Los apocalípticos siempre existirán

Es casi inevitable abordar el tema del desabasto de gasolina por el que atravesamos los estados de centro de la República. No deseo, sin embargo, hacerlo para señalar lo que se debió hacer, cómo, cuándo, dónde, etc. No, más bien quisiera centrarme en el tipo de actitudes que suelen aflorar entre los habitantes, sobre todo de las ciudades, en este tipo de casos. El apocalipsis por la guerra contra el huachicol que hoy mueve a muchos a formar largas filas afuera de las estaciones de gasolina, a pernoctar en sus carros ahí mismo, o hasta a armar pequeñas tertulias en
enero 11, 2019

Es casi inevitable abordar el tema del desabasto de gasolina por el que atravesamos los estados de centro de la República. No deseo, sin embargo, hacerlo para señalar lo que se debió hacer, cómo, cuándo, dónde, etc. No, más bien quisiera centrarme en el tipo de actitudes que suelen aflorar entre los habitantes, sobre todo de las ciudades, en este tipo de casos.

El apocalipsis por la guerra contra el huachicol que hoy mueve a muchos a formar largas filas afuera de las estaciones de gasolina, a pernoctar en sus carros ahí mismo, o hasta a armar pequeñas tertulias en derredor de una fogata esperando la providencial llegada de una pipa, no es algo nuevo. Es casi un atavismo de las grandes urbes. ¿Por qué? Por el frágil equilibrio en el que se sostiene la vida cotidiana en las ciudades. Las muestras más claras son, por ejemplo, los fenómenos naturales: los sismos de hace año y medio, los vientos de hace tres, o las lluvias de cada temporada, son factores lo suficientemente “poderosos” para alterar  la vida de los citadinos.

Hay muchos que son muy jóvenes para recordar el episodio apocalíptico que tuvimos en el país, con las dimensiones e impacto de la actual coyuntura; me refiero a la  declaración de emergencia nacional que tuvimos hace diez años por la epidemia de Influenza H1N1. En el mes de abril se cumplirá una década de ello. Tal vez algunos recordarán que por semanas se suspendieron clases en todos los niveles educativos, se dejaron de realizar eventos públicos; se cerraron restaurantes, bares, discos y todo establecimiento que reuniera personas; se suspendieron conciertos, bailes, mítines y toda concentración; se restringió el transporte, se ordenó que todos se enclaustraran en sus casas, vaya hasta se indicó que debíamos dejar de saludarnos con un apretón de manos o con un beso en la mejilla.

El 23 de abril del 2009 el gobierno de Felipe Calderón anunciaba todas estas y otras medidas extraordinarias e inauditas para nuestro país en su historia contemporánea. Y todo ello aunque el entonces secretario de Salud, José Ángel Córdova, reconocía sólo siete casos confirmados de muertes relacionadas con la Influenza H1N1. En la Ciudad de México su Jefe de Gobierno, Marcelo Ebrard,  pidió a las personas que se quedaran en casa y sugería a los restauranteros considerar el cierre de sus locales. Lo mismo ocurriría días después de otras ciudades, incluida la capital de Estado de México, Toluca.

Algunos vuelos de y hacia México se suspendieron. Bueno, bastaba con que una persona pareciera enferma para impedirle abordar un avión y segregarla en el aeropuerto. Todo mundo embozado, cual fantasmas, cruzaban las calles desiertas. El pánico afloró durante varios días. El apocalipsis por influenza se anunció mil veces (y conste que en aquel momento las redes sociales eran nada en comparación con lo que hoy son).

Fueron más de 27 mil escuelas en todo el país las que fueron cerradas por varias semanas. Reabrieron hasta el 11 de mayo. En términos económicos las repercusiones fueron importantes: la Secretaría de Hacienda y Crédito Público pronosticó al inicio de la emergencia que el costo podría ser de 1% del Producto Interno Bruto del país. Ya luego, en el balance final, se estimó en 57 mil millones de pesos el monto de las pérdidas económicas.

Sólo un mes después la vida volvió a reorganizarse, la gente regresó a sus rutinas a sus labores, a su vida “normal”. Nos dejó –eso sí– algunas herencias, como el uso del gel antibacterial, los cubrebocas y el hábito de vacunarse contra la influenza estacional. Así ocurrirá con este apocalipsis por combustible, en un mes pasará al anecdotario de nuestros episodios apocalípticos y esperemos que nos herede también algunas cosas, como el uso de medios alternativos de transporte y movilidad y el rechazo a la venta de combustible robado. Ojalá.

 

Las más leidas

Síguenos

PUBLICIDAD

BOLETÍN

Únete a nuestra lista de correo

Como tú, odiamos el spam

Las más leídas

Síguenos