La Teoría del Caos

  El corruptómetro mexicano: cambiar para que las cosas sigan igual Apenas habían transcurrido unos cuantos días de la detención de Duarte y los dirigentes de la autodenominada izquierda mexicana se rasgaban las vestiduras ante el escándalo de corrupción de éste y otros exgobernadores, sin saber que la misma vara los mediría días más tarde. No puedo evitar recordar el pasaje que describe Octavio Paz en su “Laberinto de la soledad”: “La simulación, que no acude a nuestra pasividad, sino que exige una invención activa y que se recrea a sí misma a cada instante, es una de nuestras formas
mayo 2, 2017

 

El corruptómetro mexicano: cambiar para que las cosas sigan igual

Apenas habían transcurrido unos cuantos días de la detención de Duarte y los dirigentes de la autodenominada izquierda mexicana se rasgaban las vestiduras ante el escándalo de corrupción de éste y otros exgobernadores, sin saber que la misma vara los mediría días más tarde.

No puedo evitar recordar el pasaje que describe Octavio Paz en su “Laberinto de la soledad”: “La simulación, que no acude a nuestra pasividad, sino que exige una invención activa y que se recrea a sí misma a cada instante, es una de nuestras formas de conducta habituales. Mentimos por placer y fantasía, sí, como todos los pueblos imaginativos, pero también para ocultarnos y ponernos al abrigo de intrusos. La mentira posee una importancia decisiva en nuestra vida cotidiana, en la política, el amor, la amistad. Con ella no pretendemos nada más engañar a los demás, sino a nosotros mismos. De ahí su fertilidad y lo que distingue a nuestras mentiras de las groseras invenciones de otros pueblos. La mentira es un juego trágico, en el que arriesgamos parte de nuestro ser. Por eso es estéril su denuncia”.

El lastimero y vergonzoso espectáculo ofrecido por la diputada veracruzana Eva Cadena revela el nivel de descomposición social que ha generado la corrupción.

Agrega Octavio Paz: “El simulador pretende ser lo que no es. Su actividad reclama una constante improvisación, un ir hacia adelante siempre, entre arenas movedizas. A cada minuto hay que rehacer, recrear, modificar el personaje que fingimos, hasta que llega un momento en que realidad y apariencia, mentira y verdad, se confunden. De tejido de invenciones para deslumbrar al prójimo, la simulación se trueca en una forma superior, por artística, de la realidad. Nuestras mentiras reflejan, simultáneamente, nuestras carencias y nuestros apetitos, lo que no somos y lo que deseamos ser. Simulando, nos acercamos a nuestro modelo y a veces el gesticulador, como ha visto con hondura Usigli, se funde con sus gestos, los hace auténticos. (…) La simulación es una actividad parecida a la de los actores y puede expresarse en tantas formas como personajes fingimos. Pero el actor, si lo es de veras, se entrega a su personaje y lo encarna plenamente, aunque después, terminada la representación, lo abandone como su piel la serpiente. El simulador jamás se entrega y se olvida de sí, pues dejaría de simular si se fundiera con su imagen. Al mismo tiempo, esa ficción se convierte en una parte inseparable –y espuria– de su ser: está condenado a representar toda su vida, porque entre su personaje y él se ha establecido una complicidad que nada puede romper, excepto la muerte o el sacrificio. La mentira se instala en su ser y se convierte en el fondo último de su personalidad”.

La realidad es que –como reza la frase atribuida a Álvaro Obregón– “nadie aguanta un cañonazo de cincuenta mil pesos…” y yo agregaría ni de 500 mil ni de un millón y medio, y la izquierda, ni con todo su puritanismo, “se sube a la cama y quiere conservar su virginidad”, aludiendo a otro personaje presidencial, José López Portillo.

Nadie chamaqueó a nadie. No hubo “cuatros”, los hechos hablan por sí mismos. Los simuladores están al descubierto y no hay presidencia o secretaría de gobernación que justifiquen los hechos, como pretende promover el jefe político de Morena.

Y se vuelve válida la frase de Paz: “La simulación es una actividad parecida a la de los actores y puede expresarse en tantas formas como personajes fingimos”.

En medio de esta tragicomedia, la clase política anuncia la instauración de una “nueva era” con los sistemas anticorrupción, como si este problema idiosincrático se resolviera con magia o con la simple instalación de un burocrático aparato que no podrá hacer mucho y que se instalará a costa de los contribuyentes, como una ocurrencia del sistema para fingir regularse a sí mismo.

Simplemente en el Estado de México, la Legislatura mexiquense aprobó las reformas constitucionales que son la base para la instalación del Sistema Anticorrupción del Estado de México, que da origen a una Fiscalía Especializada en Combate a la Corrupción, un Tribunal de Justicia Administrativa y otorga más facultades al Órgano Superior de Fiscalización del Estado de México (OSFEM) para que pueda fiscalizar, recibir denuncias de ciudadanos e investigar faltas graves, pero también incluye un “sistema municipal anticorrupción”, que merece un comentario aparte.

No hace mucho, el Instituto Mexicano de la Competitividad (IMCO), Transparencia Mexicana y la COPARMEX instauraron un semáforo anticorrupción encargado de evaluar y monitorear los sistemas locales anticorrupción que derivaron de la reforma constitucional de 2015.

La reforma constitucional propuesta en el Estado de México fue calificada por el semáforo como “regular”. El semáforo anticorrupción y los organismos que lo respaldan recomendaron a la entidad no aprobar el sistema municipal anticorrupción, para no alentar el burocratismo, pero no se hizo caso a esta encomienda.

El sistema por sí mismo no acabará con esta práctica. Como todo crimen, ni los comités ni las fiscalías ni la severidad en las sanciones disuaden, desalientan o inhiben esta conducta. Mientras haya un solitario cuarto, unas ligas y una bolsita, seguirá existiendo este fenómeno.

Mientras no cambiemos la mentalidad propia, las cosas no virarán de la noche a la mañana. Ya lo decíamos: en un acto de esta naturaleza hay uno que da y otro que recibe; o uno que pide y el otro que concede. Si queremos acabar con la corrupción, debemos enseñar a las nuevas generaciones conductas contrarias a ella. Si queremos resultados diferentes, empecemos por hacer las cosas de forma distinta.

Nos leemos en otra semana caótica.

 

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