Quien escuchara la encendida defensa que hacen José Antonio Meade y Aristóteles Núñez –dos de los hombres de mayor confianza y consideración de Luis Videgaray– de Josefina Vázquez Mota podría pensar que están de su lado y que harán lo que puedan para que gane.
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Nada bien habrán caído a Alfredo del Mazo las entrevistas del secretario de Hacienda y del exdirector del SAT, en las que ambos coinciden, curiosamente, en calificar como “guerra sucia” e “infundios” las acusaciones de que la candidata panista y su asociación, “Juntos Podemos”, recibieron 900 millones de pesos del gobierno federal, lo que derivó en que Morena iniciará una denuncia ante la PGR.
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Llama la atención que Meade y Aristóteles se suban a los medios de comunicación a tratar de limpiar la imagen de Josefina, pues nunca han pronunciado una palabra para defender al PRI y a su candidato Del Mazo de los epítetos de corruptos e ineptos que les lanza todos los días Josefina.
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La apreciación de Alfredo de Mazo de que “la gente quiere que gane el PRI en el Estado de México” es imprecisa, por no decir absolutamente falsa. Todas las encuestas, todas –sin excepción–, no dan más de un 26 por ciento de la preferencia electoral al tricolor y su candidato. Eso significa que siete de cada diez electores dicen que votarán en contra del PRI, es decir, NO quieren que gane. Ciertamente, desde hace mucho y hasta hoy, el PRI es la “minoría mayor” y con eso les ha alcanzado para ganar.
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Hace unos días se filtró en ciertos espacios de la prensa que las cosas no están nada bien en el “cuarto de guerra” del candidato priísta; la diversidad de grupos que forman su equipo de campaña no se pone de acuerdo: cada quien trae sus propios intereses. Los juniors, los eruvielistas, los peñistas y los delmacistas no logran integrarse, sus enormes egos atizan diario la hoguera de las vanidades. La última versión es que Enrique Jacob está a punto de renunciar a la coordinación de campaña, cansado de tantos caprichos y ocurrencias. ¿Será?
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Quizá pocos habitantes de Zinacantepec sepan que su gobierno está metido en un desastre financiero, que pone en riego la prestación de servicios públicos elementales, como seguridad y limpieza. Desde hace años (pero particularmente desde 2005), el ayuntamiento ha recurrido a pedir prestado a los bancos para pagar la nómina, hacer algunas obras y tapar el boquete de la corrupción. Devino una especie de bola de nieve, que fue creciendo y creciendo hasta salirse de control. Resulta que hoy debe más a los bancos que lo que tiene: el presupuesto del año pasado fue de 527 millones, y la deuda pública municipal es de 770 millones. El alcalde Manuel Castrejón está en un brete y nada más no halla cómo salir de ésta antes de declarar al cerro de los murciélagos en quiebra.


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