Vivir en ruinas, la historia de la familia Quintana tras el feminicidio de Fátima

Vivir en ruinas, la historia de la familia Quintana tras el feminicidio de Fátima
En su camino por acceder a la justicia, Lorena encontró a decenas de madres que atraviesan situaciones similares

En noviembre de 2020, la señora Lorena Gutiérrez Rangel –que en ese momento vivía en Monterrey– regresó a su casa en la comunidad de La Lupita Casas Viejas, en el municipio de Lerma. Quería velar a su hijo Daniel Quintana Gutiérrez, de 16 años, pero no pudo, la construcción estaba en ruinas, era inaccesible.

Lorena y su familia tuvieron que huir de su hogar tres años antes, debido a las amenazas de muerte y hostigamiento que recibieron por exigir justicia tras el feminicidio de su hija Fátima Varinia Quintana Gutiérrez. La menor de 12 años fue asesinada a manos de sus vecinos. Fue uno de los 60 feminicidios en el Estado de México que reconoció la autoridad en 2015.

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Daniel Emiliano era el segundo hijo que Lorena perdía. A pesar de estar bajo medidas de protección a víctimas, los mecanismos fallaron y el estudiante de la Preparatoria 2 de la Universidad Autónoma de Nuevo León murió a causa de una sobredosis de ansiolíticos que le suministraron en un hospital psiquiátrico. Aunque el joven había ingresado por una úlcera gástrica.

“La misma Fiscalía cuando yo les pedí que abrieran la casa para velar a mi hijo ellos mismos me dijeron: ‘es que su casa está en ruinas‘. Así como estaba la casa así estaba nuestra vida. Así es como el sistema te destruye, te destroza, te deja sin nada. Pero lo más importante es que acaba con lo que tú más quieres en esta vida, que son tus hijos”, contó Lorena Gutiérrez en entrevista con AD Noticias.

Lucha por justicia y contra la indolencia de autoridades

Lorena califica de indolente –es decir, que no se conmueve o que es insensible al dolor– el trabajo de las instituciones de impartición de justicia y de protección a víctimas en el Estado de México y el país.

Para obtener la sentencia de los tres sujetos que violaron, acuchillaron y dejaron caer piedras de entre 30 y 60 kilogramos sobre la cabeza de Fátima, su madre tuvo que enfrentarse a omisiones por parte de la Fiscalía mexiquense; además de corrupción, violación de sus derechos humanos.

Tuvo que convertirse en víctima, entregar su tranquilidad, su hogar, su patrimonio, el proyecto de vida de ella y de sus demás hijos, para alcanzar una prisión vitalicia de uno de los feminicidas y una sentencia de 73 años para otro.

El tercer involucrado salió libre en junio pasado del Centro de Internamiento para Adolescentes «Quinta del Bosque» en Zinacantepec tras cinco años de reclusión. Pues era menor de edad cuando cometió el feminicidio.

Las sentencias incluían la reparación de daños para la familia de Fátima Quintana. Sin embargo, estas nunca fueron entregadas, aunque Lorena Gutiérrez asegura que ninguna compensación recompone el daño de perder a sus hijos.

“Con nada me reparan el daño, con nada ellos pagan lo que hicieron, el nivel de destrucción. Lo económico lo vas dejando atrás, pero la vida de mi hija no me la pagan con nada. La destrucción de la vida de mi hijo Daniel no me la pagan con nada”, afirmó.

¿Cómo se cuantifica el daño que sufren las familias?

La señora Lorena Gutiérrez no solo lucha por su hija, en su camino por acceder a la justicia encontró a decenas de madres y familiares con víctimas de feminicidios en el Estado de México. Y también exige por ellas.

Las orienta y comparte sus experiencias para que las demás víctimas logren dar con la verdad y con los responsables.

En la recomendación general 43/2020 sobre violación al acceso a la justicia e insuficiencia en la aplicación de políticas públicas en la prevención, atención, sanción y reparación integral del daño a personas victimas directas e indirectas de feminicidios y otras violencias, hecha por la Comisión Nacional de Derechos Humanos al Gobierno de México en 2020 se habla sobre resarcimientos e indemnizaciones para víctimas.

Pero Lorena Gutiérrez se pregunta: ¿cómo se cuantifica el daño que sufren las familias? ¿Cómo se hace un proyecto de reparación integral? ¿Cómo se puede reparar el sufrimiento?

