Quimera 26: la cultura como coartada para la parranda y el negocio

La transformación del festival de Metepec revela una manera de gobernar: confundir la promoción cultural con la contratación de entretenimiento, al ciudadano con el consumidor y al patrimonio colectivo con una oportunidad comercial
octubre 13, 2026

Este martes 13 de octubre comienza en Metepec lo que se supone tendría que ser un festival internacional de arte y cultura: Quimera 2026. La mala suerte puede dejarse para la superstición; la pérdida de propósito cultural merece una explicación pública. Su apertura obliga a discutir qué queda del proyecto que hizo de Quimera un referente y para qué debe servir un festival sostenido con recursos de la comunidad.

En octubre de 2016, Michael Nyman tocó en la Plaza Juárez de Metepec. Su presencia formaba parte de una programación que reunía a Emir Kusturica y The No Smoking Orchestra, Puerto Candelaria, Fito Páez, Natalia Lafourcade, Julieta Venegas y Ely Guerra. Había también un encuentro de pianos con Héctor Infanzón y Alberto Cruz Prieto, música sinfónica y actividades literarias, cinematográficas y teatrales. Aquella convivencia permitía pasar de una canción conocida a un lenguaje musical inesperado sin abandonar la ciudad.

Ese tránsito expresa una de las razones para financiar la cultura con dinero público. Las preferencias de una persona están condicionadas por aquello que ha podido conocer. Nadie aspira a lo que no conoce. Suponer que sólo desea lo que ya consume convierte sus circunstancias en destino. Un festival cultural puede intervenir en ese límite: acercar una obra, una tradición o una sensibilidad que difícilmente llegarían por los canales habituales del mercado.

Este martes 13 de octubre comienza en Metepec lo que se supone tendría que ser un festival internacional de arte y cultura: Quimera 2026. / Foto: Archivo AD Noticias

La programación es, por ello, una toma de posición. Elegir artistas significa decidir qué experiencias merecen circular, qué conversaciones se consideran necesarias y qué públicos se quiere construir. Cada cartel contiene una idea de comunidad, incluso cuando sus organizadores nunca se han detenido a formularla.

Franz Boas proporciona una clave para entender esa responsabilidad. Su antropología cuestionó la pretensión de ordenar a las sociedades en una escala de superioridad y atraso, y destacó la importancia de sus historias particulares para comprenderlas. Esa perspectiva obliga a reconocer que nuestras formas de sentir, juzgar y vivir no agotan las posibilidades humanas. El encuentro con otras expresiones culturales permite advertir cuánto de lo que creemos natural pertenece a una experiencia aprendida.

Desde esa perspectiva, fomentar la cultura amplía la capacidad de una comunidad para comprenderse y relacionarse con otros. Una música desconocida, una narración o una representación teatral pueden interrumpir la familiaridad con la que miramos el mundo. Nos permiten reconocer experiencias ajenas y volver sobre las propias con preguntas nuevas. La importancia de un festival está también en esa posibilidad: descubrir que nuestra manera de vivir es una entre muchas y que podemos examinarla, discutirla y transformarla.

fomentar la cultura amplía la capacidad de una comunidad para comprenderse y relacionarse con otros/ Foto: Archivo AD Noticias

En Metepec, ese propósito incluye reconocer el conocimiento contenido en el trabajo artesanal. El barro reúne técnicas, memoria, aprendizaje y relaciones entre generaciones. Su promoción cultural exige condiciones para que ese saber permanezca vivo: espacios, transmisión, reconocimiento y trabajo remunerado. Cuando el artesano queda reducido a vendedor de un puesto, la administración pierde de vista aquello que dice celebrar. Utiliza la identidad como atractivo, mientras debilita las condiciones que la producen.

Quimera se justificaba por esa capacidad de encuentro. Su dimensión internacional tenía sentido cuando traía al espacio cotidiano otras maneras de escuchar, narrar y representar el mundo. La programación de 2016 anunciaba 34 encuentros literarios, 29 actividades cinematográficas, 33 expresiones de danza, diez exposiciones y 22 propuestas teatrales. El simposio de escultura en mármol permitía acercarse también al proceso de creación.

El festival ampliaba temporalmente la ciudad. Una plaza podía convertirse en sala de conciertos; un recinto habitual, en lugar de conversación; una calle, en espacio de descubrimiento. Esa transformación importa porque una ciudad también está hecha de las experiencias que sus habitantes pueden compartir.

