Resurgen los fantasmas del Vatileaks

A un año de la renuncia de Benedicto XVI han resurgido fantasmas del “vatileaks”, la filtración de documentos confidenciales robados al Papa emérito que debilitó su pontificado e influyó, aunque no de manera determinante, en su decisión de dejar el cargo.

El anuncio de su dimisión, pronunciada en latín por Joseph Ratzinger el 11 de febrero de 2013, llegó después de un turbulento 2012 para El Vaticano, atravesado por un escándalo que concluyó con un juicio histórico contra el mayordomo papal.

El enjuiciamiento de Paolo Gabriele en el tribunal del Estado Pontificio, como el artífice del robo de los escritos con su posterior entrega al periodista italiano Gianluigi Nuzzi, quedó indisolublemente vinculado con la renuncia.

“El del ‘vatileaks’ fue un periodo de gran sufrimiento, demasiado largo el sufrimiento para el Papa y para sus más cercanos colaboradores”, reconoció el “número dos” del Vaticano en tiempos de Benedicto XVI, el cardenal Tarciscio Bertone.

“Sobre todo por la falta de amor a la Iglesia que se percibía en todas estas acciones y publicaciones de documentos que debían permanecer reservados para permitir también un diálogo interno en la Iglesia para corregir ciertos comportamientos”, agregó el ex secretario de Estado de la Santa Sede.

En una entrevista con la televisión italiana, el purpurado dijo esperar que ese sea un periodo cerrado en la historia de la Iglesia.

La suya pareció, más bien, una expresión de deseo porque también aceptó que “puede ser que existan aún documentos (confidenciales) que están ahí, guardados, para ser sacados” cuando surja la oportunidad.

Aún así insistió que –desde su punto de vista- el tiempo, la atmósfera y las relaciones en torno al Vaticano cambiaron mucho del tiempo del “vatileaks”.

Esta declaración resultó significativa considerando que Bertone fue justamente uno de los principales objetivos de la fuga de papeles, la mayoría de los cuales expuso una evidente incapacidad para gestionar los problemas propios de la administración que el secretario de Estado debe realizar por cuenta del Papa.

En varias ocasiones a lo largo de la crisis tras la filtración, notables cardenales pidieron directamente a Benedicto XVI que cambiase a su principal colaborador, pero el pontífice siempre se negó e incluso llegó a defender públicamente a sus ayudantes.

A la larga esto no hizo más que empeorar la situación, especialmente cuando se descubrió que el responsable de la sustracción de los textos fue el mayordomo, quien tenía acceso todos los días a los aposentos del Papa.

Para identificar a los “cuervos”, como la prensa bautizó a los artífices de las filtraciones, fue necesario que Ratzinger ordenase el establecimiento de una comisión de alto nivel compuesta por tres cardenales.

Los purpurados realizaron decenas de audiciones e investigaron a fondo. Paolo Gabriele fue descubierto, arrestado, pasó varios meses en una improvisada cárcel al interior del Vaticano y tras el juicio en su contra fue condenado a 18 meses de reclusión.

A finales de 2012, pocos días antes de la Navidad, el Papa visitó al mayordomo en su celda y le concedió el indulto. Ni siquiera dos meses después anunció su sorpresiva renuncia.

Las conclusiones finales de los cardenales investigadores nunca vieron la luz pública y esto alimentó las especulaciones de la prensa. Uno de los últimos actos de Benedicto como pontífice fue decretar que el informe fuese sellado y dejado para su sucesor.

Con esa herencia ha tenido que lidiar el Papa Francisco, quien ha mantenido en secreto el contenido del reporte. No obstante su secretario de Estado, Pietro Parolin, se refirió al tema en una entrevista con el diario italiano “Avvenire”.

“Esa fue una temporada muy dolorosa, y espero con todo mi corazón que haya quedado definitivamente en el pasado. Los eventos hicieron sufrir injustamente al Papa Benedicto XVI y con él a muchísimas personas; escandalizaron a muchísimas y dañaron no poco la causa de Cristo”, dijo.

“Creo que los eventos en cuestión no deben dejar de interrogarnos sobre nuestra fidelidad al evangelio”, añadió.

De todas maneras rompió lanzas a favor de la Curia Romana y se dijo “sinceramente contrariado” cuando, con pinceladas “demasiado apresuradas y violentas” se presenta una imagen negativa de quienes trabajan en El Vaticano, interesados supuestamente en “conspiraciones y juegos de poder”.

“Debemos, por otra parte, trabajar y trabajar duro para hacernos más humanos, más acogedores, más evangélicos, como nos quiere Papa Francisco”, estableció.