En el ánimo de la clase política del valle de Toluca hay sed de revancha contra los llegados de Ecatepec hace seis años que, embriagados de poder, se sintieron dueños y señores del Estado de México y lastimaron con su prepotencia y arrogancia a mucha gente por el simple hecho de ser de esta zona. A dos personajes en particular tienen en la mira: Erasto Martínez y Carlos Aguilar, quienes hicieron y deshicieron a su antojo y se llenaron los bolsillos de dinero.
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Sobre Erasto abundan las historias negras; son contadas las personas que pueden dar una buena opinión de él como persona o funcionario. Alcaldes, diputados e integrantes del propio gabinete no tienen empacho en contar sobre el inventario de propiedades que adquirió desde sus diversas posiciones en la administración pública estatal: que compró enormes superficies de tierra en Malinalco, en sociedad con el hermano del gobernador; que se apropió de valiosísimos terrenos en Nezahualcóyotl con la complacencia del gobierno municipal perredista; que adquirió –de contado– al menos cuatro residencias de descanso, extravagantes departamentos en Santa Fe y en el extranjero; que, a nombre de su señora madre, escrituró al menos una docena más de propiedades; que su fortuna en bancos, fondos de inversión, offshore y transferencias al extranjero es de millones de dólares. Erasto, dimensionan, hizo más dinero que el propio Duarte.
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Guardadas las proporciones, de Carlos Aguilar se habla lo mismo: de cómo hizo negocios desde la coordinación de Imagen Institucional para favorecer a sus amigos (de los que después terminó como socio); de cómo usó a Raúl Vargas Herrera para negociar deudas anteriores –por decenas de millones de pesos– con medios de comunicación, pagando en efectivo y quedándose con una parte; de cómo entregó cantidades brutales de dinero a medios marginales propiedad de sus amigos. Muchos dan detalles de cómo se hizo dueño de un periódico, de cómo exprimió el presupuesto del Sistema de Radio y Televisión Mexiquense repartiendo plazas y contratos entre sus allegados. También hablan de su finca en Malinalco, de sus viajes de placer por el extranjero –con cargo al presupuesto–, del enorme inventario inmobiliario del que se hizo en sólo seis años. Carlos, afirman decenas de periodistas y editores, es una especie de Gina Domínguez del Estado de México. ¿Será? Cuando el río suena, es que agua lleva.
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Fueron justamente ellos (con Aarón Urbina, Indalecio Ríos, Isidro Pastor, Alfredo Torres, César Gómez, de quienes los delmacistas desconfían porque creen que jugaron chueco) quienes hicieron todo para que el candidato del PRI no ganara. No fue una casualidad que todos ellos –que habían ganado consecutivamente hasta cuatro, cinco o seis elecciones– hayan roto su racha de invencibilidad justo cuando les tocó trabajar para Del Mazo. Huele a traición, afirman enfurecidos sus detractores, al enumerar los indicios y las pruebas irrefutables que sugieren una conspiración para entregar el poder a la oposición antes que a Alfredo III.


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