Mamás que cuidan la inocencia cautiva

Por Carina Vallejo

A Car, Celia, Mari y Elisa, por ser tan generosas con su tiempo. A las personas que cuidan, sin ellas ni este ni todos los mundos serían posibles 

Podemos entender el cuidado como el oficio de hacer tangible el bienestar, generalmente “en un cuerpo que no es el nuestro, pero que de algún modo está a nuestro cargo”, dice la escritora Alejandra Eme. Esta tarea se vuelve compleja cuando ese cuerpo se encuentra lejos, cuando en esa lejanía no se tiene la certeza de que alguien más cuidará a quien por años procuramos con esmero.

Contra la inminencia del descuido, del abandono luchan las mamás —pero también las hermanas, las parejas—que se agrupan en Haz Valer mi Libertad, un colectivo que busca la libertad de personas que han sido encarceladas de manera injusta en el Estado de México.

Ellas y sus injustamente presos

Pensar en las más de 19 mil personas injustamente presas en el Edomex también es pensar en las familias, especialmente madres, hermanas y parejas, que sostienen las vidas de quienes se encuentran en situación de cárcel; es pensar en las condiciones que atraviesan, unas y otros, para cuidarse a sí mismas y cuidar a los seres queridos de quienes las alejaron; es pensar en las redes que se han tejido para luchar por la libertad de los amores encarcelados y para confirmar que el dolor que se comparte pesa menos y abre grietas por donde brota la esperanza. Eso lo saben Elisa, Carmen, María Luisa y Celia. 

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Desde 2013, por ejemplo, Carmela Flores Anastasio, de origen otomí y habitante de Jiquipilco el viejo, en Temoaya, ha hecho todo lo que ha estado en sus manos para procurar y lograr la libertad de su esposo, Tomás Gabriel Crisanto. La hija de ambos, Liliana Gabriel Flores, comenzó a movilizarse para que su papá no estuviera más en prisión. Él lleva 9 de los 44 años a los que lo sentenciaron en el penal de Almoloya, acusado injustamente de homicidio calificado; Liliana falleció hace dos, leucemia; a pesar de lo que le duelen ambas ausencias, Carmela persevera. 

 “¿Qué estará haciendo mi hijo?, ¿ya comió? Yo ya comí, él quién sabe si come”, se pregunta Celia Arroyo Ferrer en la sala de su hogar, en San Pedro Totoltepec, en Toluca. Ella es mamá de Daniel Placido Arroyo y, junto con su familia, desde 2015 lucha por la libertad de su hijo, acusado de un secuestro que no cometió. 

A uno de los tres hijos de María Luisa Montoya García, de Santiago Miltepec, en Toluca, igualmente lo sentenciaron a 47 años de prisión. Ella recuerda que al inicio del proceso, Carlos Alberto Estrada Montoya, su hijo, le dijo que desconocía el delito, al difunto, que buscara unos abogados. “Me solté a llorar”, afirma, “y le dije ‘sí, vamos a hacer todo lo posible por que te saquen de aquí’”. Desde hace cinco años, Carlos está en el penal de Almoloya. 

Tres de los siete hijos de Elisa Lorenzana Medina padecen lo mismo que Tomás, Daniel y Carlos: una prisión inmerecida. A Edmundo, Enrique y Heriberto Santiago Lorenzana los acusaron injustamente del asesinato de una joven; aunque hay pruebas que demuestran su inocencia, un juez les dio 55 años de prisión en el penal de Tenango. Desde hace 14 años, Elisa y su familia luchan por que salgan y los aguardan en su casa en Almoloya del Río. 

Fotografias: Victor Castillo

Hacer que la vida persista

Cuando nos referimos a que han hecho todo lo posible para que su esposo e hijos se mantengan a salva mientras dejan la cárcel, lo que queremos decir es que Carmela, Celia, María y Elisa no dejan de trabajar —con remuneración y sin ella— para asegurarse de su persistencia y de la de sus familiares en prisión. 

Tienes que trabajar para mantener un sistema penitenciario”, plantea María Luisa y continúa: “al gobierno a la mejor no le alcanzan todos los recursos para mantener al penal y nosotros como familia no podemos dejarlo sin comer, sin que se bañe”. 

