EZLN vs AMLO: querer lo mismo no es igual

Toluca, México; 18 de julio de 2018. El Ejército Zapatista de Liberación Nacional desmintió recientemente, a través de un breve pero concreto comunicado, las declaraciones del párroco Alejandro Solalinde, defensor de derechos humanos de los migrantes, acerca de una primera mesa de diálogo entre la dirigencia del Movimiento Zapatista con el presidente electo, Andrés Manuel López Obrador, con quien la dirigencia del Comité Clandestino Revolucionario Indígena-Comandancia General (CCRI-CG) ha sostenido una profunda animosidad y cuyo origen se rastrea al momento en que la bancada de la izquierda partidista, representada por el PRD, se sumó a la negativa de los Acuerdos de San Andrés junto al PRI y el PAN en 2001. Los diálogos previos que sostuvieron los zapatistas fueron los últimos que tendrían con los poderes políticos.

Solalinde, quien ha fungido como emisario de López Obrador en representación de Morena y “la cuarta transformación del país”, publicó recientemente en su página de Twitter que se había programado un encuentro el miércoles 18 de julio con los Zapatistas; sin embargo, el martes 17 de julio la declaración fue refutada, comunicando que “no han aceptado ningún primer diálogo con nadie”. Este sería uno de distintos desaires hacia el virtual presidente, autoría del CCRI-CG, a través del comunicado oficial. 

Aunque Solalinde ha urgido a los Zapatistas sumarse al Movimiento de Regeneración Nacional, subrayando que “30 millones no se equivocan; no tiene sentido ya aislarse en un todo o nada”, una de las rupturas que separarían aún más a ambas facciones se presentó con la truncada candidatura presidencial de la vocera del Consejo Indígena de Gobierno, María de Jesús Patricio Martínez, “Marichuy”, y la falacia del sistema político mexicano, dirían los dirigentes del Ejército Zapatista.

 

 

 

La negativa

 

Al respecto de la invitación de Solalinde, en la que cita el número de los que se han sumado a la causa, el CCRI-CG respondió que “si somos ‘sectarios’, ‘marginales’ y ‘radicales’; si estamos ‘aislados’ y ‘solos’; si no estamos ‘de moda’; si no representamos nada ni a nadie, entonces, ¿por qué no nos dejan en paz y siguen celebrando su triunfo? ¿Por qué no mejor se preparan bien, y sin mentiras, para los 5 años y 10 meses que estarán en el Gobierno federal? Y organícense, porque hasta para pelear por el hueso y recibir felicitaciones del dinero es mejor estar organizados”. La cruda negativa se mira imbatible.

Pero no sólo eso, sino que la arenga alcanzaría niveles ulteriores. Primero, a Solalinde le acusarían de embustero, de buscar protagonismo impertinente, de racista y de machista, pues “ [supone] él que, como se sostenía en la época del salinismo y el zedillismo, somos unos pobres indígenas ignorantes que somos manipulados por, usando sus mismas palabras, ‘caxlanes que administran el Zapatismo’, y que esto evita que bajemos la vista y nos postremos ante quien el señor Solalinde considera el nuevo salvador”.

Después, la palabra estaría dirigida hacia Obrador y su administración, señalando que “el señor Andrés Manuel López Obrador no es el presidente de México, ni siquiera es el presidente electo […] Si los del equipo del señor Andrés Manuel López Obrador se comportan como si ya fueran Gobierno porque así se los han hecho creer los grandes empresarios, la administración del señor Trump, los grandes medios de comunicación, se entiende; pero tal vez no es conveniente eso de adelantar ya su disposición de violar las leyes bajo el amparo de un supuesto ‘carro completo’ (que es lo que hizo el PRI durante su largo reinado)”. Solalinde, de buscarlos, dice que ya se ha cansado.

 

 

 

La amarga experiencia

 

La escisión Zapatista con los poderes políticos data del siglo pasado, luego de que las comunidades mayas organizadas a través del EZLN declaran la guerra al Estado mexicano apenas Ernesto Zedillo entre en funciones como el presidente de la República Mexicana, el primer día de enero de 1994. Impulsándolos se encontraba el apoyo de la izquierda nacional electoral, cuya solidaridad estuvo presente en las marchas, en las consignas y las protestas que exigían el alto al fuego contra los indígenas Zapatistas, bajo órdenes de Salinas de Gortari, pero, sobre todo, estuvo ahí para llevar los diálogos de San Cristóbal para mediar entre el CCRI-CG y el Gobierno federal.

En los años posteriores, el EZLN comunicaría sus prerrogativas a través de las sucesivas Declaraciones de la Selva Lacandona y en donde condenaron el fraude electoral de 1994, propusieron la creación de la Convención Nacional Democrática (CND) y del Movimiento de Liberación Nacional (MLN) – con Cuauhtémoc Cárdenas a la cabeza – y eventualmente declararon una insurgencia social anticapitalista y antisistémica, con la que vaticinaban la imposibilidad de una auténtica transformación del país desde la podredumbre del sistema político corrompido por una avalancha de intereses individuales.

Hoy, Andrés Manuel López Obrador no representa para los Zapatistas nada, sino la sostenida tradición que perpetúa el sistema político mexicano que en su momento les apuñaló por la espalda en abril de 2001, momento en el que el Congreso de la Unión impidió la aprobación de los acuerdos que modificarían la Constitución para otorgar derechos, autonomía, dignidad y calidad de vida a los pueblos indígenas, exigencias que se demandaban desde años atrás. Esta traición, como se ha catalogado, por parte de la izquierda electoral representada por el PRD dejó al aire compromisos firmados que hoy condicionan la voluntad del EZLN a relacionarse con el sistema político mexicano. Inmediatamente después, el Zapatismo dejó de distinguir colores partidarios.

 

 

 

Caminos que se bifurcan

 

Los paradigmas antisistema con los que se ha abanderado el EZLN después de las últimos informes expedidos en la Sexta Declaración de la Selva Lacandona de 2005 han terminado de escindir al movimiento zapatista de su contraparte política en las Cámaras y en los poderes, cuya única vía de vinculación está ahora estigmatizada por los errores del pasado.

A pesar de que Morena ha concentrado sus esfuerzos, ya mediáticos o no, por distinguirse de opciones electorales como el PRD y de asegurar que lo que se busca es cohesionar las promesas de la “esperanza de México”, tanto el movimiento de regeneración como la causa Zapatista buscan consolidar proyectos distintos que poco o nada tienen en común más allá de hacer un país mejor, con todo y  sus métodos totalmente opuestos; circunstancia que no se beneficia de la cada vez más desdibujada figura del Subcomandante Galeano, antes Subcomandante Marcos, quien junto al Subcomandante Insurgente Moisés son las caras que dan voz a una extensa, diversa comunidad.

Las propuestas de López Obrador, por su parte, buscan una reforma del Estado que vele por los intereses de los sectores marginados, pero sin mellar la prosperidad económica, dependiente de un sistema basado en el capital y la inversión ya nacional o extranjera. No así el Zapatismo contemporáneo, que no considera al Estado como una organización legítima y que no se apega en absoluto al status quo del sistema sociopolítico, pues está en busca de ese absoluto que señala Solalinde. De un aquí y un ahora.