Una pregunta que formulé a estudiantes de la carrera de ingeniería civil en busca de posibles respuestas a la creciente criminalidad en la ciudad de Toluca fue: ¿consideran que hay cierta identificación entre los policías, en este caso municipales, y quienes cometen actos delictivos en las calles de la ciudad?
La respuesta de uno de ellos, con la que estuvo de acuerdo la mayoría, fue que sí había identificación entre policías y delincuentes y que en muchas ocasiones eran indistinguibles unos de otros, excepto por la vestimenta.
La fundamentación de la tesis corrió por una parte basada en el hecho, casi seguro, de que los estratos socioeconómicos de origen de ambos actores eran prácticamente los mismos.
Bajos niveles de escolaridad y de ingresos y con una cierta liberalidad o falta de escrúpulos respecto del tipo de actividad a realizar, así fuera ésta socialmente reprobable.
En ambos casos el objetivo principal es salir de la pobreza, mediante la obtención de ingresos provenientes de un cliente común: los otros miembros de la sociedad.
Aunque el objetivo final lo comparten con otros actores de la política y del gobierno.
También coinciden policías y ladrones, en que, en su caso, pertenecen a organizaciones que se encuentran en la misma lógica y a la que deben reportar parte de sus ingresos.
Pero no obstante que las afirmaciones anteriores parecen comprobarse en la realidad, había que intentar algunas pruebas empíricas, así fuera con infractores menores.
Una de ellas la obtuve al hacer un traslado dentro de la ciudad a bordo de un autobús del servicio público.
El trayecto no fue muy largo unas diez cuadras de la Av. Morelos de Toluca. El chofer, con su equipo de sonido a muy buen volumen, iba acompañado de una señora sentada a su lado, y dos niñas en los asientos delanteros; al parecer hijas de la pareja. Una de ellas, de doce o trece años, bajaba en las esquinas principales a vocear la ruta del autobús.
El vehículo circulaba a velocidad variable, a veces lentamente con súbitos arrancones cuando otros autobuses lo emparejaban. En la esquina de Morelos con Juárez, el vehículo de plano se detuvo atrás de otro, el chofer bajó por un momento. Conversó amigablemente con unos agentes de tránsito
que agilizaban el tránsito e hizo alguna otra diligencia.
Regresó al vehículo el que mantuvo ahí, parado, mientras platicaba con la mujer y la niña voceaba la ruta.
Después de unos minutos y como cinco cambios de semáforo, me atreví a bajar y preguntar a los agentes de tránsito porqué se permitía esas violaciones a los reglamentos y ese mal trato a los pasajeros, de los cuales, por cierto, ninguno dio muestras de enojo o molestia, estaban como abstraídos.
De los tres agentes de tránsito que interpelé dos ni me hicieron caso, siguieron entretenidos en sus celulares. Un tercero, con tono de entre molestia y conmiseración, me dijo que ellos no podían hacer nada, que las agentes que podían multar al chofer ya no estaban y que a ellas ya también les habían quitado las infracciones.
Ya no regresé al autobús para evitar la vergüenza de evidenciar que mi queja no había servido de nada.
Una segunda prueba fue en la calle lateral de la Alameda de Toluca donde un vehículo en doble fila obstaculizaba la circulación y un taxi se detuvo a subir pasaje en el único carril libre. Dos agentes de tránsito platicaban con otro taxista.
Desde la ventanilla de mi automóvil les hice ver que ya no se podía avanzar. Uno de ellos me miró con molestia y me dijo que esperara a que terminara de subir pasaje el primer taxista.
El tercer caso fue en un parque donde dos jóvenes en una motocicleta llegaron a gran prisa y utilizando la pista para trotadores cruzaron el parque atemorizando a los de a pie.
Cuando dos o tres usuarios le informamos a un policía de lo ocurrido comenzó, con un dejo de molestia, a pedirnos datos sobre nuestra identidad, domicilio, causas de nuestra denuncia, por lo que preferimos dejarlo así.
Así, una condición de los problemas en nuestro país es que quienes violan las normas y la autoridad parecen estar en la misma lógica y sólo llegan a enfrentamientos en casos extremos.


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