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La precariedad como condición

La precariedad como condición

Este lunes regresaremos a semáforo de riesgo epidemiológico color naranja y, ello, no puede ser sino resultado de la condición precaria nuestra salud pública.

Las cosas que son precarias tienen poco y duran poco. Cuando se carece de medios y recursos, de todo tipo, el resultado es la condición precaria. En un estado así, la estabilidad está ausente y más bien domina lo efímero. En ese estatus se encuentra, lamentablemente, nuestra salud pública. La pandemia de covid-19 nos lo ha mostrado reiteradamente durante los últimos 18 meses: a partir del lunes regresaremos a semáforo de riesgo epidemiológico color naranja y, ello, no puede ser sino resultado de la condición precaria nuestra salud pública.

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La sociedad moderna ha tenido como una de sus metas desarrollar conocimiento, herramientas y habilidades para prevenir las enfermedades, prolongar la vida y fomentar la salud de la población. De hecho, este último es un concepto que se acuña para referir la manera en la que la política toma a su cargo procesos propios de la vida: el nacimiento, la reproducción, la enfermedad, la muerte. Antes de nuestra sociedad contemporánea ese interés público por la vida estaba ausente: no había un registro exhaustivo de los nacimientos y las muertes, no había censos de población, campañas de vacunación, de planificación familiar, de inclusión al deporte y a la actividad física. En pocas palabras, la vida se abría paso sola, a la buena de Dios, con lo que se podía o se tenía.

Cuando viene la organización colectiva para promover, mantener y proteger la salud y la vida, la bandera principal es evitar las enfermedades. En torno de ese objetivo se arma todo un sistema. Cualquier sistema lo que hace es relacionar objetos, reglas y principios en sentido tal que contribuyan a la meta común. Claro que los sistemas pueden operar de manera precaria o no. Nuestro sistema sí lo hace en condiciones precarias: la salud de los mexicanos es más bien inestable, no posee los medios suficientes para garantizar que la gente viva bien y por largo tiempo.


Hace ya seis años, en agosto de 2015 publicamos en este mismo espacio un texto que llevaba por título “Estamos jugando con la posibilidad de que las cosas empeoren”. Se trataba de una acotación a los datos cada día más consistentes de que la población mexicana no es saludable. Decíamos en aquel momento que “estamos muriendo cada vez en mayor número y más rápido por causas que pueden evitarse, pero no sólo eso, sino que estamos sosteniendo nuestra economía a costa de la salud de la población”. Recordemos sólo un dato de aquella época: México ocupa el tercer lugar en el mundo en consumo de azúcar; cada mexicano consume en promedio 104 gramos de azúcar al día, siendo la recomendación de la OMS sólo 40 gramos. Resumíamos en ese mismo texto de hace más de un lustro que en el país hay aproximadamente 6.4 millones de personas con diabetes, por lo que este padecimiento es la primera causa de muerte en la actualidad, por encima de las tradicionales enfermedades cardiovasculares (que también en muchos casos están asociadas al sobrepeso).

Lo dicho en ese texto no era algo nuevo o inaudito, era sólo un recordatorio de que estamos muriendo cada vez en mayor número y más rápido por causas que pueden evitarse, pero no sólo eso, sino que estamos sosteniendo nuestra economía a costa de la salud de la población: la planta productiva y los cultivos que reciben incentivos para crecer son aquellos que conforman los alimentos procesados que estamos consumiendo, o los artículos y bienes que fomentan la vida sedentaria; mientras tanto, se desalienta la producción de alimentos más saludables o la elaboración de bienes que equilibren la energía consumida con la desplegada.

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Luego, el año pasado, cuando la pandemia estaba en la cresta de la primera ola de contagios comentamos en otra colaboración aquí mismo que muy probablemente en México “el número de muertes estuviera por encima de la mayoría de países de la región latinoamericana. Sería el costo que tendríamos que pagar por los problemas de obesidad, diabetes, hipertensión, tabaquismo, vida sedentaria; vaya, el saldo de varias décadas de no tener hábitos de vida saludable.”

Este es el punto que vale la pena destacar: no tenemos una vida saludable y ello es un factor que condiciona nuestro sistema de salud pública. Ojo: la salud pública no necesariamente se refiere a los hospitales y servicios médicos en general, sino a todo lo que se hace para evitar que la gente llegue a esos sitios y ello aplica para tiempos de pandemia o no. Claro, una enfermedad nueva, emergente en todo el mundo, para la que poco o nada había como tratamiento llevó a mucha gente a los hospitales y en alto grado hasta la muerte; otros simplemente fallecieron en casa por no ser derechohabientes de alguna institución de servicios de salud.

Las distintas olas de contagio que ha tenido en nuestra población la pandemia de covid-19 han arrojado hasta ahora un saldo fatal que rebasa los 300 mil mexicanos muertos. Lo sabemos de sobra: al contagio por el nuevo coronavirus, la mayoría de esas personas sumaron alguna co-morbilidad, sobre todo hipertensión, obesidad, diabetes, entre otras de las ya mencionadas que imperan en nuestra sociedad.

Durante varios meses el virus (sobre todo su variante versión original, la generada en Wuhan) dejó de circular en nuestro país y los contagios disminuyeron. Afortunadamente durante ese lapso se pudo vacunar a gran parte de la población de mayor edad. Ahora, nuevas variantes del virus circulan profusamente y, el incremento en la movilidad social, lo ha llevado a generar muchos más casos en menos tiempo que en las oleadas anteriores.

El observar las medidas de mitigación de los contagios también es parte de la salud pública, de procurarnos a nosotros mismos una vida saludable: usar correctamente el cubrebocas, el autodistanciamiento social, el aseo, la ventilación, el evitar salidas innecesarias, fiestas, antro, bares, etc.

El sistema de salud pública empieza en los hogares, lamentablemente en ellos también campea la precariedad. La falta de recursos económicos, de capital social y cultural es también una condicionante de la salud. Y la precariedad también alcanza al grueso de nuestra planta productiva: un muy elevado número de pequeñas y microempresas no resistieron el cierre derivado de las medidas de distanciamiento social del año pasado. Por esa causa millones de personas fueron arrojadas al desempleo o al subempleo, sobre todo porque esas empresas tienen una condición limitada para su operación: van al día y cuando les indicaron cerrar, muchísimas se fueron a la quiebra.

Y la precariedad puede extenderse hasta la falta de condiciones para que nuestro país fuera productor de las vacunas que hoy nos hacen falta para aminorar los efectos de la pandemia. Los países que producen sus vacunas avanzaron mucho más rápido en la inoculación de su gente y en esta tercera ola que se extiende por gran parte del orbe los efectos no han sido tan funestos.

Así es como llegamos al día de hoy, que nos tiene ante la incertidumbre del rumbo que tomará la pandemia. A partir de hoy el semáforo epidemiológico es de “alto riesgo de contagio”. El poco aprendizaje que hemos mostrado sobre cómo actuar, observar los protocolos de sanidad y evitar la propagación del virus también es parte de nuestra condición de precariedad.