Skip to content Skip to footer

Desapariciones y la maquinaria de muerte impune

jose-luis-arriaga

Desapariciones y la maquinaria de muerte impune

Hay en este penosísimo episodio una muestra más de la gran maquinaria de muerte que opera en nuestra sociedad

La semana pasada abordamos en este mismo espacio el gravísimo problema de las desapariciones en nuestro país. Hoy tenemos que volverlo a hacer porque nadie debería quedarse callado ante la cada vez más indignante ola de desaparición y muerte de mujeres en México. Dicha ola nos ha mostrado su cresta con lo ocurrido en la zona metropolitana de Monterrey, donde al menos seis jóvenes mujeres, casi niñas, fueron encontradas sin vida en las últimas dos semanas. Como todos saben, ello ocurrió luego de que se reportó la desaparición de Debanhi Escobar. Fue debido a la presión social y política para que se buscara a Debanhi que las autoridades se “ponen a trabajar” y encuentran 5 víctimas más, cuya desaparición se había reportado semanas antes.

Ninguno de los caso, incluyendo al de Debanhi, que ha acaparado mucha atención mediática, está en la ruta de esclarecerse pronto y castigar a los culpables. Pero, más allá de la tragedia que envuelve a las familias de esas jóvenes, hay en este penosísimo episodio una muestra más de la gran maquinaria de muerte que opera en nuestra sociedad. Asumimos todos que tenemos una gran máquina institucional para brindarnos seguridad y para investigar y castigar los delitos, pero cada vez queda mucho más claro que, de manera paralela, se ha construido otra máquina, que ahora ya parece más potente, y cuyo producto principal es precisamente la muerte impune.

Lee también: Desapariciones, ¿hasta cuándo?

Las fiscalías, los cuerpos policiales, los tribunales, las leyes y códigos, toda esa institucionalidad que ha sido edificada para atender los problemas de inseguridad y criminalidad tienen un cuerpo normativo que –se supone- rige su actuación. Sin embargo, de manera paralela surgió, se estabilizó y ha crecido sin freno un orden paralelo que tiene reglas, prácticas y actitudes que más bien alimentan la impunidad y, con ello, devuelven (en forma de estímulos o incentivos) la sugerencia “delinque, que no pasa nada”.

Ese patrón de comportamiento indolente, ineficaz, poco profesional, desesperantemente lento, que muestra el orden institucional se encuentra absolutamente rebasado por la gran masa de actos violentos y delictivos que ocurren todos los días. La maquinaria de muerte impune opera más rápido, con mayor volumen y está en plena expansión.

Las cosas funcionan así: en nuestro mundo, todo el orden existente (a nivel biológico, social cultural, económico, etc.) se constituye a partir de patrones estables en el tiempo. Estos últimos requieren flujos constantes que van adquiriendo con el paso del tiempo su propia coherencia. ¿Qué quiere decir esto? Imagine usted un flujo de agua que, de manera constante, se da desde lo alto de una montaña hacia los valles: sólo su permanencia en el tiempo formará un río; la presencia de ese río derivará en que a sus orillas crezca vegetación, que en sus aguas se reproduzcan especies acuáticas, que se asiente una población cerca, que la gente de esa población le dé un nombre, que lo utilice, etc. ¿Qué pasa si el fluir de agua fuera cortado repentinamente? El flujo que sostenía todo desaparece y todo lo demás se vuelve incoherente, fuera de lugar.

Así, el orden institucional encargado de la seguridad y justicia ha venido presentando a su interior un flujo constante de acciones y comportamientos que han creado un orden en el que la impunidad es un resultado coherente. La impunidad solo puede emerger como patrón en la medida en que se repite cierta manera de hacer las cosas, en la medida que es un flujo constante. Lo paradójico es que el flujo del que hablamos está hecho de acciones contrarias al orden normativo que rige el comportamiento de fiscales, policías, peritos, jueces, etc.

Los incentivos para no atender la denuncia, no investigar, no reunir pruebas, no armar un expediente, no generar bases de datos fiables, no cuestionar se han venido multiplicando a tal grado que el trabajo de toda esa institucionalidad se ha estabilizado al margen de las necesidades de la población. La gente necesita hoy que los delitos no queden impunes, que se busque a los desaparecidos, que se detenga y juzgue a los responsables. Pero para que ello ocurra necesita desestabilizarse el orden coherente creado a partir del flujo constante que alienta la impunidad.

La desestabilización, sin embargo, no puede venir desde el interior del orden creado por el mencionado flujo constante. La interrupción del flujo tiene que venir del exterior. El exterior de la maquinaria de muerte impune es la sociedad. Desde esta tienen que venir las acciones que interrumpan el flujo de acciones y comportamientos que alimentan la impunidad. Por eso es que el caso de Monterrey es un buen ejemplo. Había —hay— muchas jóvenes desaparecidas, las denuncias estaban presentadas, había incluso boletines de búsqueda; pero no fue sino hasta que desde “fuera” se hace el ruido suficiente para despertar de su letargo a las autoridades —por el caso de Debanhi— que se emprenden la búsqueda y aparecen varias jóvenes sin vida.

Te recomendamos: El daño a Toluca por la corrupción e incompetencia es más grave de lo que la gente imagina

Aunque sea de manera momentánea, el flujo que alimenta la impunidad se interrumpió y hubo algunos resultados. Claro, esos resultados fueron parciales, desalentadores (por encontrarlas sin vida) y casi accidentales; pero nos muestran precisamente que el equilibrio del orden paralelo que ya hemos referido se alteró por intervención desde fuera de la maquinaria. Esa maquinaria tiene que ser intervenida desde fuera para interrumpir el flujo que le da coherencia.

Esa es la razón por la cual no podemos esperar que con reformas a las leyes, con remoción de un fiscal o de todos los policías las cosas cambien. De hecho los flujos siempre incluyen cambios constantes de los elementos (el agua del río que pusimos de ejemplo nunca será la misma); entonces, lo que hace falta es interrumpir el flujo de manera externa. Si la gente se indigna por un caso, pasa de la indignación a la movilización, ejerce presión, exige resultados y se planta con tal firmeza que interrumpa el flujo puede lograr que las cosas cambien. Mientras no ocurra eso, seguirá operando y creciendo esa maquinaria de muerte impune.