La programación de 2016 anunciaba 34 encuentros literarios, 29 actividades cinematográficas, 33 expresiones de danza, diez exposiciones y 22 propuestas teatrales/ Foto: SDP Noticias

En 2026, el escenario principal ofrece otra imagen. Las noches de Plaza Juárez están reservadas para Emmanuel, Los Dandy’s, El Gran Silencio, Motel y el cierre conjunto de Aranza, Carlos Cuevas y Carlos Macías. Hay trayectorias reconocibles, repertorios populares y públicos que tienen derecho a disfrutarlos. La crítica comienza al examinar qué lugar ocupa esa selección dentro de un festival financiado por el Ayuntamiento y presentado como internacional de arte y cultura.

La comparación permite advertir una menor ambición exploratoria en el escaparate estelar. El gobierno municipal apuesta por la familiaridad: canciones que se reconocen, figuras que se recuerdan, emociones que llegan con el camino recorrido. Ese recurso es legítimo en el entretenimiento. Como criterio dominante de política cultural resulta limitado: el gusto existente se convierte en frontera de lo que se ofrece.

Allí aparece una pregunta fundamental. ¿El público sólo desea lo que ya conoce? ¿Cómo podría interesarse por aquello a lo que nunca tuvo acceso? Consultar preferencias ayuda a escuchar a la población, pero una institución cultural tiene también la obligación de proponer. Cuando la oferta reproduce únicamente la demanda conocida, el descubrimiento queda atrapado en un círculo: se programa lo familiar porque es popular y sigue siendo popular porque es lo que se programa.

El gobierno municipal apuesta por la familiaridad: canciones que se reconocen, figuras que se recuerdan, emociones que llegan con el camino recorrido./ Foto: Digitalmex

La perspectiva de Boas también impide convertir esta crítica en una jerarquía de gustos. Emmanuel no es culturalmente inferior a Nyman por ser popular, ni una orquesta extranjera adquiere valor por su procedencia. Lo que se evalúa es la capacidad del gobierno para construir una programación que reúna memoria, descubrimiento, creación y diálogo. La mediocridad administrativa aparece cuando contratar nombres conocidos sustituye ese trabajo y la concurrencia se presenta como prueba suficiente de éxito.

La edición actual conserva literatura, cine francés, teatro, danza y propuestas musicales valiosas. Alberto Chimal presenta Las máquinas enfermas. Esos contenidos forman parte del festival y deben reconocerse. La crítica a la administración exige examinar cómo los articula, qué recursos les asigna y qué lugar les concede en la comunicación pública.

La pregunta de fondo es qué entiende el gobierno municipal por cultura. Si la concibe como una suma de actividades, bastará con producir un número elevado. Si la entiende como una relación viva entre personas, memoria, creación y conocimiento, deberá cuidar las condiciones del encuentro. Una lista mide oferta; difícilmente explica por sí sola lo que esa oferta significa.

La pregunta de fondo es qué entiende el gobierno municipal por cultura / Foto: El Heraldo

El caso de los artesanos vuelve concreta esa diferencia. En octubre de 2025, participantes entrevistados por AD denunciaron preferencia por mercancías industrializadas y alcohol, problemas de electricidad y retrasos de instalación. Reportaron cobros distintos, desde 2,800 hasta 7,000 pesos. Hubo opiniones favorables sobre las tarifas y testimonios críticos sobre el trato recibido. Uno de ellos expresó: “Ya no es una feria cultural, es puro negocio”.

Esos testimonios describen una disputa por el sentido del espacio. Una pieza artesanal contiene trabajo, técnicas aprendidas, memoria familiar y vínculos con el territorio. Tratar a su creador exclusivamente como ocupante de un puesto reduce esa complejidad a una transacción. La administración puede cobrar por un espacio y, al mismo tiempo, reconocer su función cultural. Lo que necesita explicar es cómo protege esa función frente a otros intereses comerciales.

Desde una lectura antropológica, el problema es el lugar que se concede a quienes producen la identidad de Metepec. Resulta contradictorio utilizar la tradición artesanal para distinguir al municipio y relegar a sus portadores cuando se organiza su principal celebración cultural. El patrimonio vive en personas concretas. Necesita condiciones de trabajo, continuidad y transmisión; la decoración institucional no lo conserva.

Fernando Flores en la presentación de Quimera / Foto: Redes Sociales

La orientación del festival se reconoce precisamente en esas decisiones: qué se considera valioso, a quién se escucha, qué recibe recursos y qué se utiliza como adorno. La cultura puede proporcionar prestigio al gobierno, pero su finalidad pública exige que el beneficio alcance a la comunidad que le da sentido.

