- Ni trato ni candidatura
- La ética no es una ofensa
- Lo nuevo que defiende lo viejo
- La sencillez como esencia
- La edad de las oportunidades
Ni trato ni candidatura
Ana Lilia Herrera no será candidata de Movimiento Ciudadano, al menos como están las cosas. No hay conversaciones ni, aparentemente, interés de ninguna de las partes. Eso no significa que la exdirigente priista haya renunciado a explorar su futuro político. Busca opciones en un escenario donde las antiguas lealtades partidistas pesan cada vez menos y las alianzas de ayer poco garantizan para mañana. Quizá en ese contexto deba leerse la reunión privada que sostuvo hace algunas semanas con la gobernadora Delfina Gómez. Conversar no significa pactar, pero tampoco todos los encuentros políticos son simples visitas de cortesía. Ana Lilia conoce el oficio, sus tiempos y sus posibilidades. Más que encontrar un partido que la postule, parece interesada en preservar un espacio desde el cual seguir participando en las decisiones del poder mexiquense.
La ética no es una ofensa
Las siete consejeras del IEEM no tendrían por qué incomodarse, mucho menos sentirse agraviadas, ante las exigencias de transparencia y mayor rigor administrativo. No es una cuestión personal, ideológica ni partidista, sino deontológica: la responsabilidad pública impone obligaciones que ninguna investidura puede eludir. Harían bien en preguntarse qué tan saludable resulta para una institución democrática que su estructura ejecutiva permanezca bajo la conducción de una misma persona desde hace 18 años, con influencia decisiva en los procedimientos de contratación. La permanencia prolongada puede preservar experiencia, pero también consolidar inercias, dependencias y relaciones de poder que acaban por confundirse con la propia institución. La recurrencia de proveedores, aun cuando cambien de razón social, los criterios de adjudicación y la razonabilidad de los precios merecen una revisión que no se agote en el cumplimiento formal de los procedimientos. Resulta paradójico que un organismo encargado de garantizar la competencia democrática tolere prácticas administrativas que puedan restringir la competencia económica. La autonomía no dispensa de rendir cuentas ni convierte la legalidad en patrimonio de quienes la administran. La ética institucional comienza donde termina la complacencia con lo acostumbrado.
Lo nuevo que defiende lo viejo
Christian Campuzano, dirigente de Podemos, encontró en la prensa el blanco de sus señalamientos durante la discusión sobre las contrataciones del IEEM. Extraña manera de presentarse como alternativa política: cuestionar a quienes investigan el ejercicio del dinero público en lugar de exigir explicaciones a quienes lo administran. La contradicción es de fondo. Un partido que se proclama nuevo tendría que distinguirse por sus principios, no solamente por su fecha de nacimiento. La renovación política pierde sentido cuando reproduce los reflejos defensivos del viejo régimen. Campuzano tiene derecho a cuestionar cualquier investigación periodística, pero también la obligación de sustentar sus objeciones. Descalificar no equivale a refutar. Y hay una pregunta que su intervención deja abierta: ¿qué clase de alternativa pretende construir Podemos si, ante el escrutinio del poder, su primera reacción es ponerse del lado de quienes deben rendir cuentas?
La sencillez como esencia
El 15 de noviembre Delfina Gómez cumplirá 64 años. En un Estado de México donde el poder se acostumbró durante décadas al boato, la reverencia y la ostentación, la sobriedad de la gobernadora marca una diferencia con las liturgias del antiguo régimen. La sencillez es, antes que una cuestión de apariencia, una concepción ética de la autoridad: entender que el poder no constituye un privilegio personal, sino una responsabilidad frente a los demás. Hay una diferencia sustancial entre ocupar el gobierno y comprender su razón de ser. Delfina parece afinar, con el ejercicio cotidiano, su lectura de las relaciones de poder, sus tiempos y sus posibilidades. La experiencia política no consiste únicamente en aprender a mandar, sino en saber para qué se manda. La discreción no sustituye los resultados ni la austeridad garantiza por sí sola la justicia. Pero renunciar a la vanidad supone desprenderse de uno de los vicios más arraigados de la política mexicana: confundir la investidura con la persona. El desafío de Delfina es que esa ética de la sencillez trascienda su carácter y se convierta en una cualidad permanente de las instituciones.
La edad de las oportunidades
La próxima semana Horacio Duarte cumplirá 55 años, edad en la que el tiempo comienza a pesar menos por lo que promete que por lo que ha permitido hacer. Al secretario general de Gobierno le ha correspondido una responsabilidad excepcional: sentar las bases para que de la alternancia política en el Estado de México nazca un régimen distinto, capaz de gobernar mejor y desterrar las viejas prácticas del poder. Porque una cosa es desplazar a quienes gobernaban y otra, mucho más compleja, transformar las estructuras, los hábitos y los intereses que hicieron posible su permanencia. Esa es la dimensión de su oportunidad histórica. La edad le concede experiencia; la circunstancia, poder; la política, posibilidades. Falta lo esencial: convertirlas en instituciones, resultados y una nueva cultura de gobierno. A los 55 años todavía queda mucho por construir, pero ya no tanto tiempo para equivocarse. La historia, por fortuna, no cuenta cumpleaños: examina legados.

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