Gualupita y la celebración del 12 de diciembre

Toluca, México; 12 de diciembre de 2018. La mujer morena, la virgen del Tepeyac, el aliento de Juan Diego, la madre abnegada del pueblo mexicano, cada 12 de diciembre se conmemora su aparición, un colectivo creyente alaba la imagen de la madre de Dios, la virgen que otorgó identidad a los hombres de pies descalzos.     Le ruegan: “ampárame y llevame a la patria celestial”, sobreviven las plegarias en una tierra de intensos penares mundanos, desaparecidos, muertos y olvidados. La transfiguración de la Virgen María que se recubre con un manto estrellado, 46 constelaciones guían el telar verde que
diciembre 11, 2018

Toluca, México; 12 de diciembre de 2018. La mujer morena, la virgen del Tepeyac, el aliento de Juan Diego, la madre abnegada del pueblo mexicano, cada 12 de diciembre se conmemora su aparición, un colectivo creyente alaba la imagen de la madre de Dios, la virgen que otorgó identidad a los hombres de pies descalzos.

 

 

Le ruegan: “ampárame y llevame a la patria celestial”, sobreviven las plegarias en una tierra de intensos penares mundanos, desaparecidos, muertos y olvidados. La transfiguración de la Virgen María que se recubre con un manto estrellado, 46 constelaciones guían el telar verde que perfila su rostro, sus manos son signo de una profunda oración, a la par los rayos dorados que cubren el aura de una mujer sagrada, aquélla que rinde tributo al náhuatl al posarse en medio de la luna.

La madrugada de 1531, Juan Diego la vio por primera vez, se postró ante ella como un hijo sediento de calma y ternura, lo que sólo brinda una madre. La cosmovisión mesoamericana indica que la virgen es Tonantzin, diosa madre, a la que el pueblo se refería como “madrecita”.

Según Bernardino de Sahagún, los indígenas usaban la iglesia de Guadalupe para adorar a la diosa tradicional. Algunas personas aún le llaman Tonantzin Guadalupe, y le piden alimento para los hijos, claman buenas cosechas para el año entrante; someten a la deidad el destino de los amados.

 

 

Bajo la premisa de fe se levanta un poblado de telares de lana y suelo quebrado por la ceniza de su pasado, le dicen “Gualupita” y se halla escondido en la carretera federal rumbo a Santiago Tianquistenco. En Guadalupe Yancuictlalpan, la familia Tizoc arribó a tierra de nadie, cuenta la leyenda que los habitantes de Santa María Coaxtuzco -pueblo aledaño- quemó las chozas que se levantaban en el ejido.

Los Tizoc levantaron nuevamente sus chozas y fueron agredidos nuevamente, entre la tristeza y la fe, la familia llevó la imagen de la virgen morena, fue así como se libraron de las ofensas, por respeto y gratitud a la madre. Sobre las tierras nuevas se escuchan historias y recuerdos que se enlazan en la lana, entre la fe arraigada y el pago por los favores concedidos. Hace más de 200 años que el pueblo es artesano; cuentan los viejos que un extranjero arribó a la tierra, les enseñó el oficio de tejer la lana, algunos recuerdan que fue Don Juventino quien les enseñó a tejer, otros no mencionan cómo aprendieron a hacerlo, sólo viven en medio de los conteos imaginarios del paso al telar, se vive como recompensa a la virgen de Guadalupe, se vive con el recuerdo entrañable de la fusión cultural.

“La Guadalupana en el Tepeyac” se escucha al unísono, son los cantares a la madre de los mexicanos, la que quedó grabada en el manto de Juan Diego, quien que se cubre de gloria al representar la presencia de dios y, en palabras de los fieles creyentes, aquella que cobija a los oprimidos, es la mujer que cuida y protege a todos los ciudadanos.

En medio de las iglesias y los santuarios religiosos se observan los rostros cansados que confían en la palabra de Guadalupe. Aquellos que al igual que fray Juan de Zumárraga se muestran dudosos, también están los agradecidos, a quienes la virgen les permitió creer.

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