La madre de Fátima imagina que si se pudiera cuantificar el daño serían cantidades estratosféricas. Cuenta que a los 12 –cuando Fátima Quintana fue víctima de feminicidio– su hija quería ser médica. Piensa en el sueldo que hubiera ganado todos los años que ya no pudo vivir.

Lo mismo con su hijo, a los 16, era jugador de futbol americano. Quería ser cirujano o dedicarse a hacer animación para cine. Por ello, Lorena asegura: “no les alcanza, no les va a alcanzar”, porque con los asesinatos de Fátima y Daniel sus sueños se terminaron también.

Y es que no solo cuentan las estimaciones de años vida, también todo aquello que invirtieron en el proceso de exigir justicia.

El feminicidio de Fátima Quintana

Alrededor de las 14:40 horas del día 5 de febrero de 2015 cuando Fátima volvía de la secundaria técnica Jose Antonio Alzate, a escasos 200 metros de su casa, fue interceptada por sus vecinos Luis Ángel y Josué Misael Atayde Reyes, así como por José Juan Hernández Tecruceño.

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En superioridad numérica la agredieron con un arma punzocortante para someterla; la violaron y asesinaron arrojando piedras sobre su cráneo. Todo en media hora aproximadamente.

Con la misma premura, su familia, incluida su madre Lorena, la buscaron. También identificaron que sus vecinos estaban involucrados, pues ella vio a Josúe Misael con la mochila de Fátima.

Después de las 17:00 horas, su hermano Daniel Emiliano, de entonces 10 años, la encontró cubierta con hojas, ramas, piedras y una llanta. Luego los vecinos capturaron a los agresores a quienes querían linchar, pero Lorena los detuvo para entregarlos a las autoridades.

A partir de ese momento, las pérdidas para la familia de Fátima comenzaron. En el caso de Lorena Gutiérrez Rangel lo material y económico quedó en segundo término. El daño por perder a Fátima solo se comparó cuando murió Daniel, quien cinco años antes halló el cuerpo de su hermana.

“Los primeros gastos que haces es el tenerte que trasladar por tus propios medios. Desde el primer momento en que asesinan a tu hija, tú tienes que hacerlo, no conoces ni sabes, ni tampoco te informan que puedes tener acceso a un cierto apoyo para viáticos. Esto lo vas sabiendo después de un año o de dos. Ya cuando empiezas a perder lo que tú tienes en tu casa, con lo que trabajas, que empiezas a echar mano del lo que tienes dentro de tu casa para vivir, para subsistir”, relató Gutiérrez Rangel.

Hacer el trabajo de las autoridades

Para integrar las tres carpetas de investigación en contra de los feminicidas de Fátima, Lorena y su esposo Jesús Quintana tuvieron que presionar a las autoridades y de cierto modo suplir sus funciones.

El señor Quintana era chofer de transporte público en el municipio de Naucalpan. Contaba con dos camionetas para trabajar y una para uso familiar. Esta última contaba con un cámper en la parte trasera, donde acondicionaron un colchón para que pudieran trasladar –de una forma un tanto cómoda– a sus vecinos a la Fiscalía mexiquense y que declararan como testigos.

En aquellos meses de 2015, gastaban en los traslados entre 500 y 600 pesos al día entre gasolina y comida para sus acompañantes. Pues la atención en la Fiscalía demoraba horas.

“La verdad era muchísimo el gasto, pero tú no te das cuenta. O sea, no cuantificas porque estás en otro lado, estás bloqueado, estás en shock. Tú lo único que ves es que ya no está tu niña, que acabas de enterrar a tu hija. Tú quieres que los metan a la cárcel y tú no te pones a cuantificar lo que vas perdiendo”, compartió.

Los recursos para solventar las diligencias y la investigación judicial fueron disminuyendo a lo largo del primer año de lucha. Sin embargo, lo que incrementaron fueron los problemas. La familia se enteró, por amenazas, que José Juan Hernández Tecruceño tenía vínculos con grupos del crimen organizado. Además, su padre, tío y primos pertenecían a instituciones policiacas del Estado de México.

Por el hostigamiento, el señor Jesús Quintana dejó su trabajo como chofer. A la par, su familia huyó de Lerma a un municipio cercano para evitar más agresiones. Por esta razón, tuvieron que vender una de las camionetas de transporte para sobrevivir.

Aunque la segunda unidad de transporte la encargó para que alguien más la trabajara, al no contar con la supervisión adecuada, las cuentas no alcanzaban para el sustento familiar y para continuar con el proceso legal de exigir justicia. Ambas camionetas, que antes habían sido su ingreso, luego fueron inversión para pedir justicia.

