Vivir al día, vivir al margen

Retirar de la calle a quienes han hecho de la misma su espacio no es algo sencillo. Retirarlos del que han constituido como “su lugar” no puede ocurrir sin resistencia.

Después que fue declarada la fase tres de la epidemia de coronavirus en México, gobiernos estatales y municipales pusieron en marcha acciones más severas para asegurarse que las personas se mantengan en casa y eviten los espacios públicos. En la ciudad de Toluca el intento por retirar de la calle a comerciantes ambulantes y semifijos derivó en enfrentamientos de éstos con la policía y nos hizo visibles no sólo a quienes viven al día, sino a quienes viven al margen del orden institucional de la sociedad y a quienes es poco probable que se les pueda sumar a la campaña “Quédate en casa”.

En la calle están todos los días no sólo comerciantes ambulantes sino también limosneros, sexoservidores, repartidores, delincuentes, dealers, limpiaparabrisas y un largo etcétera constituido por personas que en la mayoría de los casos nos pasan inadvertidos, como formando parte del paisaje urbano, de la impronta citadina

En operativos implementados por el Ayuntamiento de Toluca fue posible ver a hombres y mujeres que se dijeron comerciantes enfrentarse a golpes con la policía por las calles del primer cuadro de la ciudad y sus alrededores. La intención de la autoridad puede resumirse en hacer que la gente abandone el espacio público (calles, parques, plazas, etc.) como medida para prevenir los contagios masivos por el nuevo coronavirus que asola el mundo. Pero retirar de la calle a quienes han hecho de la misma su espacio no es algo sencillo. Retirarlos del que han constituido como “su lugar” no puede ocurrir sin resistencia.

Esta gente está en la calle y, consecuentemente, está fuera de los centros laborales, educativos, sociales, deportivos o de cualquier otra índole que estén regulados y administrados por la autoridad. Históricamente han sido “arrojados” de los mismos y hacen de la calle el lugar donde encuentran el sustento, pero también en donde tejen sus redes de relaciones sociales, sus valores, sus creencias, su manera de ver y vivir el mundo.

No necesariamente están en la calle por gusto; muchos de ellos están ahí porque no encuentran en el orden estructural de la sociedad un espacio propio; en consecuencia, generan órdenes paralelos que estructuran su existencia. Se dan a sí mismos liderazgos, identidad, valores y el resto de elementos que estructuran su vida.

En la calle están todos los días no sólo comerciantes ambulantes sino también limosneros, sexoservidores, repartidores, delincuentes, dealers, limpiaparabrisas y un largo etcétera constituido por personas que en la mayoría de los casos nos pasan inadvertidos, como formando parte del paisaje urbano, de la impronta citadina. Muchos de ellos nos facilitan la adquisición de cosas, otros nos acercan servicios o nos satisfacen necesidades y, sin embargo, están siempre al margen.

En la mayoría de los casos son sólo tolerados, solapados o extorsionados por la autoridad para poder mantenerse en la calle. Y encuentran motivación para estar en la calle porque buena parte de la población les compra, les da, les encarga o les solicita.

La calle es el espacio opuesto a las casas, a los centros de trabajo, a las oficinas, a los establecimientos en general. Es el espacio en donde termina el orden “normal” que provee la institucionalidad. Estar en la calle implica estar al margen: no tener un sueldo, seguridad social, cobertura, protección, afiliación. Es en estas condiciones en las que transcurre la vida de las personas que convierten a las calles en su lugar: su esquina, su banqueta, su ruta, su zona. Todos ellos no son, sin embargo, algo ajenos a la sociedad, son un subproducto de ella.

De la misma manera que una sociedad produce sus instituciones, sus leyes, sus gobiernos, sus administraciones, genera de manera residual subproductos como este al que nos referimos. Son mexicanos igual que todos, son mexiquenses, son toluqueños, pero al mismo tiempo parece que no lo son. Su no acceso a las garantías que los demás tenemos parece reforzar esta sensación de no pertenencia. Algunos les “incluyen” periódicamente y para obtener un beneficio (para unas elecciones, por ejemplo, para obtener su voto), pero de manera recurrente se les mantiene al margen.

La calle es el espacio opuesto a las casas, a los centros de trabajo, a las oficinas, a los establecimientos en general.

El país está metido ahora en un problema de salud pública que las autoridades formalmente constituidas deben administrar para evitar que se salga de control. La medida principal, en todo el mundo, ha sido retirar del espacio público a la gente: recluirla en sus casas. En el caso de México la administración federal siempre ha dicho que comprende la situación de quienes viven al día y tienen necesidad de salir a la calle a obtener su sustento. Sin embargo, ahora, ante el inminente aumento de contagios del nuevo coronavirus, se ha dejado en manos de las autoridades locales asegurarse de que la gente no salga de casa, ello derivó en medidas que se han enfocado en la gente que está en la calle y, lógicamente, los roces son inevitables.

Sacar de la calle a quienes hacen su vida en ella es de lo más complicado. Ellos no sólo viven al día, viven al margen del orden social que tiene una dinámica propia, distinta, hasta ajena a la que les rige. Cuando la autoridad dice “quédate en casa” a algunos nos parece comprensible y atendible, en la medida en que tenemos ingreso asegurado y que nos sentimos representados por dicha autoridad. Pero esa misma indicación para alguien que vive al día y al margen le parece tan lejana, tan extraña, tan distante, tan ilógica que liarse a golpes con la policía es lo más “lógico”, es casi acción de supervivencia.

Miles y miles llevamos más de un mes sin salir a una plaza, un parque, a un espacio público. Pero otros tantos están en la calle porque siempre han estado ahí y hay que asumir que ahí seguirán. Se les podrá acosar, vigilar, intimidar y replegar, pero no más. Pronto pasará la epidemia y los saldos de la misma van a ser considerables para la sociedad. Ya lo hemos visto, sobre todo, en el caso de Europa. Pero lo vemos quienes estamos atentos a lo que ocurre en la sociedad global; en tanto, quienes viven al margen de ella lo ven “de lejos” más allá del margen en el que se mueven siempre.