Fin de partida
Máximo exponente del llamado “teatro del absurdo” (un término que, al paso de los años, se ha develado como insuficiente, arcaico, limitado, incapaz de alcanzar la complejidad de lo que la inmensa obra beckettiana nos legó), en Beckett constatamos el carácter agudo, aprehensivo, de la soledad humana: a pesar de la relaciones sociales, interpersonales –que, en realidad, son meras “ilusiones”–, el carácter constitutivo y primigenio del ser humano es “estar solo, irremediablemente solo”. Y “Fin de partida” es, junto con “Esperando a Godot”, la mejor muestra de ello.
Cuatro personajes que “no hacen nada” (al margen de que uno sea paralítico y dos estén escondidos en sendos botes de basura); cuatro entes que no generan acciones, sucesos, y se escudan sólo en la palabra (la cual, sin embargo, tampoco “progresa” en el tiempo; parece estancada, parca); pero, como señala José Jiménez, “esa falta de acción es el elemento fundamental de toda la obra de Beckett. Como signo de la existencia, inevitablemente humana, tan sólo humana, la ausencia de acción expresa el vacío y la fugacidad de la vida de los hombres. Irremisiblemente condenados a estar solos y, quizás por ello mismo, a inventar la ficción de la compañía, de la relación con el otro”.
Hoy, a más de sesenta años de publicada, la obra de Beckett sigue consolidándose como una de las más importantes voces de la literatura universal. Imposible permanecer impertérritos ante ella (sin importar que “no pase nada”, pues, en realidad, pasa todo).


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