“No había dinero, entonces empezamos con la pantalla, la computadora, la otra computadora, empezamos a vender todo lo de la casa. Hubo un momento en que Daniel y Omar nos tuvieron que dar sus teléfonos. Mis hijos nunca me dijeron no. Ya se había acabado lo de una camioneta, ya no teníamos.

“Llegó también el momento en que mi esposo tuvo que vender la camioneta y comprar un coche chiquito que gastará muy poquita gasolina y la realidad es que a mi esposo no le preocupaba, igual mis hijos no se preocupaban por esa parte. Sí, es cierto, hay familia que te ayuda, a nosotros sí nos ayudaron, pero se cansan, no te ayudan todo el tiempo”, relató Lorena.

A pesar de las pérdidas materiales, Lorena Gutiérrez aseguró que las familias de las víctimas de feminicidios en el Estado de México deben encontrar la manera para seguir con su vida cotidiana. Aunque nunca vuelve a ser igual.

“Llega el momento en que ya no te alcanza. Te empiezas a dar cuenta que se está yendo todo y con nosotros fue así de esa manera, perder lo que teníamos. La realidad es que nosotros siempre dijimos –no importa lo económico–, pero cuando definitivamente nos dimos cuenta de eso fue cuando nos dijeron que ya no podíamos regresar a casa. Eso definitivamente ya no iba a ser posible y hasta la fecha nos han dicho que no. Definitivamente, es un ya perdiste, que no vas a regresar nunca”, contó la señora Lorena.

La única reparación de daños por los feminicidios en el Estado de México es la justicia

En 1978 el cantautor argentino León Gieco publicó su conocida canción Sólo le pido a Dios. En ella, a manera de plegaria, enumeraba una lista de situaciones sociales de las que pedía no ser indiferente.

El dolor, la injusticia y el engaño que retrató el cantante en esa época tampoco les han sido lejanas a las madres y familias de las víctimas de feminicidios en el Estado de México.

“Desahuciado está el que tiene que marchar / A vivir una cultura diferente”, dicta un verso de la canción.

Tras las constantes amenazas y agresiones que padeció la familia de Lorena Gutiérrez, fueron desplazados a la ciudad de Monterrey, Nuevo León. Creyeron que estarían protegidos y con respaldo de las instituciones del Estado, hasta la muerte de Daniel por negligencias médicas en 2020.

Y es que, cuenta Lorena, en algunas entidades las medidas de protección piden a las víctimas mantener un perfil bajo. Por ello, no les permiten tener una credencial de elector o seguridad social.

La madre de Fátima y Daniel Quintana conoce bien los mecanismos de atención a víctimas. Ha formado parte de los estatales y nacionales, tuvo botón de pánico. Por lo que asegura que “en realidad no sirven, son ineficaces e ineficientes, son solamente una cortina de humo”.

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Ninguno pudo prevenir la muerte de Daniel Quintana, tampoco nadie llegó o escuchó cuando pidió salir del país. Por eso se pregunta si es viable hablar de proyectos de reparación integral para familiares de víctimas de feminicidio o cualquier otro delito.

Se cuestiona si tan siquiera se pueden enumerar las violaciones a derechos humanos dentro de un solo núcleo familiar que se dan después de los feminicidios en el Estado de México.

Queremos acceso a la verdad y justicia por los feminicidios en el Estado de México

Lorena Gutiérrez sabe que hay cosas que no se pueden medir. No le preocupa si los feminicidas de su hija pagarán la indemnización, le preocupa que el gobierno mexicano y el del Estado de México ofrezcan garantías de vivir.

Le interesa que las familias de las víctimas de violencia de género no tengan que vivir escondidas y busca cuestiones más sencillas que otro mecanismo de protección por parte de instituciones gubernamentales.

Le gustaría que sus nietos –como los nietos de otras familias– puedan ir al cine, a un parque o a una pijamada. Que se atienda la salud emocional de las infancias. Que la memoria de sus hijas asesinadas sea dignificada.

“Al final del día nosotros las víctimas no nos interesa esto, no nos interesa lo económico, lo que perdiste, eso ya se quedó atrás, se quedó en el pasado. A nosotros lo que nos interesa es el acceso a la verdad, a la justicia. Sobre todo después de que ya no cuentas con nada, tú dices, pues tener acceso a la reparación, a la memoria, porque la memoria de nuestros hijos es parte de la reparación del daño”, apuntó.