El campo siempre huele distinto. Incluso cuando no estamos en él. Hay un olor que permanece en la memoria colectiva de México: tierra húmeda, humo de leña, maíz recién quebrado, estiércol, café hirviendo al amanecer. El problema es que el país urbano dejó de percibirlo hace mucho tiempo.
Desde las ciudades se mira al campo como una postal folclórica, una reserva moral o una estadística electoral. Rara vez como lo que realmente es: un territorio donde todavía se libra la batalla más antigua de todas, la de sobrevivir.
En el estudio de AD Noticias, lejos de las ceremonias burocráticas y del optimismo plástico de los informes públicos, María Eugenia Rojano Valdés dejó caer una frase que atravesó toda la conversación como una grieta:
“No hay mucho que haya cambiado.”
No fue una frase política. Fue algo más raro: una admisión.
Porque detrás de los discursos sobre transformación, justicia social o modernización agrícola, el campo mexiquense sigue cargando estructuras viejas: pobreza rural, parcelas fragmentadas, abandono hidráulico, falta de mecanización y generaciones enteras atrapadas en economías de supervivencia.
La secretaria hablaba del presente, pero en realidad describía décadas.

El país que alimenta y no aparece
México aprendió a mirar hacia las ciudades. Allí están las cámaras, el dinero, los conflictos mediáticos y las obsesiones digitales. Mientras tanto, el campo quedó reducido a un espacio periférico que sólo regresa a la conversación pública cuando hay sequías, bloqueos carreteros o elecciones.
Pero el campo sigue allí.
Produciendo flores. Maíz. Carne. Trucha. Árboles de Navidad. Alimentos para millones de personas que jamás verán una parcela.
Rojano recordó que el Estado de México continúa ocupando lugares estratégicos en producción agropecuaria nacional: primer lugar en flores, ovinos y árboles navideños; además de una importante producción acuícola en aguas interiores.
Sin embargo, detrás de esos números existe otra realidad menos luminosa: productores que sobreviven con pequeñas parcelas minifundistas y familias rurales cuya economía apenas alcanza para sostenerse.
“El Estado de México se caracteriza por ser minifundista”, explicó la funcionaria.
La frase parece técnica, pero en realidad describe una tragedia silenciosa: tierras cada vez más pequeñas, familias cada vez más grandes y productividad cada vez más frágil.

La tierra convertida en mercancía
Durante la conversación apareció una idea central para comprender el deterioro rural mexicano: la tierra dejó de entenderse como sustento y comenzó a operar como mercancía.
La expansión urbana devoró zonas agrícolas enteras. Las parcelas se fragmentaron. El campo empezó a perder jóvenes, agua y vocación productiva.
Rojano habló de ello al recordar el impacto que tuvo la reforma agraria de 1992 y el crecimiento inmobiliario sobre las regiones rurales mexiquenses.
Y entonces apareció otra pregunta inevitable:
¿Cómo el estado más poblado del país produce cada vez menos de lo que consume?
La respuesta no es solamente agrícola. Es política. Es económica. Y también cultural.
“Tenemos secuestrado el paladar”
Hubo un momento particularmente revelador cuando la conversación dejó la administración pública y entró al territorio invisible de los hábitos.
“Tenemos secuestrado el paladar”, dijo la secretaria.
La frase sintetiza décadas de transformación alimentaria.
México pasó de la milpa al ultraprocesado. De los alimentos tradicionales a la dependencia industrial. De cocinar en comunidad a consumir productos diseñados en laboratorios corporativos capaces de controlar azúcar, sal y deseo.
Rojano habló entonces de una “batalla cultural”. Y probablemente tenga razón.
Porque la soberanía alimentaria no se pierde solamente cuando desaparece el maíz. También cuando desaparece la memoria de cómo comerlo.

Mil millones contra el abandono
La conversación avanzó hacia el tema presupuestal y apareció una de las contradicciones más brutales del Estado contemporáneo.
La Secretaría del Campo dispone de alrededor de mil millones de pesos para apoyos directos.
Parece mucho hasta que se coloca junto a otra cifra mencionada durante la entrevista: el Estado de México pagó cerca de 8 mil millones de pesos en intereses bancarios el año pasado.
Más dinero para la deuda que para la producción alimentaria.
El capitalismo financiero rara vez pisa el lodo, pero siempre cobra primero.
Rojano explicó que actualmente operan dos programas centrales: “Por el rescate del campo”, enfocado en pequeñas unidades familiares y mujeres rurales; y “Transformando el Campo”, dirigido a maquinaria, tecnología y activos productivos.
La intención, dijo, es democratizar apoyos y romper viejos padrones clientelares.

El viejo voto verde
Hablar del campo mexiquense obliga inevitablemente a hablar del poder.
Durante décadas, las estructuras rurales fueron utilizadas como engranajes electorales. Subsidios, tarjetas y programas sociales funcionaban muchas veces más como mecanismos de control político que como instrumentos productivos.
Rojano reconoció que al llegar encontró apoyos concentrados en “los mismos de siempre”.
Ahora asegura que el 90% de los beneficiarios de 2024 recibieron apoyo por primera vez. También negó que exista operación político-electoral desde la dependencia.
“No voy a participar en ningún tema político”, sostuvo.
Pero en México el poder rara vez desaparece: solo cambia de uniforme, de color y de narrativa.

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La verdadera pregunta
La entrevista dejó algo claro: María Eugenia Rojano conoce el territorio que administra. Habla como alguien que ha recorrido comunidades y no solamente escritorios. Tiene formación técnica, discurso estructurado y una comprensión política del problema rural.
Pero también enfrenta una realidad feroz: el tiempo gubernamental es corto y el deterioro del campo lleva décadas acumulándose.
Transformar el campo no significa solamente entregar tractores o drones. Significa modificar condiciones históricas de pobreza, acceso a educación, salud, organización social y productividad.
Y eso no cabe fácilmente en un sexenio.
Mientras terminaba la conversación, quedó flotando una idea incómoda:
El campo mexicano sobrevivió al abandono. Sobrevivió al clientelismo. Sobrevivió incluso a la indiferencia urbana.
Lo que todavía no sabemos es si sobrevivirá a esta época donde el mundo produce más alimentos que nunca… pero cada vez entiende menos de dónde vienen.
La entrevista completa puede verse en el canal oficial de AD Noticias:

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