A los 5 años, un niño necesita que alguien le sirva de comer, lo lleve al médico y lo proteja. Su seguridad depende, en buena medida, de los adultos con quienes vive. Por eso, cuando la violencia procede de quienes tienen a su cargo el cuidado, pedir ayuda puede resultar especialmente difícil: el peligro está dentro de su mundo más cercano.
En Temoaya, la Fiscalía General de Justicia del Estado de México cumplimentó órdenes de aprehensión contra Vanessa “N” y Óscar “N”, detenidos y acusados del homicidio calificado de su hijo, localizado sin vida el pasado 24 de septiembre.
De acuerdo con la investigación ministerial, los padres presuntamente lo sometían a ayunos prolongados que le provocaron un alto grado de desnutrición. Los peritajes también detectaron lesiones en distintas partes del cuerpo y determinaron como causa de muerte una hemorragia aguda secundaria a la ruptura de várices gástricas.

Ambos ya se encontraban recluidos por hechos distintos relacionados con otro de sus hijos, informó la Fiscalía. Las órdenes fueron cumplimentadas en reclusión y corresponden a la investigación por la muerte del niño.
Cuando cuidar se convierte en someter
La palabra filicidio designa la muerte de un hijo causada por su padre o su madre. En este caso describe el vínculo entre la víctima y los acusados; la clasificación penal informada por la Fiscalía es homicidio calificado.
El expediente coloca ante la sociedad una forma extrema de violencia dentro del hogar. Allí, los adultos controlan el alimento, la atención médica, las salidas y el contacto con otras personas. Para un niño pequeño, esa dependencia deja pocas posibilidades de defenderse cuando el poder familiar se utiliza para dañarlo.
Una lectura de estos hechos exige examinar cómo se entiende la autoridad sobre la infancia. La idea de que los padres pueden hacer lo que quieran con sus hijos convierte el cuidado en dominio. El parentesco implica obligaciones; no concede derechos sobre el cuerpo ni sobre la dignidad de otra persona.

UNICEF advierte que el castigo físico y el trato humillante siguen normalizándose como formas de educación, pese a sus consecuencias para el desarrollo físico, emocional y social. Ese entorno cultural merece atención, sin atribuir a los acusados de Temoaya motivos que la investigación no ha establecido.
Otros niños, otros hogares
El caso tiene antecedentes en el Estado de México. El 26 de septiembre de 2026 se informó que una madre y un padrastro fueron sentenciados en Naucalpan a 47 años y seis meses de prisión cada uno, por el homicidio de un niño de un año. Los hechos ocurrieron en septiembre de 2025, en una vivienda de San José de los Leones. La Fiscalía acreditó que ambos lo agredieron; el menor murió después de ser trasladado a un hospital.
En Tenango del Valle, una mujer y su pareja recibieron en julio de 2024 una condena de 47 años y seis meses de prisión por el homicidio del hijo de ella, de dos años y cinco meses. La agresión ocurrió en enero de 2023, dentro de un domicilio de la colonia Magisterial.

En esos dos expedientes hubo responsabilidades acreditadas y sentencias. En Temoaya, el proceso deberá determinar la responsabilidad de los padres. Los antecedentes no permiten medir por sí solos la frecuencia de estas agresiones, pero muestran que el hogar también puede ser un lugar de riesgo para la infancia.
La justicia después del daño
Según informó la Fiscalía, Vanessa “N” y Óscar “N” podrían recibir de 25 a 70 años de prisión si son declarados culpables. La información disponible corresponde al cumplimiento de órdenes de aprehensión; todavía no reporta una sentencia condenatoria.
Queda además una cuestión que requiere investigación: si hubo señales previas y qué posibilidades existieron de proteger al niño. El comunicado no precisa si se presentaron denuncias anteriores ni qué contacto tuvo con escuelas, servicios médicos o instituciones de protección.
La respuesta penal debe esclarecer los hechos y establecer responsabilidades. La protección de la infancia exige llegar antes: escuchar, reconocer el daño y actuar cuando todavía es posible poner a salvo a un niño.
A los 5 años, una casa debería ser el lugar al que se vuelve sin miedo.


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