Dialogar para vivir juntos

Dialogar para vivir juntos
Dialogar es la ruta para renovar. Renovar conduce a nuevas posibilidades, a nuevas soluciones, a nuevas razones para activar, hacer, organizar y actuar

Las palabras tienen gran poder. Con solo nombrar algo le damos vida de una cierta manera. Con solo hablar de alguna cosa la modificamos para nuestro pensamiento. La característica central del lenguaje no solo tiene que ver con la comunicación, sino con la organización del mundo del pensamiento. De entre los seres vivos, el hombre es el que ha desarrollado más ampliamente el lenguaje y ello le ha permitido erigirse en la especie dominante en los últimos siglos. Hoy todo lo que hay en el planeta tiene características atribuidas por el ser humano vía el lenguaje. Nombramos a los ríos, a los mares, a los volcanes, a las islas. Al darles nombre, incluso los sentimos propios.

Aún más, es por la vía del lenguaje que nos escapamos de lo caótica que sería la vida. La organizamos a partir de las palabras. Le damos rumbo, sentido, orden. Sencillamente, al decir “mañana será otro día” alejamos la posibilidad de enloquecer por lo ocurrido hoy. Al asegurar “no hay mal que por bien no venga”, podemos volver a re-encausar nuestro accionar y seguir. Cuando pensamos “el sol sale para todos”, abrimos espacio a la convivencia. En pocas palabras, hablar nos hace humanos.

Lenguaje y sociedad

El diseño de la sociedad en la que hoy vivimos tiene un lugar especial para el acto de hablar. Nos gusta mucho señalar que vivimos en una democracia y aquilatar eso como un gran tesoro. Sin embargo, de repente se nos olvida que la esencia de la democracia es la discusión, el debate, la deliberación a partir del diálogo. En suma la esencia es el hablar. Tener la libertad de hablar con quien uno quiera y de lo que uno quiera es la condición indispensable de la vida democrática.

En la escala doméstica uno debe ejercitarse en el hablar, en el marco del cariño y respeto; en la escala comunitaria igualmente, pero agregando el marco de los problemas comunes y la solidaridad; en la escala nacional también y sumando el marco del bien común y la co-responsabilidad. Estas distintas escalas bajo la misma dinámica del hablar es lo que constituye la vida política. No entendida como la actividad de unos grupos (partidos) o de unos individuos (diputados, gobernadores, etc.), sino como el espacio compartido con todos aquellos con los que puedo hablar y acordar lo que consideramos justo o injusto, aceptable o no, legal o ilegal.

Si lo ponemos en estos términos, la política nace en el acto de dialogar y se prolonga a la conducta regida por las normas alcanzadas mediante el habla y el acuerdo. Empero, hay un “pequeño detalle” en el acto de dialogar: necesitamos estar abiertos a otros puntos de vista. Hablar solo con quienes tienen la misma perspectiva nos acorta el horizonte, nos hunde en un agujero de autocontemplación y soliloquios. La capacidad de articular ideas, fijar posiciones, confrontarlas y deliberar es algo bastante complejo.

Polarización: el lado opuesto de dialogar

Las condiciones en las que se da la vida actual no siempre favorecen este tipo de ejercicios dialógicos. Ya en una colaboración de hace varias semanas en este mismo espacio comentábamos el Informe sobre Desarrollo Humano 2021-2022, en el cual se habla de que “Vivimos en un mundo de preocupaciones”, y que están confluyendo tres fuentes de incertidumbre: el cambio climático (que conlleva desastre), la necesidad de cambios sociales profundos (para terminar con los crecientes problemas socio-económicos) y una polarización creciente (que deviene en problemas de convivencia). Esta última fuente está directamente relacionada con la creciente incapacidad para aceptar otros puntos de vista.

Dijimos antes que el lenguaje permite dar certezas, rumbo, horizonte. Y cuando hablamos de fuentes de incertidumbre es casi inevitable relacionarlo con una creciente incapacidad de ejercer el diálogo para atender problemas tan serios como esos que menciona el informe. Más bien avanzamos en la ruta de la polarización, que no significa otra cosa que ver de modo distinto la realidad y no ser capaces de conversarlo para alcanzar un punto en común.

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No hace falta sino asomarse un poco a ciertas redes sociales virtuales para identificar la casi absoluta incapacidad de aceptar un punto de vista distinto al propio. Es típico en ellas adoptar la actitud de “lo que yo publico es la verdad y nada más que la verdad, cualquier otra cosa es basura, falsedad, odio, resentimiento, ignorancia”. Y en esa ruta muchas publicaciones se llenan de réplicas atiborradas de insultos, descalificaciones, burlas, etc. Evidentemente, opera como un factor que facilita tales actitudes, la virtualidad: le estoy respondiendo a una cuenta, no a una persona.

Pero esa actitud intolerante llega a trasladarse a la vida cotidiana. La polarización se traduce, entonces, en problemas de convivencia. Parecemos irremediablemente enfrascados en una lucha por la razón. Pero no olvidemos que la razón tiene que ver con la argumentación. No hay una razón inamovible históricamente. Lo que  hay son formas de actuar racionalmente en apego a argumentos que resulten útiles, motivantes y hasta innovadores en el momento. Los mismos sirven para acabar con argumentaciones definitivas que suelen ser convertirse en dogmas.

Renovación mediante el dialogo

Dialogar es la ruta para renovar. Renovar conduce a nuevas posibilidades a nuevas soluciones, a nuevas razones para activar, hacer, organizar y actuar. Cuando se nos acaba la posibilidad de dialogar, de esgrimir argumentos, de buscar interlocución, se nos acorta el espacio para vivir juntos. No se trata de un problema de partidos, de personajes políticos, de filias y fobias entre chairos, fifís, nacos, junior, mirreyes y demás estereoripos polarizantes. Es un asunto humano.