) al mejor postor, que suelen ser compañías de publicidad, pero también de consultoría política, como la trístemente célebre Cambridge Analytica.
En suma, lo que resulta más rentable en Internet son los ojos que están mirando los contenidos. Pero no son ojos “neutros” a los que alguien les expone algo “para ver si le interesa”; no, más bien son ojos “seleccionados” (con base en la información que cada individuo proporcionan al navegar en la red) a los que se les ofrece algo sabiendo que son el tipo de cosas que le gustan y, tarde o temprano, lograrán que compre, contrate, rente o haga algo que deje dinero al vendedor. Ese es precisamente el precio que pagamos por la gratuidad en la red.


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