El gobierno municipal anunció una edición más breve para destinar recursos a bacheo, alumbrado y salud. La directora de Cultura situó el presupuesto en 14 millones de pesos, frente a 16 millones en 2025. Son cantidades anunciadas, todavía insuficientes para conocer el costo por proveedor y concepto.

EdiciónMonto publicadoAlcance
2016Más de 17 millonesInversión declarada por el gobierno municipal, con apoyo estatal y federal
202214 millones anunciados / 16 millones reportados despuésAnuncio municipal frente a una cifra atribuida por Diario Basta a una respuesta de SAIMEX
202316.24 millonesInversión anunciada
202412.6 millonesPresentada como recursos municipales, patrocinios y donaciones
202516 millonesCifra referida por la directora de Cultura en octubre de 2026
202614 millonesPresupuesto referido por la misma funcionaria

Pesos nominales. Las cifras tienen distintos alcances y fuentes de financiamiento; no constituyen una serie contable homogénea ni una comparación ajustada por inflación.

La discrepancia de 2022 requiere conciliar anuncio y gasto reportado. Para 2026, la información reunida no permite distribuir los 14 millones entre honorarios, producción, intermediación, hospedaje, transporte y publicidad. Tampoco determina los ingresos comerciales ni las condiciones de los patrocinios. Anunciar una bolsa no equivale a explicar su destino.

La austeridad merece evaluarse mediante prioridades y resultados. Reducir recursos culturales puede empobrecer las oportunidades de una población sin resolver por ello sus carencias materiales. Una calle transitable y una vida cultural rica pertenecen a la misma ciudad. Presentarlas como obligaciones que deben excluirse revela la estrechez de la decisión presupuestaria.

Festival Quimera 2024/ Foto: Posta

Además, el prelanzamiento incorporó un helicóptero rotulado, a Sakura Metepec como sede privada y a empresas vinculadas con coctelería, ambientación y producción audiovisual. La información disponible no acredita quién pagó cada componente ni qué contraprestaciones recibió. Sí permite observar una promoción que mezcla el festival público con el escaparate de marcas privadas.

La colaboración privada puede enriquecer un festival. Su legitimidad depende de que las aportaciones, derechos y beneficios sean transparentes, y de que el propósito cultural conserve la dirección del encuentro. Cuando esa relación queda sin explicación, el público recibe publicidad donde debería encontrar rendición de cuentas.

El presupuesto resulta una explicación insuficiente de la degradación de Quimera. El dinero condiciona la escala de un festival; el criterio orienta su propósito. Una administración competente puede trabajar con recursos limitados mediante colaboración, selección rigurosa y atención a los creadores locales. Una administración sin proyecto puede gastar millones en una sucesión de espectáculos y seguir sin producir un encuentro cultural significativo.

La mediocridad, la incompetencia y la ignorancia que deben cuestionarse en Fernando Flores pertenecen a ese terreno de responsabilidad: el desconocimiento de la función pública de la cultura y la incapacidad de su gobierno para traducirla en decisiones. El juicio necesita sostenerse en la programación, el trato a los creadores y las cuentas. El asunto rebasa al alcalde: está en juego una institución cultural construida por la comunidad a lo largo de décadas.

El juicio necesita sostenerse en la programación, el trato a los creadores y las cuentas/ Foto: Redes Sociales

¿Para qué se organiza Quimera? ¿Para ampliar experiencias culturales, fortalecer la creación local, promover consumo o proyectar al gobierno? Esas finalidades pueden coexistir, pero necesitan una jerarquía. Si la promoción gubernamental y comercial ocupa el centro, el encuentro artístico corre el riesgo de convertirse en su acompañamiento.

La expresión “parranda comercial” señala esa pérdida de jerarquía cultural. La fiesta puede tener valor comunitario, producir vínculos, alegría y apropiación del espacio público. Su calidad pública depende de algo más que reunir gente y mantenerla ocupada.

En último término, Quimera plantea una pregunta sobre el ciudadano que imagina su gobierno. Puede reconocer en él capacidad para descubrir, interpretar y crear. Puede también conformarse con convocarlo, entretenerlo y exhibir su asistencia como un logro.

Metepec tuvo un festival que permitía encontrarse con mundos distintos. La comparación con 2016 obliga a preguntar qué queda de esa vocación. La respuesta está en el cartel, en el lugar concedido a los creadores, en los contratos y en las prioridades.

Defender Quimera es defender el derecho de una comunidad a ampliar su mundo. Nadie aspira a lo que no conoce; una política cultural digna de ese nombre debe hacer posible ese conocimiento.

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