SE DICE QUE…
■ Cristina administra dinero, no al PRI
■ En Naucalpan ya ni los dinosaurios creen
■ El PT pelea candidaturas, no ideologías
■ Fernando ya le comió el mandado a Vargas
■ Los Flores ya ni viven donde dicen
■ Cristina administra dinero, no al PRI
El PRI mexiquense se cae a pedazos todos los días. Pierde cuadros, estructura, narrativa, presencia territorial y, sobre todo, conexión emocional con una sociedad que hace tiempo dejó de verlo como opción de futuro. Cristina Ruiz podrá ser entusiasta y disciplinada, pero no logra conectar ni encender algo parecido a esperanza política. Su directorio se hace cada vez más pequeño, más cerrado y más nostálgico. Lo único que verdaderamente ha resistido el derrumbe es el financiamiento público. Por las manos de Cristina habrán pasado, entre 2025 y 2026, cerca de 350 millones de pesos en prerrogativas. No es dinero lo que le falta al priismo; es sentido histórico, legitimidad y gente. A ella, en términos administrativos, le va bastante bien. El problema es que administrar un partido no equivale a revivirlo. Y el PRI mexiquense empieza a parecer esos viejos teatros elegantes donde todavía funciona la taquilla aunque la sala lleve años vacía.
■ En Naucalpan ya ni los dinosaurios creen
David Parra terminó renunciando al PRI después de más de cincuenta años de militancia y detrás se acomodó Enrique Jacob, otro de los viejos cuadros naucalpenses que entendían el poder desde el territorio, las estructuras y la operación política real, no desde los tutoriales de imagen para redes sociales. El golpe pesa porque Naucalpan es una de las tierras políticas de Cristina Ruiz y porque las renuncias exhiben algo más profundo que una fractura interna: el vacío generacional del priismo mexiquense. El problema no es solamente que se vayan los dinosaurios; es que no hay nadie llegando para ocupar los espacios que dejan. Ahí está la verdadera tragedia del PRI. No la fuga de cuadros históricos, sino la incapacidad para producir nuevos liderazgos con arraigo, identidad o convocatoria social. Mientras las prerrogativas mantienen encendido el edificio, las butacas llevan años vaciándose. El PRI empieza a parecer esos viejos cines de pueblo que ni regalando boletos consiguen público.
■ El PT ya parece pleito de vecindad
Reginaldo Sandoval no es mexiquense. Viene de Zacatecas, hizo carrera política en Michoacán y terminó aterrizando en el Estado de México para tomar control del PT local. Del otro lado quedó Óscar González Yáñez, fundador histórico del partido en la entidad y uno de los pocos dirigentes petistas con arraigo real en territorio mexiquense. Lo interesante es que la disputa ya ni siquiera parece ideológica. Nadie discute proyecto de Estado, modelo económico o visión social; la pelea gira alrededor del control burocrático del partido, las candidaturas y las prerrogativas. Una especie de riña callejera administrada con lenguaje de izquierda. El PT mexiquense terminó atrapado entre un liderazgo nacional que desembarca para controlar la caja y un viejo grupo local que siente que le arrebataron el negocio familiar.
■ Fernando ya le comió el mandado a Vargas
Tan mal andan PRI y PAN en el Estado de México que hasta los enanos políticos empiezan a crecerles en la imaginación. Ahora resulta que algunos ya perfilan al insufrible alcalde de Metepec como opción competitiva rumbo al 2029, más por sus buenas relacione$ con Alejandro Moreno y el viejo padrinazgo de los Murat que por un liderazgo estatal auténtico o una obra política de gran calado. El problema no es Fernando Flores; el problema es el tamaño de la crisis opositora que permite inflar figuras locales hasta convertirlas en proyecto estatal. En política mexiquense suele confundirse exposición mediática con estatura política. Lo verdaderamente interesante es imaginar qué estará pensando Enrique Vargas, que durante años se asumió como el principal activo opositor y ahora observa cómo Fernando empieza a comerle el mandado dentro del ánimo de ciertos grupos del PRIAN.
■ Los Flores ya ni viven donde dicen que viven
Hace algunas semanas se comentó aquí que el matrimonio Flores Albarrán había dejado su residencia real en un exclusivo club de golf de Lerma para mudarse, al menos en el papel, al clasemediero fraccionamiento San Marino en Metepec. La intención era evidente: cuidar la residencia de Iraí Albarrán ahora que empieza a tomar forma la idea de heredar el cargo del marido. Pero algo debió salir mal porque al final decidieron quedarse donde realmente viven, en Lerma, y seguir sosteniendo la simulación metepequense. Lo que sí cambió fue el número de escoltas. La casa ahora parece pequeña base policiaca; ya rondan cerca de una decena de guaruras. Resulta curioso: mientras más hablan de cercanía con la gente, más bardas, más filtros y más policías necesitan para vivir lejos de ella.


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