- Congreso como reordenamiento del poder
- Ruptura o acuerdo: la tensión administrada
- La red detrás de Higinio
- La venganza preventiva en el PRI
- Puertas giratorias en la justicia mexiquense
El significado del Congreso
El Congreso de Mexiquenses de Corazón no es una reunión política, es un mecanismo de reordenamiento del campo: un acto donde el grupo de Higinio Martínez Miranda busca reconstituir su centralidad simbólica y operativa frente a un poder que hoy administra el entorno de Delfina Gómez. Su función no es crecer, sino evitar la dispersión, fijar jerarquías internas y medir lealtades reales en un momento donde la estructura tiende a fragmentarse. Es, en términos de sociología del poder, un ritual de cohesión para una élite que ya no gobierna directamente pero tampoco acepta su desplazamiento. Ahí no se decide el futuro, se administra el presente: quién sigue dentro, quién empieza a orbitar fuera y quién tiene aún capacidad de incidir en la disputa por 2027. No es músculo, es contención; es control de daños con pretensión de permanencia.
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Ruptura o acuerdo
Lo del domingo no es un evento, es un dispositivo de poder: una operación de rearticulación interna donde el grupo de Higinio Martínez Miranda busca revalidar su centralidad simbólica frente a un gobierno que ya no controla, pero al que ayudó a construir bajo el mando de Delfina Gómez. No se trata de mostrar músculo, sino de evitar la dispersión, fijar jerarquías y recordarle al sistema que esa red territorial sigue viva. La pregunta no es quién asiste, sino quién necesita estar para no desaparecer del mapa político. Y ahí emerge la tensión estructural: un grupo que fundó el movimiento pero no gobierna plenamente frente a otro que gobierna pero no puede prescindir de su origen. No están decidiendo entre ruptura o acuerdo porque ambos escenarios implican costos que ninguno puede absorber; están administrando una correlación de fuerzas en transición. Todo converge en 2027, en el control de candidaturas y territorios. Ahí se resolverá lo que hoy solo se contiene.
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La rebelión en la sombra
Este desafío no es individual ni espontáneo: Higinio Martínez Miranda es apenas la cara visible de una red que opera en la sombra, un entramado de actores dentro de Morena que no se resignan al control actual y que empujan, desde distintos frentes, un reacomodo de fondo. Son los mismos que buscan desplazar de la conducción nacional a Luisa María Alcalde y reducir la influencia de Andrés López Beltrán, no con discursos públicos, sino con presión interna, cálculo y operación silenciosa. A Higinio lo exhiben, lo usan, lo colocan al frente porque tiene estructura y memoria de poder, pero detrás hay otros con intereses más amplios y menos visibles. Es una rebelión contenida de quienes nunca se sintieron parte del nuevo orden y a quienes el desplazamiento político —y sí, también el resentimiento acumulado— los mantiene en tensión permanente.
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La venganza preventiva
La campaña en redes contra Alfredo del Mazo y Alejandra del Moral no mira al pasado, opera en presente: es un intento del priismo que encabezan Alejandro Moreno y Cristina Ruiz Sandoval por neutralizar el capital político que ambos aún conservan. No buscan debatir, buscan cerrarles el paso, impedir que encuentren espacio, interlocución o posibilidad de rearticulación rumbo a 2027. En esa lógica, la narrativa que se empuja responde a una factura no saldada, a la negativa de acompañar cualquier ruta para retener el poder a toda costa. Y eso, en un sistema donde la lealtad se mide en resultados, no se perdona. El objetivo no es expulsarlos —eso ya ocurrió—, sino aislarlos y desgastarlos antes de que vuelvan a ser útiles.
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Puertas giratorias
En el Estado de México, la justicia no siempre termina en los tribunales; a veces apenas comienza ahí. El caso de Alejandro Rosales Estrada ilustra con precisión el fenómeno de las puertas giratorias en el Poder Judicial: formado y elevado durante el grupo político de Arturo Montiel, sostenido en tiempos de Enrique Peña Nieto y hoy, ya como magistrado en retiro, convertido en operador privado desde su despacho Rosales & Rosales Abogados, donde capitaliza no solo su experiencia, sino su red de contactos construida durante años en el sistema. Su intento fallido por regresar como juez federal no lo retiró del tablero, lo reubicó. Porque en este modelo, el poder no se pierde, se transforma: de la toga al litigio estratégico, de la sentencia a la asesoría, de la función pública al negocio privado. Y ahí está la grieta: cuando quienes impartieron justicia pasan a influir en ella desde fuera, el sistema deja de ser imparcial para convertirse en un circuito cerrado donde el apellido pesa tanto como el argumento.


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