La epopeya del bebedor de agua
Fred “Bogus” Trumper es un hombre con un problema prostático, quien embaraza a una campeona olímpica de esquí –razón por la que el padre de Fred decide suspender su apoyo económico con el que nuestro protagonista contaba para terminar su tesis de doctorado sobre una epopeya escrita en antiguo nórdico bajo– para luego huir de ella y atravesar el Atlántico en busca de un amigo austriaco cuando es detenido kafkianamente por el Servicio Secreto… es innegable que la fértil imaginación de John Irving estuvo presente desde los inicios de su carrera como escritor, como lo demuestra “La epopeya del bebedor de agua”, su segunda novela, que data de 1972.
Lo descrito previamente es apenas la punta del iceberg de una vasta narración (cuatrocientas páginas con tipografía pequeñita), pero no se siente para nada pesada, pues el bombardeo que hace Irving de imágenes, símbolos –anti y pro estadounidenses o europeos, que se cuentan por montones a lo largo de la narración– y situaciones cada una más disparatada que la anterior te envuelve, te deja reposar y te acomete de nuevo pues, como dice Jan Carew de “The New York Times”, “después de soltar la novela y dejar transcurrir el tiempo, los personajes y el caleidoscopio de hechos asumen una forma mucho más cohesiva y llena de sentido”.
Obviamente, los que anhelan una prosa compleja como la de Joyce o la de Proust (algo absolutamente encomiable y plausible, desde luego) deberían buscar en otra parte. Pero para quienes un relato lleno de inventiva y habilidad narrativa los satisface, “La epopeya del bebedor de agua” (y, en general, cualquier novela de Irving) es una muy proba opción.


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