Toluca, México; 30 de abril de 2019. Sandra quiere una moneda, o dos, no quiere que le pregunte cómo se llama ni de dónde viene ni porque está en esta esquina pidiendo dinero, pero de todos modos se lo pregunto; sus esquivos ojos negros brillantes me confirman que no me responderá nada o al menos que no me responderá la verdad.
Sandra es una niña por la edad que tiene, aunque la infancia signifique “mucho más que el tiempo que transcurre entre el nacimiento y la edad adulta, se refiere al estado y la condición de la vida de un niño: a la calidad de esos años”, como lo dice el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), una agencia de la Organización de las Naciones Unidas.
“Sandra”, me dice y mira hacia abajo mientras tardo en encontrar la moneda que quizá me abra la puerta hacia el misterio que encierra ella y otros cientos de niños que deambulan en los cruceros del Estado de México; lo hago lento porque así sabré cuántos años tiene pero no me responde, se agacha y arrastra la punta de su zapato de hule sobre el pasto seco del camellón.
Sandra no me hablará de su calidad de la vida, quizá ni siquiera sepa a qué se refiere el concepto; ella es sólo una de los 5,536,768 de niños, niñas y adolescentes que habitan en el Estado de México, una entidad tan heterogénea que no permite generalizar condiciones económicas, sociales o culturales.
Viste un pantalón rosa deslavado y una playera blanca; una cola de caballo recoge su pelo castaño, maltratado en las puntas; es morena y su rostro muestra algunos rasgos indígenas, aunque no completamente; no como otra niña, de quien no sé su nombre, quien pide monedas cerca de donde vivo; ella viste una tela recogida en pliegues en la cintura, sostenida por un cinto color guinda: una falda otomí.
Sandra me mira, sigue esperando que me canse de preguntar y le dé la moneda que pide; no sé de donde viene Sandra, también se lo pregunto pero tampoco me lo dice: sonríe y levanta los hombros “¿No sabes”, insisto, “no”, responde.
Los lugares en el Estado de México con más niñas, niños y adolescentes −según el censo de 2010− son Ecatepec: 1,656,107; Nezahualcóyotl: 1,110,565; Toluca: 819,561; Naucalpan: 833,779 y Chimalhuacán: 614,453; no creo que ella venga de ninguno de estos sitios, no lo sabré; lo que sé es que no va a la escuela porque pide dinero en horario escolar, al menos en horario escolar tradicional. Quizá ella, igual que otros 807,007 niños, también según el último censo, no va a la escuela.
“Sí”, dice Sandra cuando le pregunto si el niño que está sentado en el camellón jugando con algunas piedras es su hermanito; “no”, dice cuando la cuestiono sobre el mismo parentesco con otros niños que están un poco más lejos.
Es posible que a estas alturas la discusión por el respeto a los derechos de los niños, niñas y adolescentes parezca improbable, lo mismo que las consideraciones de la ley estatal que, en el artículo 6, menciona que son las autoridades estatales y municipales, en el ámbito de sus respectivas competencias, son las que “adoptarán medidas de protección especial de derechos de las niñas, niños y adolescentes que se encuentren en situación de vulnerabilidad por circunstancias específicas de carácter socioeconómico, alimentario, psicológico, físico, discapacidad, identidad cultural, origen étnico o nacional, situación migratoria o apatridia, o bien, género, preferencia sexual, creencias religiosas o prácticas culturales, u otros que restrinjan o limiten el ejercicio de sus derechos”.
Es evidente que Sandra presenta al menos una carencia en el ejercicio de sus derechos, o muchas más: ella y los niños que están un poco más lejos; ella y su hermano; ella y el resto de niños, niñas y adolescentes que piden dinero o comida en las esquinas o que hacen malabares o que venden dulces, los que están afuera de la catedral, los que están cerca de las vías, los que limpian parabrisas o los que sólo permanecen ahí, cerca de algunos adultos que podrían ser sus padres.
Entonces busco a la madre responsable de Sandra pero no la veo: “allá” dice Sandra cuando le pregunto, pero no, no está, no la encuentro; Sandra se desespera porque la moneda no llega y da la vuelta: quiere monedas no responder preguntas.
“No te vayas”, le digo, pero la defensa del hermetismo se ha apoderado de su mirada, le estiro la moneda y vuelve: desconfiada, con las mejillas partidas por la resequedad y una seriedad que antes no le vi.
Quizá Sandra tenga miedo, no puedo saberlo, no sabré tampoco si ha sido víctima de violencia, si alguien le ha faltado al respeto o le ha hecho cosas peores; ella no va a la escuela pero hay otros, más terribles si se permite la expresión, tipos de violencia que sufren los niños: “la escuela y la vía pública son dos entornos donde suceden 8 de cada 10 agresiones contra niñas, niños y adolescentes entre 10 y 17 años”, dice el Informe 2017 de la Unicef, y ella debe pasar mucho tiempo en la vía pública.
La violencia que podría sufrir Sandra también puede ser sexual, aunque no existe un registro de los casos de trata infantil en el Estado de México, reportes de organizaciones como la Redim (Red por los Derechos de la Infancia en México) indican que “el tráfico de niñas y niños con fines de explotación sexual comercial es un creciente y complejo fenómeno vinculado con factores económicos, culturales y sociales”.
En fin, no hablará, Sandra no dirá nada, porque −seguro− ha aprendido a defenderse, le pregunto que si le puedo tomar una foto y entonces sí se va, ya no responde, va junto a su hermanito y no me atrevo a seguirla; a final de cuentas no dirá nada que pueda sacarla de ese crucero y tampoco responderá a una absurda frase de felicitación por el día del niño que, por absurda, no se pronuncia.


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