María se dedica al trabajo doméstico de viernes a miércoles para tener un ingreso que le permita sostener su hogar, visitar a su hijo, llevarle comida y dejarle un poco de dinero para costear la prisión. A veces también vende tortillas. Su esposo —chalán de albañil— y sus otros dos hijos también contribuyen al gasto. 

Carmela trabaja en una tienda en San Pablo Autopan, en Toluca, a dos horas de su hogar; cuando no hay trabajo ahí, elabora servilletas de listón que va a vender a la cdmx; también cuida lo que crece en su milpa y en el tianguis de su localidad vende la mercancía restante de un negocio que ella y su esposo levantaron. 

Celia y Elisa hacen diariamente las labores domésticas y de cuidados de sus respectivos hogares, tareas que hemos minimizado, pero sin las cuales no sería posible la industria, ni los bancos, ni los tribunales, ni la vida de los jueces que han sentenciado a quienes no lo merecen. 

Pero decíamos que ellas no dejan de trabajar y tampoco de cuidar y esto se nota en el mole de guajolote que, en ocasiones, comparte Carmela con Tomás cuando lo visita en el penal; o en el cereal que María prepara para Carlos; en la jícama picada que Elisa lleva para Edmundo, Enrique y Heriberto; o en el día casi entero que Celia dedica para alistar lo que compartirá con Daniel. 

Para cuidar hay que cuidarse

Durante estos 14, nueve, siete, cinco años Carmela, María Luisa, Celia y Elisa han aprendido que si quieren seguir luchando, ellas también necesitan cuidarse y dejarse cuidar, detenerse cuando sea necesario. “Si estamos sanas vamos a resistir más y a dar pasos más firmes”, consigna la periodista Marcela Turati en “Cuidar a las que cuidan”. 

En 2019, Liliana, la hija de Carmela y Tomás, falleció, “es algo que nos marcó para toda la vida”, afirma Carmela en la sala de su casa, donde abundan las figuras de tigres que a su hija le gustaban tanto. 

Caí como en una depresión. Yo ya no me quería levantar, nomás lo único que me levantaba era ir a ver a mi esposo, platicar con él. Al regresar ya no quería salir, no quería ver a nadie, pero mi familia me ha apoyado bastante”, nos relató Carmela antes de contarnos que cuando viaja a Toluca también lo hace para seguir su tratamiento con una tanatóloga. 

La fuerza para María Luisa también proviene de su familia “el que más me ha apoyado es mi esposo, mi hija, mis nietos. Ese es mi motor y [estar] siempre en oración. Me digo ‘María, tienes que echarle ganas’”.

Elisa nos dice que sus bendiciones las encuentra en la salud de sus hijos, los que pagan una prisión inmerecida y los que están fuera: “hacemos un equipo con todos ellos, con mi esposo y yo en casa”. 

Celia se acuerda de la pausa que hubo después de los jueves de manifestaciones y de la huelga de hambre, “aprendí que una tiene que tomarse su tiempo porque también el cuerpo se cansa”. Para ella volver a casa se convirtió en un sinónimo de retomar fuerzas. 

Compartir el dolor para que pese menos

Además de trabajar por la libertad de personas injustamente presas, quienes se encuentran en la plataforma Haz Valer mi Libertad han aprendido a compartir lo que les duele y a condolerse con las y los demás. 

Sobre la experiencia adquirida en este trayecto, María Luisa comparte que ella aprendió a tolerar a las personas “a contar mis experiencias, a compartir mi sufrimiento. Nos formamos más amigas, más hermanas, más unión y nos decimos ‘tu preso es mi preso”. 

Y coincide con Elisa en que solo quien tiene un familiar pagando una sentencia inmerecida entiende su sufrimiento. Pero “yo no quisiera que lo viva nadie”, dice la mamá de Enrique, Heriberto y Edmundo, “ojalá que las palabras del señor Sodi Cuéllar sean ciertas: que ningún inocente debe estar en la cárcel. Yo confío en eso y ojalá que así sea”. 

Como sus compañeras, Carmen ha aprendido sobre sus derechos y a “luchar por la gente que está ahí injustamente. Por eso estamos en la plataforma”. 

“Hay que echarle, hay que echarle. Nuestro objetivo es ver la libertad de nuestros hijos, esposos y hay que seguirle. Ya estamos en este camino”. Ese es el aliento de Celia. 

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