Fuga sin fin
La genialidad de Joseph Roth reside precisamente en hacernos creer que su obra no es una genialidad, que es como si un amigo nuestro resumiera alguna anécdota en una charla dominguera cualquiera. En su novela “Fuga sin fin” podemos aseverarlo: el autor nos dice que la historia de Franz Tunda no la está contando él, sino que sólo recupera lo dicho y escrito por el propio Tunda, supuesto amigo del protagonista (aunque mucho de lo descrito podría entenderse como una visión autobiográfica idealizada de lo que Roth hubiera logrado en la guerra si no fuera enclenque y poco apto para el combate; Héctor Abad Faciolince supone que “la historia del teniente Franz Tunda es una de las versiones de la vida del falso teniente Joseph Roth, y quizá la menos infiel de todas sus biografías inventadas”).
Los sucesos que se nos narran en esta novela ocurren entre 1919 y 1926: el oficial austriaco Franz Tunda se esconde durante la revolución rusa (finge una nueva identidad). Tras enterarse de que el conflicto terminó, decide partir para después caer prisionero de los revolucionarios, pero no por mucho tiempo: se une a ellos y se vuelve pieza importante del nuevo partido. Finalmente, quiere regresar a su tierra natal para saber qué fue de su novia, de su hermano y de su patria.
La fuga sin fin que da título al libro se refiere menos a esas constantes huidas de Tunda (de Austria a Rusia, de regreso a Austria, y luego de Austria a París) que a una escisión ontológica, una constante ausencia en su ser que es imposible llenar; ni la revolución, ni la ilusión amorosa ni la fortuna son para él oasis; su sempiterno desierto vive dentro de sí, y es imposible abandonarlo (o abandonarse). Es, también, la carencia del hogar (tras la gran guerra, no sólo su patria: Europa entera es otra) al que, se sabe, jamás se podrá regresar.
Una historia plagada de desencuentros y soledad, de vacíos emocionales que reafirman, sin proponérselo, la grandeza de este soberbio narrador.


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